Mariguana: sentido y sensibilidad1

Publicado el 8 de marzo de 2016

Luis de la Barreda Solórzano
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas y coordinador del
Programa Universitario de Derechos Humanos, UNAM,
lbarreda@unam.mx

Nadie objeta —¿quién podría hacerlo razonablemente?— el uso terapéutico de la mariguana. El cannabidiol ha dado magníficos y sorprendentes resultados en el tratamiento del síndrome de Lennox-Gastaut.

La niña Graciela Elizalde padecía numerosas convulsiones epilépticas diariamente y su mejoría ha sido asombrosa desde que se le suministran medicamentos elaborados con base en el cannabidiol, sustancia química no sicoactiva de la cannabis, planta de la que se obtiene la mariguana. Otros han encontrado en ésta remedio para aliviar el dolor, conciliar el sueño, abrir el apetito o disminuir el estrés. También ha funcionado como analgésico, antiemético, broncodilatador o antiinflamatorio. Las objeciones se presentan respecto del uso lúdico o recreativo. ¿Son atendibles?

Desde el punto de vista ético, es profundamente inmoral mantener una prohibición penal que en la República Mexicana ha provocado más de 80 mil asesinatos y más de 25 mil desapariciones sin lograr en lo más mínimo los objetivos proclamados: no ha reducido la producción, la venta ni el consumo de mariguana. Pero en nuestro país es proporcionalmente baja la cantidad de consumidores frecuentes e insignificante el número de adictos. El consumo de la mariguana no es un problema nacional; lo es, y gigantesco, su persecución punitiva.

Persistir en una prohibición que en el mundo ha sido absolutamente inoperante y en nuestro país terriblemente perniciosa es insensato. Derogarla no es aceptar que sea plausible fumar mariguana, sino quitarle el fabuloso negocio a grupos criminales y reconsiderar el asunto como un tema de derechos humanos y salud, no de persecución penal.

Desde el punto de vista de los derechos humanos, la prohibición atenta contra la libertad de los adultos en pleno goce de sus facultades mentales de decidir qué sustancias consumen, aun cuando éstas pudieran resultarles dañinas. A mí, que soy diabético, me resulta aconsejable no consumir bizcochos, refrescos, gorditas de chicharrón chorreantes de aceite y otras delicias igualmente poco saludables, pero de ninguna manera estaría de acuerdo en que se me prohibiera adquirirlas y saborearlas con una conminación penal. Como argumentó la Suprema Corte, una persona mayor de edad tiene derecho a conducir su vida como le plazca siempre y cuando no dañe a terceros.

Lo escribió insuperablemente John Stuart Mill hace más de siglo y medio en Sobre la libertad: “El único propósito en virtud del cual puede ejercerse legítimamente el poder sobre un miembro de una comunidad civilizada en contra de su voluntad es impedir que dañe a otros. Su propio bien, sea físico o moral, no es justificación suficiente”.

La enorme mayoría de los fumadores de mariguana no se vuelven adictos. La consumieron Clinton y Obama, que llegaron a ser presidentes de Estados Unidos. La probó Fernando Gómez Mont, que llegó a ser un abogado muy destacado y secretario de Gobernación en México, y es un hombre lúcido y de buen humor. Pero aun si fuera la sustancia más peligrosa para la salud, habría que legalizarla: mejor que la producción y la distribución sean supervisadas por el gobierno y no controladas por los grupos criminales.

Desde luego, el gobierno debe informar de los riesgos de fumar mariguana y del peligro del consumo inmoderado, y ofrecer ayuda de rehabilitación a los adictos. Lo que hoy se gasta en la persecución penal se emplearía razonablemente en campañas de prevención y en tratamientos contra la adicción. Tal como se hace respecto de los comedores compulsivos, los alcohólicos, los maniacodepresivos o los neuróticos.

Clama al cielo que muchos fumadores de mota estén en la cárcel no por haber pertenecido a algún grupo criminal o haber causado daño a otra persona, sino porque se les sorprendió con mayor cantidad de la permitida (cinco gramos). Es una injusticia monstruosa que estén presos, es kafkiano que se les considere criminales, con la despenalización todos ellos quedarían en libertad. No saldrían de prisión, en cambio, los capos, los sicarios y los distribuidores que en defensa del negocio y en sus pugnas con bandas rivales han cometido delitos muy graves.

La despenalización de la mariguana es una cuestión de sentido y sensibilidad.

NOTAS:
1. Se reproduce con autorización del autor, publicado en Excélsior, el 25 de febrero de 2016.



Formación electrónica: Luis Felipe Herrera M., BJV

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