Notas sobre el primer informe —o tercero— del presidente Andrés Manuel López Obrador

Publicado el 6 de septiembre de 2019

Víctor Manuel Rangel Cortés
Posdoctorante en la Facultad de Derecho, UNAM
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No recuerdo un informe de gobierno en México en donde el presidente diga que “Vamos mal”. Siempre se describen resultados positivos que sólo el titular del Ejecutivo Federal percibe. De ahí lugares mágicos como Foxilandia, Felipelandia, Peñalandía y, seguramente, AMLOlandia, y lo mismo sucederá con los que vengan.

Siempre es un día de circo. En los tiempos del PRI, el presidente asistía al Congreso de la Unión en una actitud imperial a pasarla bien. Luego el PRD, en ese entonces dirigido por López Obrador, y el PAN se encargaron de que el presidente sólo tenga la obligación de mandar a un intermediario para entregar el informe escrito. Algo que desde luego es un desprecio al pueblo de México porque es ahí en donde, en términos muy románticos, se encuentran nuestros representantes.

Así, lo que se puede esperar de un informe de gobierno es que se diga que todo va bien, vamos mejorando, todavía hay cosas por hacer. Difícilmente podemos esperar que se den otros datos.

No obstante, el nuevo gobierno de México ha traído una serie de acciones políticas que vale la pena comentar:

1. La llegada de la izquierda al poder ha sido turbulenta. Esto es lógico porque sí hay un cambio en los agentes políticos que ahora se encuentran en el gobierno. La clase política es la misma, pero se movieron las piezas y unas, por lo pronto, han quedado excluidas de la repartición de poder, tal es el caso del PAN.

La política es una especie de tablero de ajedrez en el que cada jugador tiene sus piezas. Luego del resultado electoral del año pasado quien más piezas tiene es el presidente. De tal forma que no tiene la necesidad de negociar con otros partidos, cómo sí sucedía en las administraciones pasadas. Misma situación con los órganos autónomos y la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Así, parte del primer año del nuevo gobierno se ha concentrado en acomodar a sus piezas en los lugares que necesita. Obviamente, esto genera malestar en los funcionarios que habían sido nombrados en administraciones anteriores.

Otro problema es que el presidente percibe que todas las políticas públicas anteriores son malas y corruptas. Desde luego que tiene razón. Históricamente, en México las políticas públicas son mal aplicadas y son hechas para beneficio de algún personaje; sin embargo, lo que sí se aprecia es falta de experiencia dentro de la gente que ahora tiene la responsabilidad de rediseñar esas acciones.

2. El nuevo gobierno vive en el pasado. Infortunadamente, una parte de la estrategia discursiva del presidente se ha centrado en culpar a los presidentes anteriores de los problemas que hoy mismo vive el país. En especial, su pleito con Fox y Calderón podría ser la escena principal de cualquier lavadero de la CDMX. Extrañamente, Enrique Peña no se encuentra tan involucrado en esta pelea.

En realidad, tiene razón en lo que dice. Nadie con un mínimo de sensatez podría esperar que los vicios de más de 70 años acaben en un año; sin embargo, transmite una necesidad de justificar un posible fracaso.

López Obrador debiera entender que la gente que votó por él, mucha por cierto, lo hizo porque tiene claro que los responsables del deterioro nacional son las administraciones pasadas y lo pusieron a él para diseñar y aplicar soluciones, no justificaciones.

Igualmente, se insiste en el fraude electoral de 2006. La realidad es que ya no es candidato ni nada por el estilo, es el actual titular del Ejecutivo Federal y le corresponde gobernar y escribir otra historia de aquí en adelante. Vivir en el pasado es estar, por decisión propia, atrapado en un espacio y tiempo que no permite avanzar.

Lo mismo sucede con los medios de comunicación. Es cierto que había prensa chayotera, pero eso no se resuelve con la construcción de nuevos medios chayoteros.

3. ¿Ya dejamos el neoliberalismo? Uno de los puntos importantes de la propuesta del presidente López Obrador es superar la ideología neoliberal. De hecho, un día, así como así, él mismo anunció el final de esa época en México; sin embargo, me parece que hay dos puntos importantes que no permiten decir que ya salimos de ahí:

a) En primer lugar, México tendría que dejar lo que antes era el TLCAN y no se hizo. Por el contrario, se renegoció con las condiciones que Estados Unidos impuso gracias a la actitud amenazante de Donald Trump.

b) En segundo lugar, habría que revertir el proceso privatizador de los bienes nacionales, lo cual nos llevaría al colapso de la economía porque México depende de la inversión extranjera. La Constitución conserva sus disposiciones neoliberales y no se vislumbra una modificación en ellas.

Así que todavía vivimos en el neoliberalismo y ahí seguiremos un rato más porque salirse sería caer en una trampa sin salida para el país.

4. En materia de seguridad pública vamos por la misma línea. Se ha avanzado en la militarización del país bajo el nombre de Guardia Nacional. La violencia va en aumento y parece imparable a corte plazo.

Ya se hicieron reformas y nuevas leyes para endurecer el derecho penal. Este tipo de política ya fue aplicada por los presidentes anteriores y, es evidente, no ha funcionado.

5. El presidente no es políticamente correcto. En México nos habíamos acostumbrado a que nos vieran la cara. Por ejemplo, veamos el caso de las licitaciones. Tradicionalmente, cuando se abre un procedimiento de este tipo ya se sabe quién lo va a ganar. Simplemente se hace para dotar de legalidad algo que en realidad debiera llamarse adjudicación directa. Hoy, López Obrador opta por ahorrarse el engaño del citado procedimiento y le otorga el contrato a quien él quiere.

Por un lado, qué bueno que no le vea la cara a la gente. Por otro, se trata de corregir el vicio no de hacerlo, así como si fuese asalto en despoblado.

6. El presidente no puede generar división. Aunque no ha sido el único, no es posible que López Obrador fomente divisiones entre fifís y chairos. Este es un error porque se marca la diferencia y el odio entre una clase social que se considera mejor que la otra.

Él gobierna para todos y no sólo unos cuantos.

7. Parece que el presidente tiene sed de venganza. En su discurso López Obrador y su bancada en el Congreso transmite la necesidad de vengar los atropellos a los que él y su partido fueron sometidos en el pasado.

Esto resulta peligroso porque entonces sus acciones no tienen como propósito mejorar las condiciones de vida de los mexicanos, sino combatir a sus adversarios políticos. Debe superar sus dolores y sus riñas, enfocarse en resolver aquello para lo que fue electo.


Formación electrónica: Yuri López Bustillos, BJV
Incorporación a la plataforma OJS, Revistas del IIJ: Ilayali G. Labrada Gutiérrez

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