La “suerte” de ¿no haber sido violentada?

Publicado el 9 de abril de 2019

Wendy Vanesa Rocha Cacho
Académica, Jefa del Departamento de Publicaciones del Instituto de
Investigaciones Jurídicas, UNAM, ORCID: 0000-0002-7864-3677
emailwenrocha@unam.mx

Cada vez que lo pienso o reflexiono llego a la que pareciera una misma conclusión: definitivamente, el que pueda “presumir” el hecho de no haber sido violentada, al menos de la forma más común a la que se refiere el término, parece ser una cuestión de mera buena suerte.

Cuando miro hacia el pasado, como suele suceder luego de leer o mirar una noticia cada vez más común de un caso de feminicidio, acoso, abuso sexual, o de los distintos tipos de violencia hacia las mujeres —riesgos per se, es decir, aquellos que corremos por el hecho de ser mujeres— es que noto la buena fortuna que me ha acompañado en los diversos momentos de mi vida, partiendo de la niñez, y la muy buena suerte incluso en aquellos otros en que las decisiones tomadas pudieron tener una conclusión que pudo haber afectado para siempre mi vida y la de las personas que me rodean. Si bien quiero subrayar que de haber ocurrido esto último, es decir, que alguna de esas conclusiones hubiera ocurrido, no sería por mi culpa. Me explico: creo firmemente que las decisiones que te colocan en situaciones que califico como “de riesgo creado” no implican que se atribuya culpa, o sean imputables, al recipiendario de la conclusión. En otras palabras: el hecho de colocarte en un mayor riesgo no significa que “merezcas” esa conclusión; antes bien, las decisiones tomadas no deberían significar una situación de riesgo para nosotras.

Es en esta doble vertiente, situaciones de riesgo per se y situaciones de riesgo “creado”, como se hilvana el hilo de las historias que siguen.

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Remontándome a muchos años atrás, tuve la fortuna, que no tienen los niños de hoy, de una infancia en la que la diversión era jugar en las calles de nuestra colonia hasta altas horas de la noche y sin la supervisión que raya en lo obsesivo de los padres de ahora, justificada, sin duda. El fraccionamiento Santa Elena, ubicado entre San Mateo Atenco y Bulevar Aeropuerto, en el Estado de México, colinda con el parque industrial que albergaba, y que aún alberga, las fábricas de Productos de Maíz, Barcel, Bimbo y Nestlé, sólo separadas de nuestro hogar por la frontera que dibuja el Paseo Tollocan.

Al tratarse de una zona industrial, los ir y venir de trenes, camiones y tráileres de carga eran incesantes, día y noche. Quizá por nuestra inocencia, y la de nuestros padres, porque no había Internet ni redes sociales ni noticias —que ahora inundan los noticieros— de niños sustraídos o violentados, nunca nos sentimos en peligro. Visto en retrospectiva, cualquiera de nosotros, de 10 a 15 niños de entre 5 y 15 años de edad, que jugábamos casi a diario en la calle, pudo ser víctima de secuestro, violación, trata de personas y un largo etcétera de delitos por los que los niños y niñas viven ahora casi como prisioneros.

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A cinco casas de la nuestra vivía una pareja, Rebecca y Marcos. Para entonces yo era una pequeña de 4 o 5 años, por lo que no recuerdo exactamente cómo empezó aquello. Sólo sé que él era médico y que ambos deseaban con desesperación tener un hijo. Recuerdo también que pasaba muchas horas en su casa, me llevaban a las fiestas familiares, me hacían regalos, me alimentaban y acunaban. Llegaron incluso a proponerle a mis padres adoptarme legalmente. Aún los pienso con nostalgia y cariño por lo buenos y amorosos que fueron conmigo. Sin embargo, en cualquier momento las cosas pudieron ser diametralmente distintas: muchos niños y niñas han sido “robados” incluso a las pocas horas de haber llegado a este mundo; han sido abusados por sus padres, hermanos, tíos o vecinos; han sido encadenados o golpeados hasta la muerte [vienen a mi mente fotografías que un conferencista nos mostró a los asistentes a un congreso de medicina forense, en las que se podía mirar la imagen de un pequeño que, a modo de castigo, fue encerrado por sus padres en el congelador, y que luego de varias horas murió; o el del niño que había sido encadenado, desnudo, a un árbol y luego brutalmente azotado porque no paraba de llorar].

Definitivamente, la suerte estuvo de mi lado: no sólo era frágil y vulnerable por ser una niña (por la edad), sino por ser niñ“a” (de sexo femenino).

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En enero de 2012, unos días antes del aniversario de la “revolución egipcia”, que inició en la plaza Tahrir, en El Cairo, y por la cual, a la postre, fue derrocado y sometido a juicio el presidente Hosni Mubarak, iniciaba mi segundo viaje por dicho país. Con dos amigas y un amigo recorrimos el Nilo, desde Asuán hasta Luxor, y El Cairo. Luego de una semana en aquel país llegó el momento de dividirnos en parejas: una amiga y yo nos quedaríamos en Egipto por una semana más, en tanto que los dos restantes se embarcarían en una aventura europea. Nuestro plan, luego de la separación, era visitar Alejandría, ciudad en la que vivía Mohammed H., un joven de 22 años que en 2010, en nuestra primera visita a Egipto, había fungido como representante de nuestra agencia de viajes y con el que mantuve conversaciones por mensajería instantánea desde aquel año. Otro “amigo”, Mohammed D., a quien conocimos en las mismas circunstancias que a Mohammed H., nos guió y acompañó durante todo el viaje, incluyendo aquel a Alejandría.

Los cuatro abordamos el vehículo de Mohammed H. y emprendimos el viaje de poco más de 200 kilómetros, que tomó aproximadamente tres horas. Durante ese tiempo, al menos nosotras, nunca tuvimos idea de dónde nos encontrábamos exactamente.

Éramos dos mujeres solas, en un país extranjero convulsionado por la reciente “primavera árabe”, con dos hombres que apenas conocíamos. Para entonces, viajar en esas condiciones era sumamente arriesgado: en 2008, once turistas europeos, junto con sus guías egipcios, habían sido secuestrados y, por fortuna, liberados días después; en marzo de 2012, pocas semanas luego de nuestra partida, dos turistas brasileñas fueron secuestradas por un grupo de beduinos, cerca del Sinaí; con éste se contabilizaban tres secuestros de turistas en menos de un mes. Sin pasar por alto que cuando tomamos los autobuses turísticos de Asuán a Abu Simbel, a las 3:00 de la mañana, fuimos escoltados por caravanas policiacas durante buena parte del trayecto en virtud de que años atrás un grupo de terroristas había colocado explosivos en autobuses que recorrerían esa misma ruta, provocando la muerte de decenas de turistas. Lo curioso es que en ningún momento me sentí en peligro ni tuve miedo. Esa sensación de estrés, opresión en el pecho, nerviosismo y ganas de abandonar la misión no la experimenté en ningún momento; por el contrario, y paradójicamente, sólo se ha presentado cuando viajo al interior de mi propio país.

También fuimos afortunadas, sin duda, de no haber sido asesinadas en París, en Londres o en Madrid, lugares, estos últimos, que —al igual que Egipto— han sufrido cruentos ataques terroristas, o secuestradas por grupos fundamentalistas —como Al-Qaeda en aquel entonces o los incipientes grupos que después conformarían al ISIS— a cambio de favores políticos o por sumas exorbitantes de dinero que los secuestradores esperan que paguen los gobiernos nacionales de los secuestrados.

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En efecto, y por “suerte”, no he sido víctima de violencia… extrema. Pero sí recuerdo, y con mucha claridad, aunque no abundaré en ellos, los siguientes episodios:

· Mientras me transportaba en el Pumabus, dentro de Ciudad Universitaria, campus principal de la UNAM, un hombre se frotó contra mi cuerpo. Visto a la distancia, lo que más me molesta es que en aquel momento no supe qué hacer, era todavía muy joven.

· Luego de salir de clases de la Facultad de Derecho, mientras caminaba a plena luz del día y en compañía de dos amigas, un hombre que venía en contrasentido metió la mano por debajo de mi blusa para tocar mi pecho. Aun sigo sin entender la velocidad con la que aquello ocurrió, al grado de que, luego del asombro, cuando reaccioné y pude voltear para intentar distinguir al agresor, éste se había mezclado entre la multitud de estudiantes.

· En pleno centro de Coyoacán, un hombre, aprovechando que comenzaba a oscurecer, nos mostró, a un grupo de amigas y a mí, sus genitales mientras se masturbaba.

· También está el compañero de trabajo que creía que me halagaba, y por lo que se tomaba tanta libertad, cuando decía “qué bonitos ojos” mientras escudriñaba sin pudor, recato ni discreción el escote de mi blusa.

· Recuerdo la ocasión en la que de reojo vi a un hombre que se masturbaba fuera de la ventana de mi oficina, y que no dejó de hacerlo hasta que salí por ayuda. Lo que me sorprendió fue que para quienes acudieron a ayudar fue un episodio que causó más gracia que indignación.

· Que incluso en el ámbito académico en el que me desenvuelvo, muchos y muchas eligen llamarme “señorita”, en tanto que a los hombres, ¿por respeto?, los tratan de licenciados, maestros, doctores. Ello, sin importar que la placa que posa sobre la puerta de mi oficina dice “Lic.” (y que aún no me actualizan a “Mtra.”). Cuando esto pasa, casi siempre reflexiono: ¿No son capaces de concebir que las mujeres también podemos ser profesionistas?

· O la ocasión en que, luego de una fiesta, cuando me sentía indispuesta por haber bebido de más, un “amigo” intentaba abrazarme, besarme y recostarse a mi lado; lo único que acerté a hacer fue empujarlo repetidamente, pero no se detuvo. Por la oportuna intervención de una amiga el incidente no me convirtió en víctima de algún tipo de violencia extrema.

· El novio de una amiga, motivado por mi repetido rechazo a sus insinuaciones sexuales —mejor dicho, acoso— inició una virulenta “campaña” de desprestigio en mi contra. Lamentablemente, lo que es muy común en estos casos, decidí no contárselo a nadie, salvo a otra de mis amigas que notó mi incomodidad y desconcierto luego de los episodios de acoso.

· Viene a mi mente el día en que mi novio de aquel entonces, en uso del silogismo perfecto, me dijo: “si me engañas, te mato”. Quiero pensar que fue una mala “broma” o, simplemente, que no hubiera sido capaz…

· O la vez en la que una de mis parejas, cuando me encontraba en una reunión con amigos a eso de las 10 de la noche, me “pidiera” de forma sumamente imperativa que me fuera a mi casa porque “estas no son horas para que una señorita decente ande en la calle”, o su insistencia en que dejara de saludar a mis amigos de beso en la mejilla, porque “les das pie a otra cosa”.

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A pesar de ello, por más terrible que parezca, me siento “afortunada”. Fortuna de que los amigos y vecinos de mi infancia, muchos de ellos de mucha mayor edad que yo, no tuvieran “gusto” por las niñas; que mi padre no haya sido un abusador; que mis profesores, jefes y compañeros de escuela no me acosaran; que ninguno de mis novios hubiera tenido a bien golpearme…

Lamentablemente, no todas somos tan afortunadas. Amigas mías han sido acosadas, abusadas sexualmente, golpeadas por sus parejas, menospreciadas, humilladas, discriminadas, coaccionadas a interrumpir un embarazo... Tan sólo una de las historias, que merece un escrito aparte por las diversas formas de violencia vividas, es la de Juanita (que ha trabajado con nosotros efectuando labores del hogar), con más de 60 años de edad, quien presenció la golpiza que su padre dio a su madre, cuyas lesiones causarían, posteriormente, la muerte de ésta; que fue lanzada a la calle, siendo aún muy joven, cuando aquél contrajo nuevas nupcias; el secuestro y explotación laboral de que fue objeto por una de sus patronas; la violencia física sufrida a manos de su esposo, mismo que en una ocasión intentó venderla a otro hombre y en otra la apuntó con una escopeta, además de ser discriminada por su origen indígena, humilde y por ser analfabeta.

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En los distintos días, que se volvieron semanas, en que escribí estas líneas sostuve varias conversaciones con hombres muy cercanos a mí sobre los miedos que albergo por el hecho de ser mujer. El comentario que surgió en todas ellas, más tarde o más temprano, es “te estás volviendo paranoica”. Mi respuesta fue “simple”: para ustedes [los hombres] es difícil entendernos porque no lo viven a diario; por ejemplo, 1 para vestirse por las mañanas su criterio de selección de prendas depende del clima, de si van a salir en la noche, si tienen una cita, si el trabajo les exige cierta vestimenta, o en ocasiones es sencillamente una elección inconsciente o intrascendente … En nuestro caso no es así. Nuestra elección, por el contrario, obedece a otros factores: si nos trasladaremos en metro, en autobús, en taxi, en un vehículo propio o si caminaremos por la calle; de si iremos solas o acompañadas. De esa reflexión depende nuestra decisión de usar falda, vestido, pantalones justos u holgados o si nos “permitiremos” un escote, corto o pronunciado. Y ello porque no deseamos escuchar “halagos” (que en muchos casos se convierten en insultos), que nos miren insistente y lascivamente, que nos toquen de forma inapropiada, que nos persigan por la calle, que cada situación nos coloque en riesgo… No, no es paranoia, es la concientización sobre el alto grado de vulnerabilidad en el que nos encontramos las mujeres. Y por supuesto, como si ello no fuera suficiente, a estos temores hay que agregar aquellos provenientes de la delincuencia “común” que padecemos hombres y mujeres por igual: que nos asalten, nos secuestren o nos desaparezcan.

Por eso hemos debido, permítaseme la generalización, cambiar nuestros hábitos y auto coartar nuestras libertades. Así es como nos hemos debido adaptar para poder llevar una vida “normal”, para ir a la escuela, al trabajo, al cine, a conciertos… Pero también es cierto, y aquí “desgeneralizo”, que evito salir de noche (o muy noche), que no consumo alcohol (o en cantidades ínfimas), que evito ir a lugares que no conozco, que procuro salir a la calle acompañada, que no bajo el cristal del auto, que prefiero los estacionamientos controlados en lugar de estacionar en la calle, que cada vez que acudo a una reunión o una fiesta no puedo darme el “lujo” de permanecer allí hasta tarde, y que procuro que las reuniones con amigas sean almuerzos en lugar de cenas, entre tantas otras rutinas que he modificado para sentirme menos insegura. Y no, tener que hacer todo esto para protegerme no es normal, o al menos no debería serlo.

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Finalmente, me permito hacer una muy breve reflexión sobre la polémica que ha causado en los últimos días el movimiento #MeToo, en particular en lo relativo a las denuncias anónimas publicadas en las diversas plataformas de dicha iniciativa.

Es cierto —contesto a algunos comentarios que han surgido de las conversaciones que he sostenido al respecto—: una mujer despechada, celosa o rechazada sí, puede levantar denuncias falsas o mal-emplear los mecanismos con que contamos para nuestra defensa, incluyendo en casos extremos el mal uso del derecho penal, pero también lo es que un hombre despechado, celoso o rechazado difícilmente nos denuncia, más bien, en muchos casos, nos golpea, nos viola, nos “expone” 2 o nos asesina… Ahí radica la enorme diferencia de vulnerabilidades.

“¿Por qué las mujeres no denuncian «en su momento»?” es otra interrogante común a la que he intentado responder, a veces infructuosamente. No soy ni pretendo ser portavoz de las mujeres, ni podría serlo aunque quisiera porque cada una tiene razones y circunstancias propias. Sólo puedo hablar por mí y en singular: miedo a que no te crean, temor a las consecuencias, vergüenza, la alta probabilidad de que no pase nada, la enorme dificultad para conseguir pruebas (sobre todo en caso de violencia económica o psicológica), el no querer ser objeto de comentarios como “te lo buscaste”, “pues ¿qué esperabas que pasara?”, “¿por qué no hiciste nada para evitarlo?”, “¿qué le hiciste [para que te agrediera]?”, entre muchos otros que no tiene sentido repetir. En algunas ocasiones, incluso, por extraño que pueda parecer, y de nuevo generalizo, no decimos nada para no “quemar” o “perjudicar” al agresor, aun y cuando ellos no tuvieron esa misma consideración con nosotras.

Podría asegurar que, en mayor o menor medida, todas las mujeres tenemos al menos una historia de violencia sin contar. Creo que, a pesar de lo poco favorables que son las circunstancias, es importante que alcemos la voz, siempre con responsabilidad y valentía.

No es mi objetivo satanizar ni mucho menos generalizar. No sólo los hombres abusan, acosan, violan o matan. Las mujeres también ejercemos violencia contra los hombres y contra otras mujeres, y esto último es más común de lo que quisiéramos aceptar, lo que requeriría un escrito aparte.

Hombres y mujeres 3 no somos ni debemos ser enemigos. Sostengo firmemente que juntos podremos encontrar soluciones en las que todos estemos incluidos, con igualdad y equidad; podremos tender puentes de diálogo donde reconozcamos nuestras vulnerabilidades y actuemos en consecuencia. La meta, que se avizora aún muy lejana, es la búsqueda de una sociedad en la que el ser mujer no sea en sí mismo un riesgo permanente. El ideal, en fin, es que desaparezcan los #MeToo por la sencilla razón de que ya no sean necesarios.


NOTAS:
1 Justo un día antes de esta conversación había visto una entrevista hecha por Lydia Cacho a la actriz Sophie Alexander Katz, quien se refirió a este hecho, disponible en: https://youtu.be/QziiQIkmQY0.
2 Me refiero, particularmente, a la “sextorsión”, el sexting no consensuado y el grooming.
3 Me disculpo por mi forma “binaria” de escribir, pero no por ello desconozco o minimizo las violencias hacia otros grupos vulnerables, como la comunidad LGTBQ, por ejemplo.


Formación electrónica: Yuri López Bustillos, BJV
Incorporación a la plataforma OJS, Revistas del IIJ: Ilayali G. Labrada Gutiérrez

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