Antecedentes de la Reforma protestante

Publicado el 6 de noviembre de 2017

Guillermo José Mañón Garibay
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM,
guillermomanon@gmx.de

Introducción

La Reforma protestante, cumplida el 31 de octubre de 1517 con la fijación de las 95 tesis a la entrada de la catedral de Wittennberg, tiene múltiples antecedentes que explican, finalmente, el cisma de la iglesia de occidente y sus repercusiones jurídicas y sociales.

Las 95 tesis se refieren a cuestiones principalmente teológicas —la gracia divina y el sincero arrepentimiento frente a la remisión de los pecados a través de la compra de indulgencias plenarias— y fueron condenadas por el obispo de Maguncia y el papado con base en argumentos teológicos. Sin embargo, sus secuelas rebasaron el ámbito teológico porque fueron espoleadas por acontecimientos fuera del orden teológico.

Martín Lutero (1483-1546), monje agustino, atizó con sus tesis un debate teórico como hubo tantos en el pasado; por ello vale preguntar por qué éste en particular tuvo un impacto cismático. Ciertamente, como todo suceso de la historia, es difícil explicar de manera absolutamente satisfactoria el porqué de la Reforma; no obstante, valgan las siguientes razones como una aproximación para discernir el éxito de Lutero frente a otros quejosos anteriores a él, como el inglés Juan Wyclif (1320-1384), el checo Jan Hus (1370-1415) o su contemporáneo suizo Ulrico Zwinglio (1484-1531).

Los cambios

Un alud de vicisitudes de toda índole crearon un ambiente propicio para la Reforma luterana, entre ellos cabe mencionar:

a. La revolución del humanismo renacentista (s. XIV y XV) y los cambios sociales inducidos por los movimientos heréticos de los siglos XII y XIII contra la iglesia.

b. La revolución científica emprendida por Nicolás Copérnico (1473-1543), Galileo Galilei (1564-1642) y Johannes Kepler (1571-1630), que culminó con el paradigma científico del mecanicismo.

c. La revolución política de Nicolás Maquiavelo (1469-1527).

d. La revolución económica del mercantilismo, con lo que se da inicio a la economía capitalista.

e. La revolución axiológica del manierismo y las expediciones marítimas, el invento de la imprenta y la pólvora.

La revolución del humanismo renacentista

El término humanismo fue acuñado por el historiador alemán Friedrich Niethammer a principios del siglo XIX, para referirse con él a la actitud levantisca de intelectuales como Francisco Petrarca, Erasmo de Róterdam, Luis Vives, Tomás Moro o Michel de Montaigne, frente al estancamiento de la escolástica tardía y el control por parte de la iglesia de los centros de enseñanza, especialmente las universidades. Con ello se deseaba impulsar el desarrollo intelectual a partir de elementos de la cultura pagana (i.e. antigüedad grecorromana vs. cristiana) y conquistar así la libertad intelectual respecto del yugo eclesiástico.

El objeto de reflexión sería lo humano, no más lo divino, y tendría como lugar de nacimiento Italia, donde persistían los vestigios arqueológicos de la cultura antigua, y sobre todo, donde gracias al comercio marítimo se había formado una clase burguesa que patrocinaría a los nuevos intelectuales. Su difusión tuvo lugar fuera de las universidades pontificias, dentro de las recién fundadas academias —en remembranza de la Academia de Platón, cerrada por Justiniano en 529 d. C.— y utilizando la lengua vernácula para fomentar la independencia del latín (lengua de la iglesia). Precisamente por esto último se puso a la cabeza del movimiento Francesco Petrarca (1304-1374), al escribir en lengua italiana, investigar la literatura pagana y editar los textos de Cicerón. Vale aquí traer a la memoria que en tiempos pasados habían sido condenados por herejes los movimientos de Pedro Valdo (1140-1205) y los hermanos del libre espíritu (s. XIII), quienes predicaron en lengua vernácula en las plazas públicas, y que la traducción de la Biblia al alemán fue una forma de insubordinación por parte de Martín Lutero y Philipp Melanchthon.

La difusión del espíritu del humanismo no sólo estuvo a cargo de un puñado de sabios, academias y bibliotecas establecidas entre los siglos XIV y XV, también fue propiciada por viajes y expediciones. Ya en el siglo XIII, Marco Polo (1254-1324) había viajado a la China de Kublai Kahn y vuelto, refiriendo las maravillas que excitaban a cualquier comerciante; pero los viajes de expedición iniciaron hasta un siglo más tarde, con Vasco de Gama (1469-1524), Fernando de Magallanes (1480-1521), Cristóbal Colón (1451-1506) y Martín, Vicente y Francisco Pinzón (1441-1514), quienes buscaban no solamente comerciar, sino ensanchar la visión del mundo y el hombre.

Todo esto resulta incompleto si no se menciona la doctrina de la “doble verdad”, adjudicada al musulmán Averroés (1126-1198), y en franca oposición a Tomás de Aquino (1225-1275); porque Averroés, y los averroístas latinos del siglo XIII, afirmaban que había dos verdades: una para la religión y otra para la ciencia; mientras que Santo Tomás sostenía una sola, donde los hallazgos de las ciencias tenían que coincidir con las sentencias de la religión. No era posible la autonomía de la ciencia sin una dispensa para contradecir las interpretaciones bíblicas del pasado, y ésta se concedía a través de la asunción de una “doble verdad”.

La revolución científica

A lo largo de toda la Edad Media prevaleció la visión aristotélico-ptolemaica del universo, según la cual la tierra era el centro de universo. Este modelo fue incuestionado y adoptado por todos los doctores de teología, como Tomás de Aquino, canonizado en 1323. Como apuntalamiento a la concepción geocéntrica del universo estaba la correspondencia entre el macro y el microcosmos, que establecía un centro y una periferia jerárquicas: en el caso de la iglesia, el centro lo ocupaba el papa y la periferia los demás prelados y feligreses; en el caso del poder civil, el centro lo ocupaba el rey y la periferia los súbditos, fueran aristócratas o no; en el caso de la familia, el centro lo ocupaba el padre y la periferia sus demás miembros. Esta correspondencia macro-microcosmos revelaba la armonía universal y la conexión de todo con todo gracias a una inteligencia superior. Todo giraba alrededor de la tierra no sólo porque así lo afirmaba Aristóteles y Ptolomeo, sino también porque el planeta era el culmen de la creación divina (i.e., habitada por el hombre, imagen divina), porque allí había tenido lugar la historia sagrada —nacimiento, predicación, pasión, muerte y resurrección del Cristo— y porque allí tendría lugar la edad del Espíritu Santo, siguiendo a la del Padre y la del hijo —según Joaquín de Fiore—.

Los hallazgos astronómicos de Nicolás Copérnico desfondaron la visión aristotélico-ptolemaica del universo, a la vez que toda la concepción social, civil y eclesiástica, porque desfiguraba la relación macro-microcosmos. Pero también contravenía la forma de entender o interpretar la evidencia empírica: quien observa la bóveda celeste tiende naturalmente a pensar que la tierra es el centro del universo, ¿y cómo convencernos del movimiento rotario del planeta, si nuestros sentidos no perciben movimiento alguno? El dicto aristotélico “el conocimiento comienza por la experiencia sensorial”, se debilitaba ante los estudios copernicanos y abría la puerta al racionalismo cartesiano, que desconfiaría de los sentidos e intentaría enderezar no sólo la visión del universo, sino también la del conocimiento mismo. La nueva fundamentación del conocimiento abandonaría la explicación aristotélica vía clasificación por género y diferencia específica, a la vez que traería consigo el paradigma explicativo vía enunciados universales, como la postulación de leyes que rigen de manera inexorable los fenómenos naturales, a la manera del mecanismo de un reloj —en palabras de Kepler—. Por ello el nuevo modelo científico se llamaría “mecanicismo”.

La revolución política

El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo, es el texto que inaugura una nueva forma de hacer política, porque recomienda al gobernante no actuar bajo ninguna otra máxima que aquella que le asegure el control del poder político. Desde aquí, la moral religiosa que imperaba sobre toda conducta humana fue puesta en entredicho y abrió la posibilidad, en bien de la gobernabilidad, de disponer sobre “dos morales”: la del pueblo y la del gobernante. A tareas distintas, normas distintas; y si la tarea principal en una sociedad es su gobierno, entonces el Príncipe debe ajustarse a las reglas que garanticen el control de los gobernados. Cuando gobernar a través del miedo y la fuerza asegure el control del poder sobre los gobernados, pues bienvenido el Leviatán.

Para los pensadores de la antigüedad griega y medieval, la moral era condición de posibilidad de la convivencia humana. Maquiavelo representa el mentís a este axioma del pasado: en un sentido puramente manierista, asienta la pertinencia moral para cada acción de los súbditos, pero no para el gobernante. Éste debe de guiarse por la “razón de Estado”: lo mejor no es el bien moral, sino lo que pragmáticamente asegure el poder.

La revolución económica

Max Weber analiza la desaparición de la esclavitud en la Edad Media y concluye que esto se debió a las invasiones bárbaras y a la destrucción de los centros urbanos y su forma de producción. La fragmentación de las comunidades obligaría a una interdependencia de los príncipes y sus súbditos, lo que daría origen al régimen feudal medieval e imposibilitaría el sometimiento absoluto al rey, propio de la esclavitud.

El restablecimiento de un sistema económico más complejo supondría tanto el aumento poblacional y nacimiento de las urbes como el comercio a gran escala. ¿Cómo sería esto posible sin la pacificación de las tribus vikingas —últimas en asolar Europa en el siglo IX— y la paulatina reconquista del mar mediterráneo en posesión de los sarracenos?

En los siglos XV y XVI el mercantilismo económico trajo consigo el derrumbe del corporativismo y los gremios —que antaño posibilitaban la educación, producción y comercialización de los bienes de consumo—, impuso la racionalización de los procesos de producción —como planificación y contabilidad—, provocó la migración del campo a la ciudad, la aparición de condiciones inhumanas de vida (pobreza extrema), sueldos bajos, desempleo, aumento de los precios y bancarrota de las empresas. Todo esto delineaba un perfil borroso o insipiente de lo que más tarde (s. XIX) se llamaría “capitalismo”, y que marcaría el fin del feudalismo y daría lugar a una nueva era.

La revolución axiológica del manierismo

Imposible que estos cambios dejaran incólume a la sociedad y sus valores. El elemento transformador por excelencia fue la duda. Durante toda la Edad Media no hubo lugar para los escépticos, porque la verdad era Dios y se había revelado para conocimiento de los hombres. Y de la misma forma que para Aristóteles, también para la sabiduría cristiana el conocimiento traía aparejado una actitud moral íntegra, y el conocimiento del logos o palabra divina era indispensable para la redención de los pecados. Por ello poner en duda el conocimiento significaba poner en duda la moral.

En toda la Edad Media la verdad apodíctica cristiana desterró a la duda escéptica. Sin embargo, con el desmoronamiento de la visión medieval del mundo, la revolución axiológica no se haría esperar y encarnaría en forma de duda de todo lo anteriormente aceptado y conocido. A esta revolución de los valores se le conoce como manierismo, y su principal representante fue Michel de Montaigne, porque introdujo con sus Ensayos el escepticismo pirrónico de Sexto Empírico.

Es interesante ver cómo el manierismo, un movimiento artístico, patrocinó el escepticismo. Si bien el concepto surgió en el arte para calificar la emulación de los grandes maestros, con el tiempo refirió a la personalidad artística de cada “imitador”. Desde Tiziano al Greco, la repetición de temas y técnicas derivó en la expresión caprichosa, exagerada o distorsionada de perspectivas, proporciones y posturas.

De esta forma, el manierismo —“pintar a la manera de…”— se alejó del modelo que le diera vida y unidad, rompiendo el paradigma e incurriendo en un relativismo de perspectivas y valores. ¿Qué es la belleza, la proporción aurea o idónea? ¡Ninguna!, y habrá tantas concepciones válidas como artistas; por eso no es de asombrar que irrumpan en el seno del arte creaciones escatológicas, eróticas o incluso pornográficas —como el Decamerón, los Cuentos de Canterbury o, más tarde, Gargantúa y Pantagruel— con igual derecho de ser consideradas artísticas

Conclusión

La acumulación de cambios y transformaciones en los distintos ámbitos prepararon el advenimiento de un movimiento religioso de reformación como nunca antes se había visto en Occidente.

Si bien desde el principio de su existencia la iglesia cristina tuvo dificultades con sus detractores (tiempo de los Apologetas), acrecentó sus disensiones frente a otras posturas e interpretaciones en la medida en que definió su doctrina (gracias a los concilios, padres y después los doctores de la Iglesia).

Martín Lutero no dijo nada para reformar la moral de la iglesia que no estuviera ya contenido en la reforma de Gregorio Magno (en el s. VI) o Gregorio VII (en el s. XI) o en el espíritu de los franciscanos (en el s. XIII). Su éxito deriva de un sistema complejo de factores, donde es difícil destacar uno por encima de otro.


Formación electrónica: Yuri López Bustillos, BJV
Incorporación a la plataforma OJS, Revistas del IIJ: Ilayali G. Labrada Gutiérrez

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