La violencia no es exclusiva de género

Publicado el 26 de febrero de 2018

María Guadalupe San Martín Lima
Licenciada en Derecho, especialidad Género y Derecho,
Universidad Juárez Autónoma de Tabasco
mgsm_lima@hotmail.com

I. INTRODUCCIÓN

La finalidad de este artículo es la sintonización de los argumentos que dicen que la violencia es exclusiva de un solo género. El tema de violencia de género ha sido muy debatido, tanto que en los últimos meses se han dado destacadas manifestaciones en el país. En este caso nuestra postura es que la violencia no se propicia hacia un sólo género, para ello podemos partir con la definición de violencia de genero emitida por la ONU en 1995: “Todo acto de violencia sexista que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psíquico, incluidas las amenazas, la coerción o privación arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o privada”. Podemos mencionar que en este marco se conceptualiza la violencia como la coacción ejercida sobre una persona, y cuando hablamos de persona nos referimos tanto a hombres como mujeres, es decir no excluye a un sólo género, esta coacción obliga a ejecutar un acto determinado. En la segunda parte señalaremos como el androcentrismo, es una postura radical que está siendo una herramienta de visibilización femenina, ya que practica la discriminación hacia la mujer, teniendo el patriarcado como eje central, señalaremos solo el caso mexicano porque de hacer un repaso sobre la situación en otros países, el artículo cobraría otra naturaleza más extensa. Como parte final señalaremos una postura más, la cual hace oposición, teniendo como nombre ginocentrismo, utilizado como un mecanismo de defensa contra la violencia hacia la mujer. Tomándolo así como una forma específica de sexismo, en el que al hombre se denomina a menudo inferior.

II. ANDROCENTRISMO COMO HERRAMIENTA DE VISIBILIZACIÓN FEMENINA

En este apartado hablaremos de que forma el androcentrismo se ha insertado como esa herramienta de visibilización femenina. El androcentrismo remota en la forma en que el mundo visualiza al hombre y lo sitúa como centro de todas las cosas. Actualmente el androcentrismo está llevando consigo la invisibilidad de las mujeres y la aportación realizada por éstas.

La lucha de la mujer por querer gozar de iguales derechos que el varón viene desde tiempos inmemoriales, no obstante, la invisibilización de esta lucha crea una visión androcentrista de la historia. Los avances, no son innegables y si importantes pero no han sido suficientes para salvar esa brecha de género, ese mal que determina que hombres y mujeres nos ubiquemos en orillas distintas y no tengamos un acceso parejo a los recursos y oportunidades; y, que la participación femenina se limite más a lo doméstico y se “escancie” en el ámbito tanto público como privado.

Esta limitación pasa por lo económico, tecnológico, educativo y político, entre otros, tiene generalmente un origen cultural, por lo que, mientras en la sociedad subsista un sistema sexo-género por el que se asocia al sexo reproductivo un conjunto de valores, creencias y actitudes, subsistirán constructos como estereotipos y roles diferenciados y, subsistirá, por lo tanto, la discriminación en su variado abanico de manifestaciones.

Remontándonos un poco a la historia en el siglo XVIII del ascenso de la burguesía europea al poder, al saber y a la riqueza cuando derrocaron a la nobleza, fue un claro ejemplo que al declarar los derechos del hombre y del ciudadano, las mujeres quedaron excluidas de este acontecimiento, considerado un avance político. Lo que nos hace pensar que desde entonces salió a luces la postura androcéntrica.

La Revolución Francesa se basó en los principios de libertad, igualdad y fraternidad para todos los ciudadanos, tomando el término ciudadano como referencia al andros aristotélico, que excluía a las mujeres del colectivo de derecho, por lo que no avanzó la burguesía en su conjunto, eran sólo sus varones; las mujeres de la burguesía, aunque participaron de igual modo en la revolución no tuvieron derechos políticos, educativos ni económicos hasta muy entrada el siglo XIX, en ese momento, mientras los hombres comenzaron a asistir a las asambleas, las mujeres debieron regresar a sus hogares con los mismos roles, el trabajo en el hogar y el cuidado de sus hijos e hijas. Fue hasta que en 1791, la autora Olimpia de Gouges redactó y publicó la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, denunciando la exclusión de la mujer de los derechos y libertades dentro de la revolución luego de haber mantenido durante la misma, una participación activa.

La forma de actuar y de pensar de esta autora durante el periodo de mandatos altamente machistas provocó que terminara ejecutada en el periodo de la dictadura jocobina. Como algo contraproducente a lo ya mencionado, el Código Civil napoleónico, negó a las mujeres los derechos civiles reconocidos para los hombres, e impuso leyes recriminatorias, según las cuales el hogar era definido como el ámbito exclusivo de la actuación femenina.

Según Moreno Sardá las causas profundas y la razón histórica que habría que analizarse a más profundidad son las siguientes:

    1. En primer lugar, la asimilación por parte de las mujeres de estos conocimientos valorados como superiores, hasta ahora patrimonio de los varones hegemónicos (¿En qué medida esto se produce en detrimento de otras formas de conocimiento, no por no-hegemónicas, menos humanas?, es ésta una pregunta que, al menos, hay que hacer). Al igual que los hombres, las mujeres que hemos pasado por el sistema escolar, en sus distintos niveles, hemos asimilado los conocimientos que en él se imparten, y hemos aceptado que el pensamiento lógico-científico es una forma superior de conocer la realidad, que nos acerca más a la “verdad”.

    2. Sin embargo, recientemente se ha iniciado un proceso de interrogación por la ausencia de las mujeres en todo aquello que hemos estudiado y asimilado y que, a nuestra vez, explicamos en las aulas. Entre las mujeres que nos dedicamos a la docencia ha surgido, en los últimos años, una inquietud por el silencio que las distintas ramas de la ciencia, en especial las ciencias humanas, guardan sobre nuestra realidad pasada y presente (excepto, claro, casos excepcionales que confirman la regla). Y, poco a poco, ha empezado a cundir la duda de si el silencio que se cierne sobre la mujer no afectará, en su raíz, a la elaboración del pensamiento lógico-científico, o, al menos, en qué medida puede haberla afectado.1

Regresando a la actualidad, esa utopía androcéntrica del hombre provoca en todo momento un acto discriminatorio por razón de sexo. Aunque el androcentrismo ha estado decayendo desde finales del siglo XX, y ya en el XXI, va en franca decadencia; aún se encuentran pensamientos de que existe una subordinación de la mujer al hombre. Si bien es cierto que ya se acepta cierta igualdad de género en derechos y deberes, esto no elimina el androcentrismo social, cultural, ni religioso.

Ante este problema evidente hay distintas posturas. La mayoría de las personas intelectuales y no intelectuales ignoran el que esta forma sexista aún sigue repercutiendo en todos los ámbitos de la sociedad. Ya que el androcentrismo sigue generalizando un pensamiento masculino pues se engancha como parámetro de estudio y análisis de la realidad, produciendo así profundamente relaciones de poder.

En breve, el androcentrismo como ideología sexista estigmatiza a mujeres y hombres que no correspondan con los estereotipos que rigen el "deber ser", según su sexo. Pese a la aprobación de leyes severas para frenar las agresiones a mujeres, éstas no disminuyen en nuestro país. La ONU consideró que las cifras de este delito están tomando una magnitud alarmante, y es devastador ver que dos de cada tres mujeres asesinadas mueren a causa de su género.

Destacando datos recientes en los que podemos seguir percibiendo la postura androcentrista, se da cuenta de que:

En México, el promedio nacional de mujeres que han sufrido violencia es de 66.1%. Esto se traduce en que 30.7 millones de mujeres han padecido al menos un incidente de violencia emocional, económica o física.

Las entidades que están por arriba de la media nacional son: la Ciudad de México, donde el 79.8% de las mujeres ha sufrido algún tipo de violencia; el Estado de México con el 75.3%; en Jalisco la han sufrido el 74.1%; en Aguascalientes 73.3% y en Querétaro el 71.2%.

Para enfrentar el problema, Naciones Unidas recomienda robustecer las instituciones, dar continuidad a las políticas públicas que combatan la violencia y que empoderen a la mujer; asignar mayores recursos para ponerlos en marcha. También pide cambiar los “patrones culturales patriarcales” que, basados en tradiciones y creencias religiosas, “están fundados en las relaciones de desigualdad e inequidad entre hombres y mujeres”.

III. GINOCENTRISMO COMO MECANISMO DE DEFENSA CONTRA EL ANDROCENTRISMO

En este apartado examinaremos que un mecanismo para la defensa contra el androcentrismo es el ginocentrismo, ya que es una forma específica de sexismo, en el que al hombre se le denomina a menudo inferior. Implícitamente se establece el ser humano como mujer y el punto de vista femenino como la universalmente válida.

Enfocándonos a los elementos existentes, hoy en día, dentro de la cultura ginocéntrica, se remontan prácticas que se suscitaron en la sociedad medieval, tales como el feudalismo y la caballería, dichas prácticas se continúan dando en la sociedad contemporánea solo que de forma muy sutil.

Peter Wright se refiere a dichos patrones ginocéntricos como constituyentes de “feudalismo sexual”, como lo confirman escritoras como Lucrezia Marinella, quien en 1600 relató que las mujeres de clases socioeconómicas bajas eran tratadas como superiores por hombres que actuaban como sirvientes o bestias hechas para servirles. Modesta Pozzo en 1590 escribió:

“¿No vemos acaso que la tarea legítima de los hombres es ir a trabajar hasta el agotamiento tratando de acumular riqueza, como si fueran nuestros agentes o representantes, de tal manera que nosotras permanezcamos en casa como señoras de la heredad dirigiendo su trabajo y disfrutando de las ganancias de su labor? Esa, si lo quieren así, es la razón por la que los hombres son por naturaleza más fuerte y robustos que nosotras –ellos necesitan serlo, de tal manera que puedan soportar el pesado trabajo que deben padecer a nuestro servicio.”

Podríamos decir claramente que en la actualidad lo que conocemos como ginocentrismo fue inventado en la edad media, con las posibles prácticas de caballerosidad romántica y el amor cortés. En la Europa del siglo XII, el feudalismo servía como base de un nuevo tipo de amor en el que los hombres jugaban el papel de vasallos de las mujeres, que a su vez jugaban el papel de un “señor idealizado”.

La palabra o término ginocentrismo ha estado desde el año 1800, y tenía por definición general “centrarse en las mujeres; preocuparse exclusivamente por las mujeres”. Con esta definición podemos observar que el ginocentrismo puede estarse refiriendo a cualquier práctica centrada exclusivamente en el género femenino o bien llevar lo ginocéntrico a un sólo individuo. Cuando un acto ginocéntrico se institucionaliza en una cultura como la nuestra en detrimento de otro acto, estaremos presentes ante una costumbre hegemónica, lo que quiere decir que estaríamos ante una costumbre plenamente racional de elevar a las mujeres como poder en relación con lo masculino.

El autor de Teoría Ginocéntrica, Adam Kostakis, ha intentado expandir la definición de ginocentrismo para referirse al “sacrificio masculino para el beneficio de las mujeres” y “la diferencia de los hombres hacia las mujeres”, y concluye:

“El ginocentrismo, ya sea que lleve el nombre de honor, nobleza, caballerosidad, o feminismo, no ha cambiado en su esencia. Continúa siendo un deber particularmente masculino el ayudar a las mujeres a subirse a los botes salvavidas, mientras los hombres se enfrentan a una muerte segura y helada”

Podríamos estar de acuerdo hasta cierto punto con lo que describe Kostakis con lo de un deber masculino sumiso, sin embargo, la cultura ginocentrica que adopta la sociedad instituye reglas para relaciones de género que beneficien exclusivamente a la mujeres a expensa de los hombres a lo largo de un amplio rango.

En nuestra actualidad encontramos el ginocentrismo como la práctica del sacrificio masculino forzado, a beneficio pleno de las mujeres. Para ello debemos mirar hacia atrás e interrogarnos si los sacrificios masculinos siempre fueron llevados a cabo por las mujeres o se hicieron por otra causa. La prescindibilidad masculina estrictamente “en beneficio de las mujeres” comienza de manera notable en Europa después del advenimiento de la revolución de género del siglo XII. De ese periodo en adelante, las prácticas ginocéntricas crecieron exponencialmente, culminando en las demandas del feminismo actual. En resumen, el ginocentrismo era un fenómeno aislado antes de la Edad Media, después, se volvió algo ubicuo.

En la Ley General para la Igualdad entre Mujeres y Hombres, en su artículo 1o. establece:

“La presente Ley tiene por objeto regular y garantizar la igualdad de oportunidades y de trato entre mujeres y hombres, proponer los lineamientos y mecanismos institucionales que orienten a la Nación hacia el cumplimiento de la igualdad sustantiva en los ámbitos público y privado, promoviendo el empoderamiento de las mujeres y la lucha contra toda discriminación basada en el sexo. Sus disposiciones son de orden público e interés social y de observancia general en todo el Territorio Nacional”.

La Convención Interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer (Convención de Belem Do Pará), define la violencia contra la mujer como:

“Cualquier acción o conducta, basada en su género, que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la mujer, tanto en el ámbito público como en el privado y puede suceder en la familia, centros de trabajo, escuelas, instituciones de salud, en la calle o en cualquier otro lugar”.

El artículo 1o. de la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Naciones Unidas, 1994, la define como “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública o privada”.

Como dato peculiar podemos mencionar que cifras del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (Inegi) indican que en 2015 se registraron 20,762 muertes por homicidio en el país, de las cuales 18,293 fueron de hombres, 2,383 de mujeres y 86 más no fueron especificadas.

Los últimos datos de este instituto precisan que hace dos años, las entidades con más homicidios contra varones son el Estado de México, con 2,274; Guerrero, con 2,191; Chihuahua, con 1,394; Jalisco, con 1,082 y Sinaloa, con 1,040.

Para derrotar al ginocentrismo debemos ponernos a trabajar durante las siguientes generaciones para crear una sociedad donde ninguna ley proteja a las mujeres de manera diferente que a los hombres.

Debemos señalar aquellos comportamientos de la mujer en nuestra sociedad que beneficien a la mujer a costa del hombre, o que ofrezcan cualquier tipo de protección y salvaguarda a la mujer, y no al hombre. Debemos entender que las mujeres reclaman instintivamente sentirse desprotegidas, descuidadas, amenazadas, para provocar que los hombres acudan en su ayuda, dando igual que su ayuda venga en forma de una erección, una ley o un decreto.

IV. CONCLUSIÓN

Después de este pequeño análisis es posible afirmar antes que nada que la violencia, nos remite desde la etiología de la palabra al concepto de fuerza, y uso de la fuerza se relaciona con el concepto de poder.

Históricamente la violencia siempre ha sido un medio para hacer ejercicio del poder, relacionada con el predominio a través de la fuerza. Por tal motivo, podemos entender por violencia a cualquier manifestación de abuso físico y/o psicológico que se lleve a cabo en relaciones desiguales de poder. Una conducta violenta siempre alude a una lucha de poderes y el daño se manifiesta tanto a nivel físico (el más evidente), psíquico o emocional.

La violencia está vinculada a la desigual distribución del poder y a las relaciones asimétricas que se establecen entre varones y mujeres en nuestra sociedad, las que perpetúan la desvalorización de lo femenino y su subordinación a lo masculino. Lo que diferencia a este tipo de violencia de otras formas de agresión y coerción es que el factor de riesgo o vulnerabilidad es el sólo hecho de ser mujer u hombre. Constituye un atentado contra el derecho a la vida, a la seguridad, a la dignidad y a la integridad física y psíquica de las mujeres y hombres. La desigual distribución de poder, inherente al desempeño de los roles de género, así como la manera estereotipada de asumir el género femenino y el masculino resultan significativas a la hora de hablar de violencia de género.

La violencia de género se ha vuelto frecuente en la sociedad y afecta la calidad y modo de vida en las mujeres y hombres, ya que vemos con frecuencia en los medios de comunicación, cómo la mujer, y actualmente el hombre, padece este problema, dado que ambos ocupan un rol fundamental en la sociedad.

Los orígenes de la violencia de género se encuentran en el uso de valores y actitudes sexistas, en las creencias estereotipadas y en las relaciones de desigualdad que se dan en la sociedad despreciando y desvalorizando a las mujeres, y ahora también a los hombres.

México es un país en el que hay un alto índice de violencia, contra las mujeres y los hombres, y sus números son imprescindibles, ya que el 88 por ciento de los homicidios registrados en 2015 fueron cometidos contra varones; sin embargo, uno de los principales problemas de esto es que se ha normalizado.

No basta que existan leyes que protejan a hombres y mujeres si no se orienta fundamentalmente a las generaciones jóvenes. Niños y niñas deberían ser educados en igualdad con la intención de que construyan unas pautas de comportamiento, creencias y actitudes que mejoren su empoderamiento e independencia personal y las actuales relaciones entre mujeres y hombres, y que, por tanto, eviten la violencia de género. A pesar de haberse producido avances en materia de igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres en las últimas décadas, pervive un modelo social basado en la adjudicación de roles diferenciados en función del sexo.

V. BIBLIOGRAFÍA

  • Amorós, Celia, Feminismo. Igualdad y Diferencia, México, UNAM, 2001.
  • Bengoechea, Mercedes, “Nombra en femenino y en masculino: Sugerencias para un uso no sexista del lenguaje en los medios de comunicación”, en Garrido Medina, J. (ed.), La lengua y los medios de comunicación, tomo I, 267-81, Madrid, Universidad Complutense, 1999.
  • Bourdieu, Pierre., Espacio social y génesis de las clases en sociología y cultura, México, Grijalbo, 1990.
  • Facio, Alda, “Sexismo en los Derechos Humanos”, Observatorio J y G, consultado el 14 de marzo de 2014.
  • González Vázquez, Araceli. “Los conceptos de patriarcado y androcentrismo en el estudio sociológico y antropológico de las sociedades de mayoría musulmana”, Laboratoire d’Anthropologie Sociale, College de France, disponible en: https://ddd.uab.cat/pub/papers/papers_a2013m7-9v98n3/papers_a2013m7-9v98n3p489.pdf
  • Jáquez, Mariela, “La presencia y participación de la mujer a lo largo del desarrollo de la humanidad”, Justicia Global, consultado el 14 de marzo de 2014.
  • Moreno Sardá, Amparo, “Aproximación al problema del androcentrismo en el discurso histórico”, consultado el 7 de marzo de 2014.

NOTAS:
1. Moreno Sardá, Amparo. “Aproximación al problema del androcentrismo en el discurso histórico”, consultado el 7 de marzo de 2014.




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