Marihuana: salud y enfermedad

Publicado el 31 de marzo de 2016

Guillermo José Mañón Garibay
Investigador en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM
guillermomanon@gmx.de

Para el pensador francés Michel Foucault (1926-1984) el único problema digno de consideración era indagar las entrañas del poder. ¿Qué es el poder? Si el poder es auténtico y cabal, entonces tiene potestad sobre la vida y la muerte.

Para desentrañar la esencia del poder, Foucault proponía analizar tres instituciones típicas de la modernidad: la clínica, la cárcel y el manicomio (locura). La razón es que allí es donde mejor se manifiesta el poder, porque allí es donde se decide sobre la vida y la muerte. Llama la atención que ni el cadalso ni el patíbulo ni la cámara de tortura sean tan relevantes. La vida y muerte que tiene en sus manos el poderoso significa poder de inclusión o exclusión de la sociedad, y la clínica, la cárcel y el manicomio son las zonas de exclusión por excelencia; limítrofes respecto del espacio donde es posible una “vida digna”, humana, según las disposiciones del poder.

En el caso de la clínica y el manicomio, aunque también de la cárcel, el poder juega con los conceptos sano y patológico para decidir quién está dentro y quién fuera; quién merece la muerte y quién seguir viviendo. La muerte es también entendida en sociología como exclusión social, y el enfermo (corporal o mental) vive excluido de la sociedad.

En el caso nuestro sobre el consumo de la marihuana, se discute sobre lo dañino o benéfico de su consumo a manera de argumentación a favor o en contra de su despenalización. Lo que llama la atención en este caso nuestro (y pese a la constante presencia del poder organizando debates) es la ausencia de análisis sobre los términos salud y enfermedad, subsidiarios de lo normal y lo patológico.

Evidentemente, el problema sobre la estructura y comportamiento de lo sano y enfermizo (normal o patológico) es muy vasto, como se puede ver en casos tan diversos como un “invertido sexual”, un diabético o un agripado. Cada caso de enfermedad plantea problemas de anatomía, embriología, fisiología, psicología, etcétera. Sin embargo, parece que no plantea problema alguno de sociología o filosofía del poder, cuando conceptos, como sano o enfermo (normal y patológico) tienen una relevancia social.

Se ha hecho notar que distinguir entre lo normal y lo patológico supone incluir una “normatividad” dentro de la biología, proyectando de esta manera la idea de progreso humano en la naturaleza. A esto se le conoce como la seducción evolucionista (producto del social darvinismo) que ha pretendido (y pretende) dictar la manera de superar lo natural-salvaje a través de su domesticación o civilización. Nadie puede negar que hablar de salud y enfermedad significa hablar de formas de vida logradas y fallidas, y para distinguir entre ambas es necesario conocer las obligaciones que se imponen al hombre en el mundo moderno. Éstas no son las mismas del pasado; por un lado, el hombre moderno vive estresado bajo las obligaciones múltiples de la vida actual. Por otro lado, la historia acusa distintas nociones de normal y patológico; como las impuestas por la escuela dinámica o la escuela ontológica.

La concepción ontológica de la enfermedad concebía a la enfermedad como algo que le sobreviene al hombre y se localiza o manifiesta en sus síntomas. La concepción dinámica de la enfermedad no localizaba el “mal” en alguna parte del cuerpo, sino consideraba su falla integral, totalizante, como una especie de dis-armonía del cuerpo enfermo respecto a su entorno social. Según ésta, la naturaleza normal del hombre se encuentra en equilibrio o armonía con su entorno y la enfermedad representa precisamente la descomposición de ese equilibrio u armonía. Dentro de la primera escuela, al enfermo había que curarlo “en familia”, mientras que para la segunda, había (hay) que excluirlo de la sociedad y recluirlo en la clínica o manicomio.

En el caso de los consumidores de marihuana, adictos a la yerba, el dilema entre sano o enfermo se analiza desde un concepto funcional de enfermedad (que corresponde al de la escuela dinámica). Porque el adicto (si todo consumo es adictivo, todo consumidor es un adicto) se encuentra en dis-armonía con su entorno, rompe con las obligaciones impuestas y con el programa social para llegar-a-ser-un-mejor-ciudadano. La reclusión es necesaria e inevitable, porque su enfermedad opera a manera de lucha interna entre el adicto y algo que le es extraño y lo mantiene fuera de control. Solamente la técnica médica puede salvarlo y restablecer su salud, ya que nada bueno se puede espera de aquél que abandona sus obligaciones sociales y se convierte en un descontrolado. Esto, dicho sea de paso, indudablemente alude a un viejo enfrentamiento entre técnica y naturaleza (entre civilización y barbarie) y también a una vieja discusión entre quienes admiten y/o rechazan la posibilidad de someter la condición humana a las “intenciones normativas” (curativas) de la sociedad.

Si el pernicioso alcohol (o las bebidas embriagantes) es visto de distinta manera, y no entra de nuevo en la discusión sobre su autorización o prohibición, es porque se le analiza desde distinta óptica. Me explico: sano y enfermo es entendido en el contexto de la discusión sobre la marihuana con una “a” (de a-normal) o con un “dis” (de dis-función), y en el caso del alcohol con un hipo (menos) o hiper (más). Estos dos últimos prefijos (menos/más) hacen alusión a una variación cualitativa de lo normal y no a una ausencia de lo normal, como en el caso de los primeros prefijos (a/dis); por eso, el alcohol es tolerado y la marihuana no. El alcohol únicamente “exacerba” los estados normales en circunstancias determinadas, mientras la marihuana los destruye.

¿Cómo resolver el problema respecto al consumo de marihuana? Primero, hay que admitir que la medicina es una técnica antes que una ciencia, localizada en la encrucijada de muchas ciencias; segundo, no se puede negar que el estudio de las enfermedades es una estrategia para controlar el cuerpo dentro de los límites de lo saludable. Por tanto, un punto decisivo en la discusión debe ser el criterio elegido sobre lo normal y lo patológico.




Formación electrónica: Luis Ffelipe Herrera M., BJV

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