Literatura y derecho

Publicado el 6 de septiembrel de 2019

Hernán Alejandro Olano García
Institución Universitaria Colegios de Colombia, UNICOC
email hernanolano@gmail.com
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bloggerhernanolano.blogspot.com
inter https://www.hernanolano.org/

En la obra grande de l’enfant terrible, Julio Cortázar, cuya cara de niño, cuerpo de gigante, manos exageradas, ojos de ternero, separados y pegados cada uno a su sien, lo hacían un personaje particular, que sin lugar a duda vino a ser uno de los autores latinoamericanos más comprometidos con el ámbito social y político y un referente importante en el surrealismo.

“Las buenas inversiones”, que menciona los cronopios, pero no está incluido en “Historias de cronopios y de famas”; está en “Último round”, no obstante, la cita que él mismo hace en el primer párrafo del cuento, como quedó en un disco “Antología personal”, que grabó en 1970.

Para los abogados, en particular para los civilistas, “Las buenas inversiones”, encontramos un excelente ejercicio para las asignaturas bienes civiles y contratos civiles, incluso para derecho comercial en lo que tiene que ver con el contrato de hospedaje; a la responsabilidad extracontractual, al derecho de minas y petróleos; al derecho ambiental; al derecho notarial; al derecho financiero y a las normas municipales. realmente, este cuento es un caso para un preparatorio de derecho civil.

En cuestionario, que como profesor surge de la lectura del cuento y daría para largas sesiones de respuesta, podría ser el siguiente:

— ¿Existe derecho a la explotación de los recursos naturales (por el Estado, empresas concesionadas u otros) en terrenos que son de propiedad privada?

— ¿Resulta factible jurídicamente la venta de un metro cuadrado de tierra?

— Sobre el derecho de propiedad de un terreno: ¿se refiere exclusivamente a su superficie o, asimismo, al espacio aéreo y al subsuelo?

Pero también, en países como Colombia, donde el subsuelo es de la nación, esta afirmación del cuento nos deja perplejos, buscando el trasfondo de una respuesta: “…Usted parece ignorar que la propiedad de un terreno se extiende desde la superficie hasta el centro de la tierra. Calcule entonces. Nadie calcula, pero todos tienen como la visión de un pozo cuadrado que baja y baja y baja hasta no se sabe dónde…”.

Gómez quiere un metro cuadrado de tierra en el campo para estar consigo mismo y leer tranquilo, ¿todos somos los Gómez del cuento?

“Las Buenas Inversiones”, Julio Cortázar

Este breve cuento es en el fondo una historia de cronopios, sólo que aquí el cronopio tiene un nombre, sin hablar de un calentador Primus y otras cosas, se llama Las buenas inversiones.

Gómez es un hombre modesto y borroso que sólo le pide a la vida un pedacito bajo el sol, el diario con noticias exaltantes y un choclo hervido con poca sal, pero, eso sí, con bastante manteca. A nadie le puede extrañar entonces que apenas haya reunido la edad y el dinero suficientes este sujeto se traslade al campo, busque una región de colinas agradables y pueblecitos inocentes y se compre un metro cuadrado de tierra para estar lo que se dice en su casa. Esto del metro cuadrado puede parecer raro y lo sería en condiciones ordinarias, es decir, sin Gómez y sin Literio.

Como a Gómez no le interesa más que un pedacito de tierra donde instalar su reposera verde y sentarse a leer el diario y a hervir su choclo con ayuda de un calentador Primus, sería difícil que alguien le vendiera un metro cuadrado, porque, en realidad, nadie tiene un metro cuadrado sino muchísimos metros cuadrados, y vender un metro cuadrado en mitad o al extremo de los otros metros cuadrados plantea problemas de catastro, de convivencia, de impuestos y, además, es ridículo y no se hace, qué tanto. Y cuando Gómez, llevando la reposera con el Primus y los choclos empieza a desanimarse después de haber recorrido gran parte de los valles y las colinas, se descubre que Literio tiene entre dos terrenos justo un rincón que mide un metro cuadrado y que por hallarse entre dos solares comprados en épocas diferentes posee una especie de personalidad propia, aunque en apariencia no sea más que un montón de pasto con un cardo apuntando hacia el norte.

El notario y Literio se mueren de risa durante la firma de la escritura, pero dos días después, Gómez ya está instalado en su terreno en el que pasa todo el día leyendo y comiendo hasta que al atardecer regresa al hotel del pueblo donde tiene alquilada una buena habitación, porque Gómez será loco pero nada idiota, y eso hasta Literio y el notario están prontos a reconocer, con lo cual el verano en los valles va pasando agradablemente aunque de cuando en cuando hay turistas que han oído hablar del asunto y se asoman para mirar a Gómez leyendo en su reposera.

Una noche un turista venezolano se anima a preguntarle a Gómez por qué ha comprado solamente un metro cuadrado de tierra y para qué puede servir esa tierra, aparte de colocar la reposera, en tanto el turista venezolano, como los otros estupefactos contertulios, escuchan esta respuesta: Usted parece ignorar que la propiedad de un terreno se extiende desde de la superficie hasta el centro de la tierra: ¡Calcule entonces!- Nadie calcula, pero todos tienen la visión de un pozo cuadrado que baja, baja y baja hasta no se sabe dónde y de alguna manera eso parece más importante que cuando se tienen trece hectáreas y se tiene que imaginar un agujero de semejante superficie que baje, baje y baje. Por eso, cuando los ingenieros llegan tres semanas después, todo el mundo se da cuenta que el venezolano no se ha tragado la píldora y ha sospechado el secreto de Gómez, o sea, que en esta zona debe haber petróleo.

Literio es el primero en permitir que le arruinen sus campos de alfalfa y girasol con insensatas perforaciones que llenan la atmósfera de malsanos humos, los demás propietarios perforan noche y día en todas partes y hasta se da el caso de una pobre señora que, entre grandes lágrimas, tiene que correr la cama de tres generaciones de honestos labriegos, porque los ingenieros han localizado una zona neurálgica en el mismo medio del dormitorio. Gómez observa de lejos las operaciones, sin preocuparse mayor cosa, aunque el ruido de las máquinas lo distrae de las noticias del diario. Por supuesto, nadie le ha dicho algo sobre su terreno y él no es hombre curioso y sólo contesta cuando le hablan, por eso responde que no cuando el emisario del consorcio petrolero venezolano se confiesa vencido y va a verlo para que le venda el metro cuadrado, el emisario tiene órdenes de comprar a cualquier precio y empieza a mencionar cifras que suben a razón de cinco mil dólares por minuto, con lo cual al cabo de tres horas, Gómez pliega la reposera, guarda el Primus y el choclo en la valijita y firma un papel que lo convierte en el hombre más rico del país, siempre y cuando se encuentre petróleo en su terreno, cosa que ocurre justamente una semana más tarde, en forma de un chorro que deja empapada a la familia de Literio y a todas las gallinas de la zona.

Gómez, que está muy sorprendido, se vuelve a la ciudad donde comenzó su existencia y se compra un departamento en el piso más alto de un rascacielos, pues ahí hay una terraza a pleno sol para leer el diario y hervir el choclo sin que vengan a distraerlo venezolanos sabiesos ni gallinas tejidas de negro con la indignación que siempre manifiestan estos animales cuando se les rocía con petróleo bruto.


Formación electrónica: Yuri López Bustillos, BJV
Incorporación a la plataforma OJS, Revistas del IIJ: Ilayali G. Labrada Gutiérrez

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