Tiempos de pandemia
Publicado el 28 de abril de 2020
Jorge Alberto González Galván
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM,
jagg@unam.mx
I. Jorge Luis Borges
L o que diría de la pandemia, según yo, Jorge Luis Borges: “La pandemia pasará, nosotros no. Olvidaremos que estuvimos frente al abismo: verse desnudos frente al espejo no es de valientes. Seguiremos maltratando a los animales, plantas, ríos y mares. Volveremos a montarnos en el vértigo de la indiferencia, la queja, el derroche y la soberbia. Ojalá me equivoque. Lo que digo me lo dictan los ancestros de la humanidad”.
II. Muerte civil
No quiero seguir siendo el que soy
No me reconozco ya
No quiero seguir siendo el que soy
Quiero ver desde afuera
Quiero vivir como si no estuviera
Me gusta caminar sin ser reconocido
Quiero saludar a los árboles, a los ríos, a las fachadas
No me gustan los menús
No me gustan los horarios
No me gustan los tours
Quiero verte sin maquillaje, despertar en blanco, hablar con los animales, conectarte en mis sueños, sentir el aire entrar por mi nariz y las ventanas, escuchar los dedos en las cuerdas y el latir de los metales
Quiero desaparecer del directorio telefónico y del océano digital, leer a los otros y ver lo que hacen
No me reprocho el tiempo perdido
No me castigo los errores
Mis deudas son impagables
Me voy y no me cuentes
Estaré sin hablar
Comeré solo y sólo
No me llevo nada
Perdí la batalla, te declaro vencedora, soy pacifista
Me es suficiente con cerrar los ojos y poder abrirlos
No siento nada, nada me duele
Veo la vida como es
Me cansó el movimiento
No saber de ti ya no me sirve
Viviré encerrado en las cuatro paredes de mi piel
(esto ya lo había escrito hace mucho)
No tener ganas de escapar
Pasar inadvertido y pasar por no tener la pieza de dominó necesaria
Rodearse de la nada y disfrutar todo
Se acabaron los elogios y los reproches
Me siento afortunado: mañana recogeré mi acta de defunción en el Registro Civil.
III. El carnaval de los invisibles
Unos se visten con sus mejores galas y se fueron a los bares, otros se vistieron en pequeño y se bañan en las playas: todos se “ven” ahí, mirando las fotos que se tomaron hace tiempo, activan el órgano menos utilizado en sus trabajos: la imaginación.
Se están volviendo locos por la humillación impuesta.
Algunos, desesperados, lanzan bombas digitales, otros riegan su jardín interior en silencio: renuevan la tierra, podan.
Unos cantan, conversan o leen poemas ante la cámara, otros se masturban pensando en sus amores (reales o inventados).
Unos comienzan a hacer planes: caminarán por las calles y olvidarán su coche; saludarán de beso y abrazo al que se deje; se ven sonriendo a los árboles de los parques, aceras y camellones; platicarán entre cervezas de las tonterías que se dijeron; volverán a gritar en los estadios y rezar en las iglesias; desenfundarán las corbatas y las faldas y llegarán echando tiros a sus trabajos.
Otros no se ven en ningún lugar ni están pensando en lo que harán: les da flojera volver a salir a la jungla de asfalto, están pensando en mudarse a la azotea… no verle la cara a los demás será, sobre todo, el principio ético de su nuevo confinamiento.
IV. ¿Qué tipo de ser humano te gustaría ser?
…aquellos que trabajan para el estar, quienes lo hacen para el tener o quienes dedican su tiempo al ser? Los que trabajan para el estar miden las tierras, labran surcos, abren pozos, crían animales que obligan al retorno a los establos, se alejan poco y aman las fronteras seguras, los límites de sus huertos. Aquellos que se dedican al tener compran y acumulan, miden y pesan objetos; cuando observan a alguien consideran su anatomía y sus ropas, el espacio que ocupa; son expertos en colores y volúmenes; si viajan es para intercambiar; sus casas son cómodas pero frías, como los mismos objetos. Por último, están quienes trabajan para el ser: todo en ellos es lejanía y aspiración de lejanía; aceptan que las innumerables estrellas sean los ojos de un Dios cuyos límites desconocen y su mayor tarea es consolar a los del estar y el tener (a quienes agobian los excesos de trabajo o el peso de la posesión), cosa que hacen vistiendo su aliento de suspiros de sabiduría; no creen en las fronteras ni tampoco en los objetos; su mejor morada es la respiración serena, pero su casa verdadera es el universo entero (La palmera transparente. Parábolas, historias y enseñanzas de la Kábala, de Mario Satz, Madrid, EDAF, 2000, pp. 68 y 69).
Ciudad de México, 23 de abril de 2020
Formación electrónica: Yuri López Bustillos, BJV
Incorporación a la plataforma OJS, Revistas del IIJ: Ignacio Trujillo Guerrero