Los árboles y el bosque*

Publicado el 5 de diciembre de 2016

José Ramón Cossío Díaz
Ministro de la Suprema Corte de Justicia y miembro del Colegio Nacional,
twitter@JRCossio
jramoncd@scjn.gob.mx

En los confusos días que corren, queremos adivinar el futuro partiendo de lo que sabemos. Al asemejar a Trump con Hitler, se supondrá que habrá discursos supremacistas, genocidios y posiblemente guerras. Si se admite que la democracia trumpista será semejante a la de Andrew Jackson, se supondrá la utilización de las clases sociales para constituir y ejercer gobierno. Las herramientas de comprensión del futuro son pobres. Unos cuantos datos, algunas semejanzas, hacen suponer lo que habrá de venir e imaginar formas para enfrentarlo. Más allá de los problemas que esta forma de pensar el mundo tiene para la psicología moderna, conviene poner en claro algunas cosas.

¿Cuántas veces se mencionan a diario los nombres de Donald Trump, Nigel Farage o Marine Le Pen, por ejemplo? ¿De ellas, en cuántas se les identifica como generadores de males presentes y futuros? ¿De éstas, en cuántas se les hace responsables individuales de lo que habrá de llegar? Ellos y otros personajes actuales son identificados como los causantes existentes o potenciales de racismo, xenofobia, expulsiones o nacionalismos primitivos. En la caricaturización a la que asistimos, prácticamente se admite que de no existir tales sujetos, el mundo no se encaminaría por donde desafortunadamente parece hacerlo. Para no ir más allá del siglo recién concluido, nos hemos instalado en la idea de que lo acontecido en Italia, Alemania, España, China o Chile no fue culpa del pueblo italiano, alemán, español, chino o chileno, sino de Mussolini, Hitler, Franco, Mao o Pinochet. Cuando las cosas iban bien, era el genio de estas poblaciones, su talento inigualable, su capacidad de comprender al pueblo, lo que los hacía grandes. Cuando las cosas fueron a mal, fue su avaricia, su triste pasado, lo que les llevó a engañar al buen pueblo. La sanación colectiva, más allá de los beneficios individuales alcanzados por los más cercanos en el Gobierno y los negocios, pasó por un rechazo completo. Con facilidad hubo una transformación de un todo positivo a un todo negativo.

La imputación individual de los males colectivos es asunto antiguo. Al rey, emperador, general o dictador, se le permitió ejercer gran poder, cubrirle de honores, atribuirle cualidades excepcionales. Los seguidores disfrutaron de la cercanía con los iluminados. La luz de éste fue tan potente que impidió ver los negocios o arreglos realizados alrededor del héroe. Cuando éste cayó, sólo a él se le recriminó y, tal vez, sancionó. Ese fue el precio de haberle permitido o aceptado tanto.

Sabemos hoy que más allá de personajes, hay pueblos o fragmentos de pueblos, que sostienen ideas o movimientos terribles. Que los demagogos son agentes importantísimos de articulación de personas en malas agrupaciones, pero no las causas generadoras de todos ellos. Sabemos que mucho de lo que hoy vemos es pre-trumpiano y que al caer el líder, seguirá estando ahí. La aceptación de estos hechos debería hacernos ver que la lucha a dar en los próximos años no pasa por denostar a una persona o por ridiculizar aún más sus dichos y actitudes. Pasa por sostener en todo momento y en todo nivel las formas de vida que nos parecen dignas de ser vividas. A fuerza de suponerlas dadas, creemos que el respeto, la decencia, la democracia, los derechos y las obligaciones habían llegado para quedarse y eran un producto natural de nuestra modernidad. Hoy vemos que no es así. Es preciso comprender que diariamente debemos preservar y en lo posible agrandar los espacios de libertad que poderes públicos y privados están cerrando. Ello va, desde luego, más allá de los personajes que catalizan odios y malestares.

NOTAS:
* Se reproduce con autorización del autor, publicado en El País, el 29 de noviembre de 2016.


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