Y si vivo 100 años1

Publicado el 21 de noviembre de 2017


Luis de la Barreda Solórzano

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas y coordinador del
Programa Universitario de Derechos Humanos, UNAM,
lbarreda@unam.mx

Más de un millón de personas lo esperaban en las calles de la Ciudad de México y en el Panteón Jardín no para despedirlo, sino, por el contrario, para jurarle con sus lágrimas y su desconsuelo que no lo olvidaríanel resto de sus vidas, que se quedaría por siempre en su corazón.

Elegido de los dioses, se quedaría joven para siempre, con esa sonrisa en la que se dibujaba el júbilo invencible de estar vivo y ser él mismo, a quien nadie se parecía ni se parecería en la posteridad. Si no hubiera muerto a edad tan temprana quizá la veneración popular no hubiera alcanzado la asombrosa dimensión a la que se elevó. A los 39 años de edad, en la que permanecería eternamente, seguiría siendo el hombre seductor que enfervoriza a mujeres y hombres.

No es fácil explicar las razones de ese encanto. A 60 años de su muerte, sus películas siguen teniendo un inmenso público y cautivan lo mismo a quienes las ven por vez primera que a quienes las hemos visto muchas veces. Sus discos se han seguido vendiendo, imbatibles ante la irrupción del rock, el pop, los Beatles y todas las modas musicales.

Sin duda, era un gran actor, pero no todos sus directores aprovecharon ese talento. Fue Ismael Rodríguez el que supo sacarle el mejor provecho. La escena de Ustedes los ricos en la que llora sin contención alguna con su hijito sin vida en los brazos es una de las más conmovedoras de la historia del cine. Esa cinta, junto con las otras de la trilogía, Nosotros los pobres y Pepe el Toro, le abrieron el corazón no sólo de los pobres, sino de todas las clases sociales. Pepe el Toro es un personaje entrañable porque, a pesar de sus aprietos económicos y los golpes bajos que le inflige la fortuna, es alegre, simpático, amoroso, solidario, valiente y soñador. ¿Qué más se puede pedir?

En La oveja negra y No desearás la mujer de tu hijo es un muchacho que tiene que soportar a un padre arbitrario y maltratador, al que a pesar de todo respeta y quiere. La historia tiene el sabor agridulce de una provincia premoderna que está dejando de existir. Su actuación es inolvidable. En Los tres García, Vuelven los García, A toda máquina, ¿Qué te ha dado esa mujer? y Los tres huastecos, entre otras, interpreta personajes que hacen de cada día una fiesta prodigando alegría, generosidad y picardía. Los espectadores sueñan ser como esos personajes.

En ¿Qué te ha dado esa mujer?, un diálogo sintetiza su espíritu humanitario. Su amigo le hace ver que la mujer de la que se ha enamorado es una grulla viajera. Él le responde que su enamoramiento se debe precisamente a que se parece a ella: ambos han rodado por la vida como un centavito que no le importa a nadie.

Su voz no tiene la potencia de, por ejemplo, Jorge Negrete, pero es sabrosísima e infinitamente rica en matices: acaricia a su enamorada, suplica el amor de la rejega, se duele del abandono de la amada, se tambalea en la euforia de una borrachera, sonríe con las canciones festivas, se solidariza con la mujer que lleva su luto vestida de blanco, se entristece por el llanto de la paloma que estremecía al mismo cielo.

¿Eso basta para explicar la fascinación que aún provoca a 70 años de su primer papel protagónico no sólo entre los mexicanos, sino en toda Latinoamérica? En México hemos tenido importantes ídolos populares. El Ratón Macías —cuya pelea por el título mundial gallo contra Alphonse Halimi en Los Ángeles fue seguida en vilo por millones en la radio entre rezos de mujeres y veladoras encendidas— y El Santo —quien enfrentó exitosamente al mal encarnado en zombis, momias, licántropos y bellísimas mujeres vampiro encabezadas por la imponente Lorena Velázquez— fueron destinatarios de entusiasta admiración popular.

Pero ni al Ratón ni al Enmascarado de Plata se les ha rendido un culto semejante, inagotable y arrebatado. El próximo sábado, Pedro Infante cumple 100 años de haber nacido. No creo que quienes abandonan este mundo puedan contemplar desde otro sitio lo que aquí sucede. Pero me deleita pensar en lo contento que estaría Pedro si pudiera ver que la devoción que se le ha guardado está intacta.

Todo lo que nos hace amar más la vida es de festejarse. Por eso estas líneas celebran esa devota predilección.


NOTAS:
1 Se reproduce con autorización de el autor, publicado en Excélsior, el 16 de noviembre de 2017.


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