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¿Para qué queremos al Estado?
¿Podremos prescindir del Estado?

Publicado el 13/09/2010 por Ricardo Hernández Montes de Oca, Estudiante de la Maestría en Derecho, UNAM.

El Estado, nos dice Max Weber en Economía y sociedad, es (cito de memoria) aquella entidad que reclama para sí, con éxito, el monopolio legítimo de la violencia. Pero para qué nos sirve un ente violento, cuál es su función, por qué tiene el monopolio de la violencia, el cual además es legítimo, continua Weber: “Lo que actualmente estimamos como funciones básicas del Estado —el establecimiento del derecho (función legislativa), la protección de la seguridad personal y del orden público (policía), la defensa de los derechos adquiridos (justicia), el cuidado de los intereses higiénicos, pedagógicos, político-sociales y otros (las diferentes ramas de la administración) y especialmente la enérgica protección organizada dirigida hacia fuera (régimen militar)—”.

Pero por qué se le dieron al Estado todas estas funciones, para qué tener un ente capaz de usar legítimamente la fuerza. Creo que algunas respuestas nos la pueden dar las teorías contractualistas, empecemos con Hobbes, quien considera que el Estado y la necesidad de éste surgen cuando el hombre vive en el Estado natural, en Estado de naturaleza, pues considera que los hombres que se obstinen a vivir en Estado de naturaleza contradicen su propia esencia. Hobbes considera al hombre malo por naturaleza, dice que el hombre es el lobo del hombre, el hombre es un ser que se puede dejar llevar por sus pasiones, y es aquí donde entra la importancia de crear el Estado, pues los hombres edifican la sociedad humana en donde la ley y el orden establecido tendrán poder contra las pasiones, se trata de crear, de unirse en sociedad para conseguir seguridad, para frenar las pasiones y dejar de vivir todos contra todos.

Las pasiones y su conocimiento son muy importantes para Hobbes, pues con esto se podrá encontrar el orden en la vida social y la mejor forma del Estado.

Dice Hobbes: “La causa final, fin o designio de los hombres es el cuidado de su propia conservación y, por añadidura, el logro de una vida más armónica; es decir, el deseo de abandonar esa miserable condición de que guerra que, tal como hemos manifestado, es consecuencia necesaria de las pasiones naturales de los hombres, cuando no existe poder visible que los tenga a raya y los sujete, por temor al castigo, a la realización de sus pactos y a la observancia de las leyes de naturaleza [...]”.

La concepción del Estado Leviatán en Hobbes es muy clara, implica el tránsito del Estado de naturaleza en donde el hombre vive en la barbarie y en guerra de todos contra todos, sin nada de derecho, a un Estado creado y sostenido por el derecho, un Estado con poder para iniciarse y reformar su propia estructura. Así, para Hobbes el Estado no es otra cosa que la negación del Estado de naturaleza, se crea el Estado, se construye un mandato, y representantes, con poder para obrar en nombre y con el poder de todos, se trata, pues, de ceder gran parte de la soberanía individual al Estado, para tener la certeza de que éste nos protegerá, de que controlará nuestras pasiones y nos dará seguridad.

Otro distinguido contractualista es Rousseau, quien en El contrato social se opuso al racionalismo que plateaba la Ilustración, pues decía que “un hombre que piensa es un animal depravado”, sostiene que el hombre nace libre pero vive entre cadenas, aquí surge la idea del convencionalismo, pues sostiene que el orden social es una convención. Dice que la única sociedad natural es la familia, y que esta subsiste mientras los hijos necesitan de los padres, cuando esta necesidad termina la familia también termina, pero si subsiste será por una convención. Así, el modelo rousseauniano primigenio de sociedad política es la familia.

Rousseau considera que la naturaleza obliga a velar por su propia conservación y dice que “el más fuerte no lo es jamás bastante para ser siempre el amo o señor, si no se transforma su fuerza en derecho y la obediencia en deber”. Así, surge el contrato social, pues surgen obstáculos que impiden la conservación del Estado natural los cuales superan las fuerzas que cada individuo puede utilizar para mantenerse en él. Considera que el hombre nace igual y libre pero debe buscar asociarse para defender y proteger con su propia fuerza la persona y los bienes de todos los que se asociaron, y dice que para esto al unirse todos no se obedece sino a sí mismo y así permanece libre como antes. Con el contrato social el hombre de ser un “animal estúpido y limitado se convirtió en un ser inteligente, en hombre”, con el Estado social el hombre pasa a obedecer la razón y la ley, deja de lado los impulsos, sustituye los apetitos por la razón y a los impulsos por el deber.

Importante es mencionar que el contrato social se celebró entre miembros del cuerpo político del Estado, pero considera Rousseau que el gobierno no es un contrato, sino un empleo, y el pueblo podrá modificar o limitar el poder que delega en sus gobernantes en cualquier momento.

Posteriormente ya Rousseau entra a hablar, entre otras cosas, de las formas de gobierno, y eso ya queda fuera de los alcances de esta nota, pero no puedo dejar de lado esta excelente cita: “Si hubiera un pueblo de dioses se gobernaría democráticamente. Un gobierno tan perfecto no conviene a los hombres”.

Si bien con estas dos teorías contractualistas podemos observar cómo y por qué es que surgió ese ente al que llamamos Estado, las dudas siguen apareciendo: ¿Qué es el Estado? ¿Alguien lo conoce? ¿Lo han visto pasar? ¿Lo has saludado?

Resulta que el Estado es para muchos una ficción jurídica, o un ente abstracto, o una entidad intangible, entre otras cosas.

Pero en realidad nadie conoce al Estado, éste se percibe, pero es intagible, nadie lo conoce o lo ha visto pasar, pero todos sabemos que el Estado existe, que se creó, siguiendo las teorías contractualistas, algunas de las cuales hemos mencionamos, por medio de un contrato social, buscando protección, seguridad, certidumbre, o por la teoría que quieran, pero de que nos dimos, de que creamos al Estado, no hay duda ¿o sí?

Se creó aquel Leviatan, el que todo lo podía y todo lo controlaba, pero también se creó el Estado porque necesitábamos reglas, orden, e incluso identidad.

Pero ahora que las funciones del Estado han cambiado ¿resulta pertinente preguntarse si necesitamos al Estado? Creo que esta pregunta nunca será pertinente, me explico a continuación.

Para Aristóteles el hombre es un animal político, un animal sociable, y es así porque es el único capaz de vivir en sociedad, de convivir, de organizarse, de comunicarse, es un animal político por naturaleza, pero, digo yo, es también un animal político por necesidad e incluso por elección, es decir, el hombre para sobrevivir necesita agruparse, religarse, organizarse social y políticamente, dictarse reglas de conducta e incluso de actitud.

Los cambios en el Estado “moderno” han puesto en jaque las viejas ideas contractualistas del Estado, la idea de necesidad del Estado se ha puesto en entredicho, pero resulta que a ese “jaque” le falta el “mate”, pues ¿cómo vivir sin el Estado?

A poco en verdad no necesitamos organizarnos ¿acaso no desde ahí estamos formando Estado?

¿A poco no necesitamos reglas que nos pongan orden? ¿Acaso podríamos convivir sin un sistema normativo? ¿Qué no desde ahí estamos necesitando del Estado?

Si bien la “modernidad” ha traído cambios profundos, donde las tareas del Estado se han visto debilitadas o incluso en muchas ocasiones ha sido sustituido por los mismos integrantes del Estado, esto no quiere decir que ya no necesitemos al Estado, sólo quiere decir que el Estado se ha transformado, que sus funciones han cambiado, pero ¿a poco el Estado no nos sigue brindando identidad? ¿A poco el Estado no aminora nuestro sentimiento de vulnerabilidad?

¿Qué pasaría si viviéramos sin Estado? No lo sé de cierto, ni siquiera lo alcanzo a suponer, tal vez alguien me diría: pues seriamos una sociedad autogobernable, autorregulada, pero ¿qué no es esto uno de los motivos por el que nos dimos al Estado? ¿No se supone que por eso creamos al Estado, y le cedimos parte de nuestra soberanía para que, entre otras cosas, nos regulara y gobernara, pero al tener el consenso de sus integrantes nos sintiéramos autogobernados y autorregulados?

Y si no tuviéramos al Estado como ahora lo tenemos ¿quién o qué nos proporcionará identidad? ¿Qué haremos para sentirnos cohesionados, religados? ¿Qué haremos para seguir siendo unos animales políticos y/o sociables? ¿Nos convertiremos en dioses o en bestias (siguiendo nuevamente a Aristóteles)?

Si prescindiéramos del Estado estoy casi seguro (no hay que generalizar) que crearíamos otro nuevo, pues no podríamos vivir sin el Estado, tal vez le pondríamos nuevo nombre, pero a fin de cuentas el Estado existirá, y no podremos prescindir de él. HD

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