Bioética y lenguaje simbólico

Publicado el 9 de marzo de 2016

Raymundo Pérez Gándara
Sociólogo, jurista y semiólogo, lector senior en Bureau de Investigación y
Docencia de Conocimiento de Frontera,
rp_gandara@hotmail.com

El lenguaje es un instrumento de comunicación, un canal abierto que de manera inmediata exhibe la intención de quien querer manifestarse, de quien pretende decir y decirse (Paul Nicol).

Desde esta perspectiva deliberadamente reduccionista, abordo una de las variables de la categoría del lenguaje, esto es, escudriño la ecuación: “lenguaje bioético vis á vis lenguaje simbólico”.

Cuando se discurre sobre la bioética se tiene la impresión de que quien lo hace da por única la manera y términos en que se entiende esta categoría, asimismo, quien refiere a tal idea da por válido el concepto (criterio) que de ello tiene y además supone que este criterio es aceptado o compartido en sus alcances y en sus términos por los demás.

Sin lugar a duda, la categoría de bioética tiene elementos que son una constante desde el ya lejano planteamiento de V.R. Potter en su obra La bioética un puente hacia el futuro (Bioethics: Bridge to the Future, 1971) cuando preveía la conformación del bum biotecnológico vis á vis los aspectos humanistas y jurídicos. Bum donde la realidad difiere y en su caso rebasa, y con mucho, las normas que regulan fenómenos biológicos como el genoma humano y todas sus derivaciones.

Desde mi perspectiva, esa situación aún permanecen con el misma intención y la misma intensidad a pesar de que sus perspectivas y contenidos, tanto científico como humanistas, han tenido variaciones (en algunos casos radicales), lo que obliga a su revisión desde la posmodernidad.

Es sabido que, en su momento, la primera gran clasificación llevó a formular dos magnas líneas de pensamiento: la bioética general y la bioética específica, clasificación que para muchos hoy es obsoleta, pero que sin embargo aún asoma sus lejanas parafernalias sólo parcialmente resueltas.

Es claro que el enfoque de las formulaciones básicas y de sus variables ideológicas ha venido cambiando en una constante interminable y por consiguiente inacabada de lo que es o debiera se la bioética. Dice Octavio Paz: “no sabemos dónde empieza el mal, si en las palabras o en las cosas, pero cuando las palabras se corrompen y los significados se vuelven inciertos, el sentido de nuestros actos y de nuestras obras también es inseguro, las cosas se apoyan en su nombre y viceversa” (Corriente Alterna, 1990). En este sentido, esa irresolución obliga a revisar el pensum bioético desde su formulación y argumentación.

Cabe aquí hacer un paréntesis para dilucidar algunos presupuestos:

El lenguaje hablado no sólo tiene la virtud de ser la comunicación por antonomasia de la sociedad humana, sino que va más allá:

El lenguaje mediante la palabra es el que hace posible transmitir creencias, valores, percepciones, etcétera, y de esa manera imprimirle un significado y un significante a la conducta no solamente pública sino íntima del individuo.

El lenguaje es el lugar donde se concreta y conjuga el pensamiento, es el lugar común donde se acrisolan las ideas mediante las cuales el zoon politikon se hace presente como homo históricus, como homo socialis.

Es precisamente en ese contexto donde el concepto de bioética inscribe toda la carga de su formalidad y su axiología, sin embargo, al mismo tiempo que el concepto tiene una lectura particular, también tiene una lectura externa.

Si ello es así, hay un desencuentro entre los sujetos ya sociales ya individuales, por lo que existen tantas lecturas de bioética como enfoques se den provocando con ello el desgaste del concepto.

Cada sociedad, cada agrupación tiene su propio universo de principios y valores, y desde allí son asumidas y sostenidas por el habla comunitaria; habla que desde luego obedece a una determinada ideología.

Por ideología refiero aquí a la o las ideas que una sociedad tiene de algo por oposición o exclusión de lo otro, de lo que consideran diverso, ajeno o no válido, por tanto, diferente y hasta antagónico.

En este orden de ideas, todos pertenecemos a nuestras respectivas repúblicas del lenguaje. Tenemos un lenguaje que definimos desde las diferencias culturales, mismas que se enmarcan en provincialismos sectarismos, individualismos, etcétera. Ello necesariamente afecta el ejercicio del consenso e impide la unidad de pensamiento.

El lenguaje es nuestra morada, en ella habitamos, pero también el lenguaje es el eco donde nos repetimos. Eco que por definición es logocéntrico, siempre inteligible, pero nunca completo ni definitivo en su naturaleza cultural y en su uso.

Dice Patricia Barrera en su tesis recepcional (Diseño de un marco conceptual hacia el cambio de nombre a la Licenciatura de Trabajo Social 1987, UNAM) que “la palabra no sólo tiene la virtud de participar en la formación de la sociedad humana, significando y racionalizando las relaciones interpersonales, sino también es trasmisora de valores, intenciones, creencias, en suma, de conocimientos y sentimientos que definen a lo humano como tal”, pero también al sujeto individualmente considerado.

De ahí que referirse a la bioética en contextos culturales ajenos o desde intereses diversos es pretender la reducción de un concepto cuyas consecuencias son inciertas. En la idea bioética, cada quien estrecha el discurso que quiere oír y definir a su manera, siempre desde su universo de intereses, valores, creencias y conocimientos. Ello es normal y hasta correcto, el problema está cuando ese universo se pretende de alguna manera imponer como lo único válido y cierto.

Desde un diverso enfoque, esas diferencias encuentran puntos de contacto en la esfera de lo simbólico, esfera que por su naturaleza está más allá de la totalidad del pensamiento formal, el cual casi siempre busca la homogeneidad, que es de suyo imposible.

Cuando se habla formalmente de bioética, cada habla (John Austin, Sense and Sensibilia, Sentido y Percepción, 1959) pretende convertirse en un hecho de lo cotidiano, y cuando esa forma de habla obtiene el “poder de decir” se hace patente como una hegemonía discursiva, convirtiéndose en un doxa social con una pretendida posición apolítica la cual es esgrimida por todos los actores con ella comprometidos; desde los agentes del Estado hasta los medios de comunicación, pasando por los estudiosos y el sujeto de la calle, sin embargo, explícita o implícitamente, lleva una ideología, aunque en ocasiones se intente disimular.

En su momento, esas posiciones de poder colisionan tratando de imponer mediante el lenguaje sus preferencias, sus intereses, es decir, pretenden hacer valer su ideología, la cual no les permite advertir que no hay un “criterio único que sea común a todos”, sino muchas maneras de pensar la bioética que leen la realidad desde diversos posicionamientos, dándose así un complejo e interminable conflicto que, una vez creado, adquiere autonomía y con ello la pretensión de imponer su hegemonía desde una y otras posiciones, negando y, por ende, anulando toda idea que las contradiga, las confronte y, en consecuencia, aspirando a la unidireccionalidad del pensamiento.

Esa ideología se alimenta de sí misma en una constante espiral, haciendo imposible la recuperación del otro, esto es, del ocasional o perenne adversario, lo que justifica los posicionamientos irreconciliables y hasta excluyentes en una dialéctica sui géneris: el contrario es necesario, pues su posición sirve para sostener las causas propias.

Mientras el contrario siga firme en su posicionamiento, la ideología propia se mantiene vigente, y en consecuencia los argumentos de las causas y consecuencias propias seguirán siendo “válidos”. La capitulación del contrario se convertiría en el fracaso de la propia ideología (“lo que resiste apoya”, decía Plinio el Viejo).

La estrategia de unos y otros es que el contrario no claudique, por tanto, la confrontación se mantiene en sus términos desde un leguaje de poder; un lenguaje que, en la medida en que se repita de manera sistemática refuerza una posición de prevalencia y, por tanto, de imposición a los demás, marginando la necesidad de comunicación y contradiciendo la ética básica del consenso.

Por lo contrario, lo simbólico es atópico (Charles Peirce) en su manifestación, pues desborda al propio lenguaje; en otras palabras, no encasilla a lo dicho, sino por lo contrario, se abre a nuevas lecturas sin más pretensión que comunicar, que no de convencer, mucho menos de vencer. En lo simbólico no hay enfrentamiento no hay exclusión.

Entre la confrontación de los lenguajes respecto del significado y el significante de lo bioético, lo simbólico es siempre una posibilidad de convalidación, de empatía, pues inhibe la pretensión de las ortodoxias de cualquier signo, haciendo anodina la exaltación de que sus respectivas definiciones de bioética son una verdad indubitable, incontrovertible, apodíctica y eterna, en consecuencia, lo simbólico hace posible desentrañar la intencionalidad del sujeto en el lenguaje.

¿Puede acaso la herramienta del lenguaje simbólico encontrar una posible salida a la confrontación de los sociolectos de la bioética? Considero que sí, y sólo si lo simbólico se convierte en un instrumento cognitivo para deconstruir (Derrida) los elementos lógico-ideológicos que conforman una idea (aún no el concepto) de la bioética.

Lo simbólico per se trasciende los metalenguajes, esos que cuando se les interroga dicen más o van más allá de su expresión inicial; lenguajes que son casi siempre sospechosos; pues entre más se les concede, más reclaman para sí, arrastrando el estado inicial de las cosas hacia sus propias hegemonías.

Lo simbólico cuestiona hasta el fin (hasta el fin último, dirían los clásicos) la contradicción de su propia categoría discursiva, por lo que siempre está abierto a las más diversas y disímiles lecturas.

Lo simbólico afecta aun sin proponérselo las estructuras canónicas de la ideología, así, la exuberancia del discurso, los neologismos, la transliteración, las transmutaciones, solamente representan lo que son: una parte del pensamiento común.

Lo simbólico, así, se convierte en unidad de lectura, aunque debe quedar claro: que no de “única lectura posible”. Esa unidad debe entenderse sólo para sus propios fines, los cuales son dilucidar lo que unos y otros quieren decir cuando refieren al aparentemente mismo concepto.

Como se dice al inicio de esta discusión, no se puede tener un discurso separado de la ideología, por tanto, es absurdo formular un concepto de bioética aséptico. El discurso de la bioética tiene la necesidad de estar tutelado por la ideología de quienes lo profieren.

Quien sostiene el discurso debe asumir la responsabilidad de la carga ideología, sin pretender sacralizarla o disimularla, pues quien tal cosa hace atenta no sólo contra la ética del otro sino subvierte su propia ética, en detrimento de una fructífera confrontación de ideas que permitan construir una poderosa ingeniería común en la materia.

El construir una versión sin consenso de bioética, que no esté justificada histórica y socialmente, traerá como resultado un intento fallido de conceptualización y una inútil pretensión de que sea aceptada al menos en lo general por los demás. Es claro que aún no es posible elaborar un concepto erga omnes de bioética.

Si esto es así, ello hace nugatorio cualquier esfuerzo por imponer un concepto de bioética, no sólo entre culturas diversas sino entre los grupos e individuos pertenecientes a un mismo grupo social.

La exclusión y la discriminación son, entre muchas otras situaciones, las manifestaciones más acabadas que se han dado en esta ya dilatada discusión sobre la bioética en el seno de las sociedades, al grado de tener estereotipos muy bien definidos respecto de “quién es quién en la bioética”, por ejemplo, los ultras de uno y otro bando en el espectro ideológico.

Cierto es que el consenso total, el acuerdo total, es inviable, sin embargo, sí es posible llegar a generalidades en los enfoques éticos y su estética entre las diversas culturas, creencias y criterios de lo que se puede, no lo que debe (aún no estamos para esos niveles) entender por bioética.

En lo simbólico es posible construir los elementos básicos y primarios que conforman la idea de bioética (qué son, cuáles son, cómo son). Ideas en las que todos los interesados estén o se sientan representados.

Así como hay diversas corrientes religiosas dentro de los propios judíos, los propios musulmanes, entre los budistas, entre los cristianos, así también las hay en cuanto a lo que debe entenderse por bioética entre las civilizaciones, entre las culturas, entre los grupos y entre los individuos.

De igual manera se dan las constantes axiológicas en las contradicciones del discurso de la bioética, las cuales sólo mediante la estrategia del pensamiento simbólico es posible revertir. La estrategia de lo simbólico es una posibilidad que evita la mutua exclusión y, en su caso, la represión.

El individuo usuario del lenguaje debe ser sujeto y no objeto del mismo, por lo que debe tenerse siempre presente que el discurso ideológico de una expresión es cuestionable y por consiguiente revisable.

En este contexto, el lenguaje simbólico no constituye una modalidad sino una herramienta intelectual para la lectura crítica del concepto de bioética, por lo que esta lectura no califica (bueno, malo, cierto, falso, etcétera), su papel es simple y directo: ser un punto de inflexión que facilite la interconexión entre las diversas maneras de pensar la bioética en la globalización y de frente a la posmodernidad (Marshall Mac Luhan).

Es importante señalar que todo lenguaje, por su naturaleza, está comprometido, pero no todo lenguaje es encrático, entendiendo esto último por aquella ideología que medra a expensas del poder del discurso, ya sea del estado, la academia, los ideólogos, la religión, etcétera.

El lenguaje encrático, per se excluye deliberada y a veces inconscientemente la posibilidad de construir punto de convergencia entre las diversas maneras de pensar la bioética. Así, desde ese posicionamiento es como los interesados en imponer su concepto de bioética pretenden resolver el diferendo, dándose como resultado una conducta que podría ser definida como políticamente incorrecta.

Un estereotipo es la expresión que se apoya en sí misma, es la expresión que escapa a toda duda razonable, a toda posibilidad de revisión, es una imagen estructurada y aceptada por la mayoría de los que comparten una ideología, es una formulación estática que se define a sí misma como adecuada, necesaria, única, desde siempre, para siempre, para cada momento y para cada circunstancia.

Si esto es así, el estereotipo de bioética es una expresión inhibitoria, que pretende tener una consistencia única que disimula bajo una pretendida unidad su poder de exclusión, erigiéndose en una verdad monolítica que no admite réplica.

En ese orden de ideas, el concepto de bioética de corte judeo-cristiano occidental entra en confrontación con las de otras civilizaciones, permaneciendo en constante conflicto con “los otros principios y valores”, aparentemente antagónicos y, por tanto, expuestos unos y otros a la disyuntiva de eliminar o ser eliminados.

La institucionalización de la violencia, es uno de los instrumentos mejor organizados desde el poder, cuya doctrina ha adquirido una enorme sofisticación y pragmatismo para vigilar y castigar, dice Michel Foucault (1975), de ahí que se enmascare con la ideología de la legitimidad y del un consenso prefabricado, así como con una elaborada apariencia de neutralidad.

Así, el concepto de bioética no necesariamente es aquel que contiene desde sí todos sus alcances y todas sus posibilidades; su expresión mejor acabada no está en su definición sino en su discurso, mejor dicho, en los discursos que produce con diversos contenidos, y también desde esta perspectiva, en los discursos paralelos que lo configuran y lo representan.

Frente a esa situación, la lectura simbólica desconfía del estereotipo cualesquiera que éste sea, pues lee desde el escepticismo y desde el principio de la incertidumbre, es decir, desde la premisa de que nada es cierto sólo porque sí.

Para la lectura simbólica, la expresión “bioética” adquiere su razonamiento y raciocinio cuando al ser confrontada con los otros discursos, en virtud de una asociación de ideas, se traduce en formulaciones específica y unívoca; dicho de otra manera, perfila una representación común de ideas aceptadas como una proposición primigenia, sin que ello implique adhesiones totalizantes y acríticas.

Así, dicha representación es, a su vez, el espacio de justificación de una realidad concreta y especifica: un espacio de verosimilitud, de posibilidad real, donde se manifiesta la bioética como una idea que se dice a sí misma mediante un acto de habla (Austin) como principio pragmático de pertinencia.

De ahí que el problema se agudice cuando de la representación, ya de manera voluntaria ya de forma involuntaria, se pasa a la ficción, y a partir de ella se inventa una entelequia que pudiera describirse como ficción bioética. Así, desde esa inventiva, no es la idea de bioética la que se expresa, sino la subjetividad de quien o quienes buscan decirse a sí mismos desde ella, por consiguiente, no es la bioética del consenso la que discurre desde sí y para sí, sino lo que los intérpretes desde sus intereses pretenden que ella sea.

La ficción, como toda interpretación arbitraria, no es más que un acto de poder, pero no de poder como resultado de un proceso histórico y social, sino un acto a ultranza; mejor dicho, es un acto movido por la pasión, por la pasión de la ilusión.

A esa ficción es a la que se puede anteponer el lenguaje simbólico:

La definición de lo bioético es el pretexto para que se esgriman toda clase de argumentos; por doquier hay autoridades, aparatos ideológicos (oficiales y no), líderes, escuelas, corrientes de pensamiento, doctrinas, unos gigantescos, otros mínimos, pero todos reclaman para sí la verdad de la bioética; grupos de presión y de opresión, todo ellos autonombrándose como “voces autorizadas”, todos ellos esgrimiendo su legitimidad, siempre dispuestos a polemizar y vencer.

El discurso de todo ese poder se esgrime desde las más burdas maneras hasta los más sofisticados mecanismos a partir de los cuales se pretenden imponer sus respectivos discursos para desde ellos declararse detentadores perpetuos de la verdad.

Los que no coinciden, más aun, los que no se pliegan a sus designios, se les acusa de tránsfugas del catecismo bioético, en el menor de los casos, sino es que de prevaricadores y enemigos de la causa. Así, unos y otros se reprueban mutuamente.

El lenguaje es la legislación; la lengua es uno de sus códigos, dice Roland Barthes. Si ello es así, el lenguaje significa necesariamente una relación de mera alineación que rige la conducta desde su propio poder, luego, es dable anteponer a la expresión estereotipada de la bioética la riqueza del lenguaje simbólico.

La eticidad, para decirlo en los términos de Hegel, requiere una lectura universal, pero no desde la “universalidad de lo occidental” o de lo eurocéntrico, sino una lectura donde concurran todas las voces, todas las civilizaciones, todas las culturas, toda la gente posible (de las culturas ancestrales hay mucho que aprender y rescatar), en donde la ontología de lo simbólico sea efectivamente ecuménica y humanista.

Es necesario la concurrencia de los más, pero que la participación vaya no de adentro hacia afuera, sino de afuera hacia adentro, ni de arriba hacia abajo; una concurrencia, donde la conciencia y la razón, implacables y testarudas, se oponga a los fetiches del poder y muestren la inmensa riqueza de la bioética, siempre más allá de los lugares comunes, buscando la gregariedad que los cambios en la “aldea global” (Mc Luhan) le dan a las culturas. Para ello se requieren operadores éticos que construyan, sin estereotipos, los nuevos signos de lo bioético que demanda la posmodernidad.




Formación electrónica: Luis Felipe Herrera M., BJV

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