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Las caras de la creatividad

Publicado el 18/08/2010 por Jorge Alberto González Galván, Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM.

Las biografías o autobiografías de los creadores nos suelen dar las pistas de sus procesos creativos. Gracias a historiadores, periodistas o a los mismos creadores, dichas referencias se hacen públicas. Sin embargo, excepcionalmente, son las parejas sentimentales quienes escriben sobre los creadores enriqueciendo la consulta de fuentes. Tenemos los casos de la compositora Alma Shindler Bergen quien nos dejó su testimonio sobre el proceso creativo del músico Gustav Mahler (Recuerdos de Gustav Mahler), y de la pintora Francoise Gilot sobre el de Pablo Picasso (Vivre avec Picasso).

El primer elemento a tomar en cuenta es el talento. Lo entiendo como un don, con algo que ya se tiene al nacer (o quizá desde antes, según el doctor Brian Weiss y su Teoría de vidas pasadas). La historia nos recuerda el caso de Mozart o el reciente del niño pintor de la Gran Bretaña cuyos trabajos se venden como pan caliente en el mundo del arte. El don del talento es el punto de partida que se debe cultivar al darse uno mismo cuenta o estimular si se tiene la fortuna de que alguien de nuestro entorno lo detecta: padres, familiares, amigos o profesores.

Gustav le decía a Alma, con otras palabras, que sin trabajo el talento no servía. El trabajo es el segundo elemento del proceso creativo. Una vez descubierta la capacidad para algo se debe estudiar, practicar, es decir, dedicarle tiempo a conocer la historia, las técnicas, los creadores y sus obras y, sobre todo, poner en práctica dicha habilidad de manera constante, organizada, con disciplina, tenacidad, esfuerzo, paciencia, libertad y gozo. Tenemos escritores que se imponen un horario para escribir aunque no tengan ideas previas, escribiendo se encontrará el tema, la historia. Picasso decía que sus obras eran el producto de una investigación, por ello solía borrar constantemente lo que hacía hasta encontrar algo interesante, nuevo, satisfactorio, es conocida su frase: “No busco, encuentro”.

Para Gustav Mahler su tiempo para componer era cuando no dirigía, cuando descansaba en sus veranos. Se aislaba en una parte de su casa de campo durante el día, combinando el trabajo con largas caminatas con su mujer. Las horas de creación para Picasso, en cambio, eran las de la noche, cuando el silencio reinaba.

De lo anterior se decanta que el proceso creativo se suele desarrollar en solitario, sin embargo, la observación del entorno es el estímulo principal para la creación. El creador deber ser una aspiradora de todo lo que ve, escucha, toca, degusta y huele. En sus espacios de soledad estos estímulos desencadenan ideas, historias: visuales, musicales, literarias.

Del mundo interior de los creadores sólo nos pueden hablar ellos mismos. Sin embargo, para los curiosos de esos mundos los creadores nos los traducen en sus obras y es en éstas donde debemos rastrearlos. Para el historiador o buscador de las emociones de un autor las obras son documentos biográficos imprescindibles. Con esta parte se cierra el círculo de la creación: es un proceso que inicia con el autor y termina con el lector, espectador, oyente, para que éste comience a su vez, si lo detecta, una obra creativa. Acércate a los museos, a las salas de concierto, a los libros, en ellos te encontrarás, búscate. HD

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