De la uniformidad a la individualización

Publicado el 2 de marzo de 2018

Juan Carlos Fernández Canales
Estudiante de la Maestría en Derecho de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí,
juancarlosfernandezcanales@gmail.com

Hasta antes de la llegada de la revolución industrial, a la forma y costumbres en que se desarrollaba la sociedad se le denominó como la etapa tradicional, en la que imperó la uniformidad de creencias y costumbres y el individuo desarrollaba su individualismo pero dentro de dicha uniformidad, lo que hacía que avanzaran a la par, en beneficio de la colectividad.

Posteriormente con la industrialización se inició “la modernidad” en la que la uniformidad de creencias como la religión y la tradición, fueron superadas por la ciencia, la eficiencia y el individuo en su individualidad y no como parte de un grupo, de tal forma que, al no funcionar la estructura tradicional de reglas de organización, se creó lo que se denominó anomia, es decir, la ausencia de normas que pusieran límites de comportamiento al sujeto como miembro de la sociedad.

Ahora bien, si tomamos en cuenta que en una sociedad siempre existen los que definen las formas de actuación y los que las obedecen, tendríamos que en la organización tradicional, las reglas que imponían los dominantes era específicas, con catálogos de conductas de hacer y de no hacer, al menos a la vista de la comunidad, que permitían la convivencia pacífica, además, al estar el mismo grupo al tanto de la actuación de los demás se prevenían conductas desviadas o antisociales, lo que no quiere decir que la forma de organización era infalible, pues siempre existen márgenes de error.

Ahora, en la actualidad o lo que se ha llamado la posmodernidad y algunos más la sociedad liquida o dúctil, las formas de actuación que envían los dominantes no se encuentran como catálogos de conductas, sino se emiten de manera subliminal, haciendo creer al sujeto que es libre para hacer con su vida lo que mejor le parezca, porque desde el momento que es un ser humano tiene derechos inherentes a su persona, luego entonces, no tiene que rendir cuentas a nadie y menos a un ser superior al que no puede ver, pero que en la forma tradicional era el que le ponía frenos a todos sus deseos, egoísmos y sueños de oprimir a los demás miembros de la sociedad, porque el miedo a ser castigado por ese ser, hacían que se contuviera.

A la par de lo anterior, se bombardea al sujeto con ideas de que la felicidad no te la da el ser supremo sino el poseer y satisfacer todas las necesidades materiales, carnales etc.; para ello, se le muestra todo tipo de bienes, con los que alcanzará esa felicidad, así, sólo tiene que desempeñar los empleos que se encuentran en la sociedad, algunos de los cuales será ser el flagelo de los demás sujetos que tienen una jerarquía social menor, o simplemente trabajar de manera que sea explotado, para tener los satisfactores que de forma oculta le hicieron creer que le darían la felicidad, cuando por fin puede comprar uno de esos bienes para obtener su pedazo de bienestar, resulta que en un corto plazo ya es inservible o existe un nuevo modelo que hace que la felicidad adquirida sea precaria.

En ese sentido es necesario replantear la actuación actual del sujeto en la sociedad, desechando lo superfluo y dando prioridad a lo que no tiene valor material, además, se debe retomar lo que en la uniformidad fue positivo para la convivencia pacífica y el desarrollo del individuo dentro de la colectividad.


Formación electrónica: Yuri López Bustillos, BJV
Incorporación a la plataforma OJS, Revistas del IIJ: Ilayali G. Labrada Gutiérrez

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