40 años de reformas electorales*

Publicado el 07 de Febrero de 2017

María Marván Laborde
Investigadora del Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM
twitter@MarvanMaria

En el año que está por comenzar celebraremos, además del centenario de la Constitución, los 40 años de la gran Reforma Electoral de Jesús Reyes Heroles. Ésta abrió lentamente las puertas al pluralismo partidario en México. El balance arroja grandes avances, pero también hace evidentes costos que ya no deberíamos justificar.

Después de las elecciones de 1976 el sistema de partido hegemónico se hizo insostenible. José López Portillo compitió contra nadie por la Presidencia. La izquierda no era reconocida por el sistema y por tanto no tenía más opción que actuar desde la ilegalidad en contra del sistema.

A partir de 1977 elegimos a los diputados por un sistema mixto de mayoría relativa más representación proporcional. Logramos construir un sistema de partidos plural y un sistema electoral equitativo. Desde entonces han aparecido más de 25 partidos, algunos de ellos no han sobrevivido más allá de una elección. De los nueve partidos nacionales que hoy día cuentan con registro, sólo el PRI y el PAN participaron en la elección de 1979; hoy PAN, PRI y PRD juntos tienen 60% de los votos, la competitividad del sistema es un hecho.

Esta reforma dividió al país en 300 distritos, cada diputado de mayoría relativa representaba a 250 mil personas. Ahora cada diputado representa a cerca de 375 mil habitantes en distritos con graves desproporciones, ya que el PAN impidió la distritación en 2013.

En 1987 por primera vez los partidos pudieron impugnar ante una segunda instancia las decisiones de la autoridad electoral. Se creó el Tribunal de lo Contencioso Electoral que, a pesar de depender del Ejecutivo, fue un avance importante para los partidos de oposición. Ahora es momento de preguntarnos si no deberíamos poner un freno a la manía impugnativa que todo lleva a tribunales.

El conflicto postelectoral de 1988 sirvió de catalizador para la creación del Instituto Federal Electoral. Aunque seguía dependiendo del Ejecutivo y el secretario de Gobernación era presidente, haberlo sacado de las instalaciones de Bucareli sirvió para darle legitimidad al nuevo árbitro electoral.

Empezó entonces la creación de la élite burocrática encargada de organizar elecciones. Era tal la necesidad de legitimación de Salinas de Gortari que la orden de Los Pinos fue no escatimar recursos a la oposición en el proceso de construcción de la nueva autoridad. Si sumamos la burocracia de los 33 institutos y tribunales electorales, es muy probable que sean más de 20 mil personas las que viven del presupuesto electoral. Además, habrá que sumar a los funcionarios de los partidos a quienes mantenemos de nuestros impuestos a lo largo y ancho del país.

Para la reforma de 1990, la orden presidencial fue acceder a todas las peticiones de la oposición. Se aceptaron todas las demandas por irracionales o costosas que fueran. Desde entonces las boletas se imprimen en papel moneda, se mide en milímetros la apertura de las urnas que por supuesto se hicieron transparentes; los materiales electorales se reparten en camiones custodiados por el Ejército que posteriormente cuida las boletas hasta el momento del recuento y un largo etcétera.

Entre la elección de 1991 y la de 1994 fueron necesarias tres reformas electorales. Ilusamente pensamos que la de 1996 sería definitiva. Fue ésta la que incrementó bestialmente el presupuesto de los partidos; el objetivo, mal logrado por cierto, era evitar que entrara dinero de los gobiernos a las campañas. La reforma de 2007 pretendía disminuir los montos de financiamiento, se les entregó menos dinero del presupuesto, pero se les regaló el tiempo en radio y televisión; en términos reales esto significó un incremento de efectivo para que los partidos pudieran alimentar la voracidad de sus clientelas. Ahora se paga la asistencia a mítines, se paga el voto y, como quedó demostrado con Cuauhtémoc Blanco, también se compran candidaturas.

Después de cuatro décadas hay motivos para celebrar, pero muchas más razones para hacer una revisión seria del carísimo y barroco modelo electoral que hemos inventado y que no ha servido para que los partidos políticos asuman un compromiso verdaderamente democrático.

NOTAS:
* Se reproduce con autorización de la autora, publicado en Excélsior, el 29 de diciembre de 2016.



Formación electrónica: Luis Felipe Herrera M., BJV
Incorporación a la plataforma OJS, Revistas del IIJ: Ignacio Trujillo Guerrero

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