Los católicos mexicanos frente a algunos retos del siglo XXI

Publicado el 25 de junio de 2014

Alfonso Guillén Vicente
Profesor-Investigador de la Universidad Autónoma de Baja California Sur
aguillenvic@gmail.com

Uno de los actores sociales que de 2010 a la fecha empiezan a desempeñar un papel destacado en nuestro país es la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), que aglutina a los obispos y arzobispos católicos.

A principios de ese año, la CEM lanzó una Exhortación Pastoral “sobre la misión de la Iglesia en la construcción de la paz, para la vida digna del Pueblo de México”, para dar a conocer su posición frente “a la realidad de inseguridad y violencia que se vive en nuestro país”.

La Conferencia del Episcopado Mexicano salió a responder así a los “hechos violentos, relacionados, en numerosas ocasiones, con la delincuencia organizada”. Con este pronunciamiento,  quiere asumir “la Misión Continental a la que hemos convocado a la Iglesia en México, en el espíritu del acontecimiento de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano”, la famosa reunión de Aparecida, Brasil, de mayo de 2007.

En mi opinión, la gravísima situación de violencia que afecta particularmente a varias entidades federativas fue para la Iglesia Católica lo que los propios obispos definieron como “esa fuerte conmoción que le impide instalarse en la comodidad, el estancamiento y la tibieza”.

En mayo de 2014, los prelados mexicanos asistieron al Vaticano para cumplir con la visita Ad limina apostolorum, al reunirse con el Papa Francisco. En un artículo aparecido en La Jornada, el 31 de mayo de este año,  Simón Vargas Aguilar puso de relevancia la participación del presidente de la CEM, el cardenal jalisciense Robles Ortega, donde señaló, tanto el sufrimiento de los migrantes mexicanos y centroamericanos, como “la ruptura del tejido social, muertes, daños a la salud física y moral de la juventud y de algunas familias”, provocados por el narcotráfico.

En el listado de los retos que tienen enfrente los católicos, mención destacada merece también la reflexión sobre el sentido del voto de los cristianos, una vez que Acción Nacional se ha alejado de la Doctrina Social de la Iglesia y que los propios obispos han cuestionado recientemente al Ejecutivo Federal sobre las reformas constitucionales que ha promovido, manifestando que “hacemos nuestras las inquietudes de nuestro pueblo  y nos preguntamos de qué manera serán benéficas sobre todo para los que han estado permanentemente desfavorecidos”.1

En el caso del Partido de la Revolución Democrática, una organización que  parece aprisionada entre su laicismo a ultranza y su particular idea de modernidad liberal  - y que por ello, entre otras razones, se mantiene alejado de muchas y muchos ciudadanos-  tiene en su Declaración de Principios  tesis que pudieran ser suscritas por los católicos progresistas, si se hace abstracción de la fama pública que arrastran algunos gobernantes perredistas.  Porque, ¿quién puede disentir de su idea de estar “comprometidos con la conquista de los derechos fundamentales a la alimentación, al trabajo, a la educación y  a la cultura, a la vivienda, a un medio ambiente sano, al descanso, al esparcimiento, a contar con una cobertura sanitaria y de salud amplias y universales, y a un retiro y jubilación justas”?

O bien, ¿quién puede disputar con un partido que aspira a representar “a todos aquellos hombres y mujeres, que se identifican con la construcción de una sociedad justa, equitativa, democrática, sustentable e incluyente”?2

Frente a experiencias pasadas, donde algunos católicos han impulsado o apoyado una o dos opciones político-electorales  (Partido Católico Nacional, Acción Nacional o los brazos electorales de la Unión Nacional Sinarquista), o han optado por la vía armada, como la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa o la Liga Comunista 23 de Septiembre), siempre con resultados desfavorables en mi opinión, puede fortalecerse el día de hoy el voto razonado, o la abstención misma –si los partidos no acreditan honestidad y pertinencia-;  sin  abandonar,  por supuesto, el impulso de la democracia directa, como el referéndum, el  plebiscito y  la consulta popular.

A los católicos del siglo veintiuno no les toca encabezar movimientos políticos como grupo. Tampoco deben pedir  a sus párrocos y obispos que adopten actitudes protagónicas  o constituirse en burós de consultoría especializados.

A los católicos de este tiempo sí les toca continuar los esfuerzos de todas y todos aquellos que, de buena fe, defienden los derechos humanos desde hace décadas.

Y no está de más recordar que el Federalismo mexicano se verá fortalecido si se respetan las creencias de todos. En este sentido, las direcciones nacionales de los partidos políticos mexicanos deben recordar en qué  país viven.

NOTAS:
1. Simón Vargas Aguilar, Ad limina apostolorum: los cuestionamientos de la Iglesia”, diario La Jornada, 31 de mayo de 2014.
2. Partido de la Revolución Democrática, Declaración de Principios, VI Congreso Nacional, Zacatecas, abril 2001.

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