200 años de Frankenstein1

Publicado el 23 de enero de 2018


Luis de la Barreda Solórzano

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas y
y coordinador del Programa Universitario de Derechos Humanos, UNAM,
lbarreda@unam.mx

Es impresionante el impacto que durante sus 200 años ha causado la novela Frankenstein, de Mary Shelley. Google registra 600 millones de resultados para la búsqueda de la palabra que da título a la obra. Se han hecho más de 300 ediciones de la novela original, 650 adaptaciones gráficas, unas 150 versiones o parodias, cerca de 100 películas —conmovedora la de James Whale de 1931,con Boris Karloff— y alrededor de 90 adaptaciones teatrales.

La palabra Frankenstein se utiliza frecuentemente en referencia a experimentos científicos de dudosa solvencia ética, riesgos que pueden derivarse de la aplicación imprudente de la ciencia o la tecnología o posibles consecuencias funestas de ciertas prácticas de laboratorio.

La popularidad de la obra comenzó con las primeras adaptaciones teatrales. La primera tuvo lugar en la English Opera House, en 1923. Cinco escenificaciones distintas se montaron en un par de años en París, Berlín y Nueva York. La joven autora ––tenía apenas 20 años cuando empezó a escribir la novela–– seguramente jamás sospechó que su obra tendría esa trascendencia. ¿A qué se debe tal éxito? Frankenstein es un relato en el que encontramos terror, ciencia ficción, una exploración profunda de aspectos inquietantes y misteriosos de la naturaleza humana y, sobre todo, el afán de prolongar la vida más allá de su ciclo natural.

Se horrorizan todos los que tienen algún encuentro con la Criatura —a la que también llamamos Frankenstein, como un hijo que hereda el nombre del padre—, pero ésta se sobrecoge al verse rechazada antes de que se le pueda reprochar conducta alguna. La ética proclama que lo que da valor a un ser es su comportamiento. Sin embargo, el puro aspecto físico, la sola apariencia, es apta para suscitar tanto la más ferviente atracción como el repudio más vehemente.

La Criatura es monstruosa y eso es suficiente para que nadie la quiera, para que se le hostigue y se le persiga. No es propiamente un ser humano, pero siente como todos los humanos, y eso lo emparenta con nosotros. No puede aceptar que nadie, ni su creador, le tenga una pizca de simpatía, lo cual es insoportable para cualquiera. Eso es lo que la lleva a cometer fechorías.

La Criatura no pide hospitalidad universal. Se conforma con que alguien le brinde compañía afectuosa. ¿Quién no quiere eso y cuántos nunca lo encuentran? Desespera por su aislamiento y ruega: “Creador mío, hazme feliz; dame la oportunidad de tener que agradecer un acto bueno para conmigo; déjame comprobar que inspiro la simpatía de algún ser humano; no me niegues lo que te pido”.

Esa súplica es desgarradora. La condena a ser objeto de repugnancia generalizada y a la soledad sin paréntesis es una tortura que sólo pueden aliviar la amistad y la ternura femeninas, aunque la mujer anhelada tampoco sea propiamente un ser humano. Aunque lo sería tanto como la Criatura misma en un punto esencial: tendría sentimientos y, por tanto, sería capaz de sentir empatía y afecto —¿o incluso amor?— por su compañero.

La Criatura es producto del sueño obsesivo de un científico que, en su delirio, no hace una pausa reflexiva en el proceso de creación para preguntarse ¿y esto para qué? La creación de un ser que siente, es decir, con alma, es una facultad exclusiva de los dioses o la naturaleza. El hombre que se propone invadir esa atribución quiere ser un dios y paga su soberbia a un precio altísimo.

Víctor Frankenstein logra su objetivo de fabricar una criatura —que vive, piensa y siente— cosiendo pedazos de cadáveres. A partir de entonces no cesa su irremediable tormento de conciencia. Sabe que ha cruzado una frontera peligrosa, que ha incursionado a un territorio que debiera ser inviolable para todos. No todo lo que la ciencia y la tecnología pueden hacer es válido. Una y otra deben estar al servicio del ser humano y no ser utilizadas para satisfacer vanidades caprichosas.

Además, nadie tiene derecho a traer al mundo a un ser condenado a la infelicidad. Se habla del derecho de la mujer o de la pareja a decidir sin presiones sobre si tener o no un hijo. Correcto. Pero también debe reconocerse el derecho de un ser a nacer del amor y el deseo, con posibilidades de llevar una buena vida.


NOTAS:
1 Se reproduce con autorización de el autor, publicado en Excélsior, el 18 de enero de 2018.


Formación electrónica: Yuri López Bustillos, BJV
Incorporación a la plataforma OJS, Revistas del IIJ: Ilayali G. Labrada Gutiérrez

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