Últimas palabras, in memorian

Publicado el 19 de marzo de 2014

Jorge Alberto González Galván
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM
jagg@unam.mx

Porque el hecho de morir, reconoce el derecho de expresar las últimas palabras.

“¡Sáqueme de aquí!”

A Rubén Bonifaz Nuño.

No fue la orden de un General en el campo de una batalla más, era la definitiva, la del moribundo.

No podía soportar la humillación de sentir morirse a fuego lento entre las tinieblas y sobre las sábanas del duro colchón de siempre: desde la impotencia de sentirse solo, desamparado, ajeno al mañana, sintiendo “el duro hierro de los clavos” y como quien sabe que podía decirlo sin temor a ser juzgado, como un niño a su padre.

Sácame de esta inútil agonía: soy hombre, no un santo.

Sácame para sentir el aire, escuchar a los niños, oler el perfume de ellas: soy alas, no cuerpo.

Sácame de las cuatro paredes de los ríos que me inundan: soy agua, no manos.

Sácame porque no estoy preparado para lo que sigue: soy hedonista, no adivino.

Sácame porque este oscuro y profundo pozo, estoy seguro, yo no lo hice: soy todoterreno, no excavadora.

Sácame de estas horas sin manecillas, de este aire insípido, de estas voces sin eco, de estos huesos de gelatina.

Sácame de aquí sin decirle a nadie y deposítame bajo la sombra de un árbol de jacarandas en flor.

Sácame y no olvides mis gafas negras cuando me veas al sol quemarme subiendo las escaleras, otra vez, en Palenque.

Sácame de esta esquina para ir a despedirme de la Méndez, de Bolívar, de la innombrable, de la mosca que vuela todavía detrás del vidrio de la ventana, de las islas de la UNAM, de las palabras que engendré en papel y en el viento.

¡Sáquenme de aquí!


“Yo sólo quiero vivir”

A Octavio Paz.

No quiero una biblioteca nueva.

No quiero otro premio Nóbel.

No quiero ser embajador.

No quiero un Homenaje Nacional.

No quiero una moneda conmemorativa.

No quiero estas cuatro paredes que desconozco.

No quiero la humillación de esta silla de ruedas.

No quiero mi nombre en una librería.

No quiero una página exclusiva en el océano digital.

No quiero un Instituto.

No quiero una Fundación.

No quiero… sino vivir.

Quiero que mis pasos me lleven de nuevo a Mixcoac, a Mérida, a Nueva York, a París.

Quiero embrutecerme con palabras en el rincón de una cantina.

Quiero seguir recordando a mis ancestros de sangre y cultura.

Quiero conversar con el Subcomandante Marcos.

Quiero ver este país libre… de violencia, de corrupción, de injusticias, de autoritarismo político y académico.

Quiero tomarla de la mano y seguir unidos.

Quiero seguir bromeando con las personas que viajan ligeras de equipaje.

Sé que este listado es un desahogo inútil.

Sé que estas palabras no me salvan (ni quiero).

Sé que mis letras escritas y leídas no me las llevo.

Sé que su ayuda es de buena fe.

Sé que le canté a la brevedad de la vida (a su eternidad), pero otra cosa es enfrentarla en carne viva.

La conciencia ha sido mi herramienta, mi arma y mi consuelo, a ella acudo, uso y apelo, para decir gracias, ¿qué otra cosa puedo hacer? ¿qué otra cosa puedo decir? ¿Me comprende?


“Perdón por arruinarles el domingo”

A José Emilio Pacheco.

Hubiera querido haber dejado la cama tendida.

Hubiera querido que los zapatos estuvieran en el clóset y no tirados en el suelo.

Hubiera querido haber recogido los libros desparramados sobre mi escritorio.

Hubiera querido ver el mar de mi infancia.

Hubiera querido caminar por el Zócalo y alrededores.

Hubiera querido haber inventado e invitado mi funeral: su protocolo y colados (es broma).

Hubiera querido… bueno, sé que las energías del domingo no son para ir a un funeral, perdón.

Quisiera haberme ido sin avisar, sin ser visto, desaparecer sin dar lata, pero sé que ello les causaría más molestia.

Los domingos son para divertirse, descansar, no para ocuparse de un muerto.

Me voy contento, hice lo que pude, me reí hasta donde me lo permití, me equivoqué muchas veces, como todos.

Lamento no haber sabido que me iba en domingo, sólo espero que a donde voy se pueda leer y escribir.

Perdón por distraer su atención habiendo tantas cosas por hacer, por leer, por ver, por comer, por visitar.

Lo bueno de morirse un domingo es que el lunes ustedes estarán ocupándose de sus vidas… y yo de la mía.