De muñeca cubana a gran dama del teatro en México

Publicado el 11 de abril de 2013

Beatriz Bernal Gómez
Investigadora del Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM
betiberg@yahoo.es

No, no me dedico a escribir obituarios como el personaje de la estupenda novela Sostiene Pereira.  No, nada más lejos de la realidad y de mis intenciones. Lo que sucede es que en el último año han muerto dos de las artistas que más admiré en vida (Chavela Vargas y Carmen Montejo) y con quienes, en algún momento de mi larga andadura, tuve alguna relación personal.

Ahora  toca escribir sobre Carmen Montejo, paisana mía de Pinar del Río, quien presentó mi novela Rabo de Nube, tanto en México como en Miami, y que murió el pasado 25 de febrero, en la ciudad de México, a los casi  noventa años de edad.

Antes de su entierro en el panteón Jardín de la ciudad de México, se le rindió tributo de cuerpo presente en el teatro Jorge Negrete, de la Asociación Nacional de Actores (ANDA) y en el Palacio de Bellas Artes, donde en 1999 se le había otorgado la Medalla de Oro del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y se le habían dado dos homenajes más en 2003 y en 2005 con motivo de su cumpleaños número ochenta.

Se llamaba María Teresa Sánchez González, nació en 1923 y por parecerse a Shirley Temple –rizos o crespos rubios que en México llaman caireles- la bautizaron artísticamente como la Muñeca Sánchez. En Cuba vivió poco tiempo, sólo la infancia,  la adolescencia y la primera juventud. A pesar de tan breve lapso -aunque muy importante por tratarse del periodo de formación-, en La Habana inició su carrera de actriz cuando era todavía una niña en un programa de radio transmitido en la CMOX. Se decidió por la actuación a los escasos 9 años, después de leer una biografía de Sarah Bernhardt. Era una niña precoz. También estudió arte dramático en la Universidad de La Habana, con el profesor Ludwing Shayovich, seguidor de la estricta técnica alemana de Reinhardt.

Sin embargo, su meta estaba puesta en la ciudad de México, ciudad que visitó de adolescente cuando sus padres la premiaron por haber terminado el Bachillerato con un viaje a Estados Unidos y ella lo cambió por uno tierras aztecas, quizás a sabiendas o sólo intuyendo, que México era el centro de promoción de los artistas latinoamericanos por aquella época, sobre todo en las áreas de la dramaturgia y el cine, a las cuales María Teresa  Sánchez quería dedicarse. Es por eso que, previo paso por Yucatán, se instaló en 1942 en la capital del país, en compañía de su madre y su hermano mayor, e inmediatamente consiguió incursionar en una radionovela, alegando que ya era famosa y reconocida en La Habana. “Soy una estrella en mi tierra y todo el mundo me conoce desde niña como la Shirley Temple de Cuba –dijo-, y me llaman Muñeca Sánchez, la gran estrella de Cuba”.

Poco después debutó en el cine, en la película Resurrección junto a Lupita Tovar, la Santa de la primera cinta sonora del cine mexicano.  Y luego, de la mano del  director  Chano Urueta, su perenne enamorado, en el film No matarás junto a Emilio Tuero, el galán del momento. Entre ambos, le cambiaron el nombre por el de Carmen Montejo. Supongo que una actriz trágica, como María Teresa llegó a ser, no podía llamarse Muñeca Sánchez.

Su carrera en el cine fue meteórica. En las décadas de los cuarenta y los cincuenta hace un sin fin de películas con actores de la talla de Pedro Armendáriz, Hugo del Carril, Pedro Infante, Isabela Corona, Katy Jurado, Miroslava, Arturo de Córdoba, Leticia Palma, Luis Aguilar, Andrea Palma, Libertad Lamarque y Abel Salazar, entre  otros. Destacan entre sus películas, Nosotros los pobres, un clásico del cine mexicano en que comparte protagonismo con Pedro Infante,  Al caer de la tarde, dirigida por Roberto Gavaldón, que le vale su primera nominación al premio Ariel (el Oscar mexicano),  así como Sor Alegría y La infame, que le valen también sendas nominaciones, y la cinta de culto El Vampiro, por mencionar sólo algunas. Por fin, el codiciado Ariel le llega por  Mujeres sin mañana, cinta que coprotagoniza con Leticia Palma, Andrea Palma y Rebeca Iturbide. En las décadas de los sesenta y setenta baja su producción cinematográfica, aunque todavía se le podía ver en films dirigidos por famosos cineastas mexicanos  de la “epoca de oro del cine mexicano” como Emilio, “el Indio”, Fernández,  Luis Alcoriza,  Jorge Fons, José, “el Perro” Estrada y Sergio Olhovic, y en la coproducción México-estadounidense,  The children of Sánchez, junto a Anthony Quinn y Dolores del Río. Sus últimas películas datan de principios del siglo XXI y son, Entre la tarde y la noche (2000) y Las caras de la luna (2002). Larga y premiada carrera la de Carmen Montejo, que culmina con la entrega del Ariel de Oro en 2005, por toda su trayectoria.

Ahora bien, aunque soy abogada y no crítica cinematográfica y teatral, creo que la mayor aportación de Carmen Montejo a las artes escénicas en México fue en el campo del teatro. Hizo su debut en 1946 con La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, en el Palacio de Bellas Artes. Yo todavía estaba en Cuba y no pude disfrutar de su actuación en una de mis obras favoritas de Federico. Sin embargo, pude verla en Quién teme a Virginia Wolf, en Los efectos de los rayos gamma sobre las caléndulas, en Las troyanas, en Yo madre, yo hija, en El gesticulador, en Puñalada por la espalda junto a Ignacio López Tarso.  Y,  recientemente, en Los monólogos de la vagina. En todas ellas estuvo genial.No en balde Víctor Hugo Rascón Banda -exalumno mío en la Facultad de Derecho de la UNAM- y gran dramaturgo mexicano, dijo de ella antes de morir: “Los autores mexicanos le estamos muy agradecidos a Carmen por su contribución al cine, a la televisión y al teatro, por haber dado vida a tantos personajes que soñaron los dramaturgos de México y del mundo, los clásicos y los contemporáneos”. Y en cuanto al juicio de sus colegas, no en balde la  actriz Elsa Cárdenas se preguntó “¿Qué le puede aprender uno a Carmen Montejo? ¡Todo! Le ha dado muchísimo al público que tanto la admira, y a sus compañeros que tanto la queremos”; y el primer actor Ignacio López Tarso su contraparte en la cinta El profeta Mimí la catalogó como “una estupenda actriz y una magnífica persona”; y la primera actriz Jacqueline Andere, como una de las mejores actrices de México; y el gran director de cine y teatro Julio Bracho la consideró  la “gran trágica de la escena mexicana” dicho en el sentido más estricto del término teatral. No en balde, por último, el 24 de enero de 2008, el antiguo teatro Tepeyac, sito en la Calzada de Guadalupe del Distrito Federal, cambió su nombre por el de “Teatro Carmen Montejo”, como homenaje a la actriz.

También incursionó Carmen con gran éxito en la televisión. Hizo un par de series en la que destacó Tres generaciones (1989) con Angélica María, “la novia de América” y Sasha Sokol, Y apareció en casi un centenar de telenovelas que trascendieron México para mostrarse en las televisoras de todo el mundo, desde  Rusia a Estados Unidos, pasando por Asia y Europa. No hay que olvidar que México es un gran exportador de lo que los españoles llaman “culebrones”, no sólo por sus temas sino también por la calidad de su factura. Entre ellas destacaron: Las momias de Guanajuato, Doña Macabra, El retrato de Dorian Grey, El maleficio, Te sigo amando, Amigos por siempre y Cuna de lobos, clásicos de la televisión mexicana. En las dos últimas mencionadas obtuvo los premios de mejor primera actriz en 2001 y mejor actriz de reparto en 1987.

Pero Carmen hizo más todavía. Lo hizo, tanto en el plano humano como en el sindical. En el primero, junto a Dolores del Río fundó el movimiento Rosa Mexicano que reunió a las mujeres del gremio con el fin de apoyar el cuidado y educación de sus hijos, tanto en las buenas como en las malas.  En el segundo, basta recordar las palabras que dijo en su despedida en Bellas Artes, Silvia Pinal, la Secretaria General de la ANDA y musa de Luis Buñuel: “La familia artística mexicana viste de luto por la actriz que dejó profunda pisada en nuestros foros teatrales, de cine y de televisión, ambientes donde conquistó el cariño y respeto de todos. Su imagen y su espíritu sindicalista jamás podrán ser olvidados”.

Sólo me resta incluir unas líneas sobre mi contacto personal con Carmen Montejo. Pues bien, en septiembre de 1991, yo y mi editorial Joaquín Mortiz, decidimos presentar mi novela Rabo de Nube tanto en México como en Miami. Al respecto pensé que sería “padre” (expresión que se usa en México para señalar las cosas muy buenas) que en dichas presentaciones interviniera alguna actriz para teatralizar algunos de los monólogos que contenía la novela. Y quien mejor que mi paisana doble, Carmen Montejo,  para llevar a cabo ese encargo. No me hice muchas ilusiones al respecto. Se trataba, como ya he dicho, de una gran dama del teatro, no había pago de por medio por su trabajo y, para mayor INRI, yo no la conocía personalmente, tampoco a nadie que pudiera recomendarme con ella. Así que, simplemente conseguí su teléfono, la llamé y le pedí una cita explicándole brevemente mis intenciones. Me la dio sin el mayor reparo y con gran rapidez, en su bello departamento de Polanco. Allí me encontré una mujer con un gran don de gente, pero a su vez sencilla,  sin aires de gran diva, que me acogió con una sonrisa cálida, cautivándome.  Obviamente me pidió el libro para leerlo y darme una respuesta, cosa que hizo al día siguiente. Fue afirmativa.  Según me dijo, le había conmovido la historia, lo que me emocionó;  y añadió que estaba dispuesta a leer el monólogo dramático de  la protagonista dedicado a su padre Lo hizo con esa voz alta, enérgica, dotada de una perfecta dicción, tanto en el Centro Cultural Jesús Reyes Heroles de Coyoacán, en México, como en la Librería Universal del amigo Manolito Salvat, en Miami.

Después no volví a verla en plan personal, sólo en los escenarios en mis viajes anuales a México. La causa: me fui a vivir durante un largo tiempo a España por razones de trabajo. Y a mi vuelta al Anahuac la vida, como a todos,  se me complicó. Sin embargo hoy día, ante el hecho inevitable de su muerte, siento no haber variado mi conducta. Quizás de haberlo hecho hubiera disfrutado en mi vejez –bueno, en nuestra vejez-, de tan amable y enriquecedora compañía. Pero, ni modo, como dicen los mexicanos, ya es tarde para lamentarse de una amistad que pudo haber sido y sido y no fue. Sólo quedan estas líneas para rendir tributo a mi admirada Carmen Montejo, la gran trágica del teatro en México, que estará por siempre en la memoria y en el corazón de los mexicanos que disfrutaron, tan bien y tantas veces, con sus excelentes actuaciones.

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