Proyecto de vida: la investigación jurídica*

Publicado el 30 de enero de 2015

Jorge Alberto González Galván
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM jagg@unam.mx

No sabía que sería “investigador” ni mucho menos del “derecho”. Yo quería, en mi inocencia juvenil, ser “veterinario”: me veía como mi vecino, en Tepic, Nayarit, con mi clínica en la ciudad y mi granja fuera de ella. Pude haberlo intentado en la Universidad Autónoma de Nayarit (UAN), sin embargo lo intenté en la UNAM por seguir a mis amigos de la preparatoria.

La señorita que recibió mi solicitud me dijo que no podía presentar el examen de admisión en la carrera de veterinaria ya que estaba saturada, que mejor escogiera otra. Si me hubiera dicho: “No puede. El que sigue”, me habría regresado a Tepic. Pero muy obediente le hice caso y me puse a revisar la lista de carreras y escogí la de “derecho” porque vi muchas de sus materias en la de “relaciones internacionales”. A los 17 años uno se puede permitir estas maromas existenciales que ahora no sabría explicar ni mucho menos justificar.

Mis padres sólo me pedían que no dejara de estudiar, así que valerosamente aceptaron mi decisión. En el estadio Azteca presenté el examen y aprobé. No me fue mal en la facultad porque me dedicaba todas las tardes a revisar mis tareas en la Biblioteca “Gonzalo Robles” del Fondo de Cultura Económica, que estaba frente a Plaza Universidad, ya que yo vivía en una casa de huéspedes en la colonia Narvarte.

En este limbo semestral estaba cuando en el séptimo semestre cursé con el doctor Jorge Carpizo (entonces director en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM) la materia de derecho constitucional. Él solía hacer una invitación para participar en un concurso de una beca de licenciatura. Como no me llamaba la atención el litigio, pensé que la “investigación” podría ser mi salvación profesional (sin saberlo realmente). Participé en el concurso después de cursar su materia, siendo secretario académico del instituto el licenciado Jorge Madrazo.

En ese momento me di cuenta que estudiar servía para algo porque uno de los requisitos era tener un promedio mínimo de nueve. Por lo tanto, fui aceptado y en octubre de 1981 comencé mi tesis sobre “La intervención del Estado y la empresa pública en México”. En esos momentos creí que un año para hacer la tesis sería mucho (“hago hasta dos tesis”, me dije en broma). Mi tutor inicial fue Manuel Bernal pero concluí con el doctor Marcos Kaplan.

En el Instituto de Investigaciones Jurídicas fui adscrito a la Biblioteca “Jorge Carpizo” que coordinaba la maestra Martha Morineau para hacer mis horas de servicio social, posteriormente al Departamento de Legislación y Jurisprudencia, que era coordinado por Claude Belair. Así, me hice técnico- académico en 1983. Esta combinación académico-laboral, más las materias por aprobar, hizo que mi tiempo de redacción de la tesis se alargara hasta 1987.

En estos años tuve la suerte de tener cerca a amigos en la Facultad y hacer nuevos amigos. El ambiente de respeto, camaradería y profesionalismo, hasta ahora, es algo que valoro. Descubrí que como “académico” no me iba a hacer rico, pero que había encontrado mi lugar, ya que leer y escribir como profesión se me hacía un privilegio: “me pagan por estudiar, ¡qué padre!”, pensé.

Después de obtener la licenciatura en derecho, dejando a un lado intereses deportivos, artísticos y literarios, propios de la juventud (y que nunca me han abandonado), me preparé para continuar mi formación buscando un programa de doctorado en sociología del derecho. El estudio meramente documental me parecía aburrido, por ello estudiar lo jurídico como un hecho social me estimulaba más. Por lo que escribí a las universidades de Londres y París, las cuales tenían el programa esperado. El Laboratorio de Sociología Jurídica de la Universidad de París 2 (Panthéon-Sorbonne), dirigido por el profesor Francois Terré, respondió de manera afirmativa a mi solicitud; de agosto de 1988 a febrero de 1993 fui becario de doctorado en el Instituto de Investigaciones Jurídicas.

Cuando inicié mi doctorado, Jorge Madrazo era director en el Instituto de Investigaciones Jurídicas y cuando lo concluí era José Luis Soberanes Fernández. En 1993 mi tema de tesis estaba “fuera de lugar”: en un contexto de ingreso al primer mundo por la negociación en curso del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, hablar de los derechos indígenas resultaba, por decirlo suavemente, extraño. Yo tenía claro que los indígenas no iban a desaparecer por ello y me dediqué a traducir la tesis para su publicación. En eso estaba cuando amanecimos no en el mundo desarrollado prometido el 1o. de enero de 1994, sino en el cuarto mundo, el de los pueblos indígenas, por el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas, entonces el tema de los derechos indígenas “se puso de moda” o, más académicamente dicho, “se instaló en la agenda nacional”.

Desde el principio de mis funciones académicas hasta ahora he tratado de cumplirlas lo mejor posible, porque he aprendido que la libertad profesional no es un cheque en blanco para hacer todo lo que quiera, sino una responsabilidad enorme. Mi manera de ser y actuar ha sido siempre respetada, como yo he respetado la de todas las personas del personal administrativo y académico que me han dado la oportunidad de conocerlas y tratarlas. En este espíritu he puesto mi granito de arena, de buena fe, cuando me lo han pedido, para colaborar en los órganos colegiados que forman parte del funcionamiento del Instituto de Investigaciones Jurídicas y de la UNAM, siendo directores José Luis Soberanes Fernández, Diego Valadés y Héctor Fix-Fierro.

Los lugares, como las personas, no son perfectos, pero el ambiente universitario, en general, es sano en lo emocional, intelectual y corporal. Esto me ha permitido desarrollarme sin considerar que haya límites, todo es cuestión de superarse día a día, aprendiendo siempre. Tengo 25 años de antigüedad académica y sigo en luna de miel con la “investigación”. Nunca se acaba de aprender y ello me motiva. Mi profesión me ha dado la oportunidad de conocer buena parte de México y algunos países: lo más valioso, por supuesto, son las personas. Una de ellas, quiero recordar aquí, a mi maestro de garantías y amparo, Héctor Fix-Zamudio, por su profesionalismo, rigor, humor y humildad.

Me gustaría que hubiera más oportunidades para los jóvenes estudiantes de derecho interesados en la investigación en las universidades públicas de México, ya que no concibo mi trabajo aislado de los problemas de la sociedad. En este sentido, siempre he intentado participar en las propuestas de mejoramiento del instituto, de la UNAM y del país. Me parece que la Democracia, por ejemplo, como “sistema de vida”, tal como lo establece la Constitución en su artículo tercero, debe permear nuestras relaciones sentimentales, familiares, escolares, laborales, culturales y sociales. Esto es un desafío de todos los días, para todas las generaciones. Por ello vivo agradecido con mis padres, hermanos, tíos, profesores, colegas académicos y administrativos, por la oportunidad de compartir este proceso.

Mis alumnos me han enseñado mucho con sus preguntas y comentarios. Como investigador intento que conozcan y apliquen mis herramientas de trabajo como herramientas de “su” trabajo, ya que las técnicas de la investigación son “técnicas de la profesión”: analizar, redactar y exponer textos legislativos, judiciales, administrativos y académicos, son competencias que se deben aprender durante la carrera para ser aplicadas en cualquier área —campo— de nuestra profesión, y así procurar su sano desarrollo.

Este país vivió antes de 2000 bajo lo que llamó Mario Vargas Llosa “La dictadura perfecta”, en la cual lo académico se subordinó a lo político. El desafío para la UNAM y en específico para el Instituto de Investigaciones Jurídicas es ahora subordinar lo político a lo académico: utilizar la única carta que nos corresponde jugar y defender con las armas de la inteligencia: el ser un espacio de diálogo respetuoso, libre, plural y propositivo, entre todos.

La gestión del doctor Pedro Salazar Ugarte como director será, estoy seguro, la continuidad de este proyecto académico, donde nuestro instituto se vaya consolidando como un espacio donde se exponen por escrito y verbalmente las opiniones informadas, para que los lectores y oyentes sigamos teniendo los elementos necesarios para construir, bajo nuestra propia responsabilidad, una opinión que me permita reconocerme e identificarme con mi entorno para mejorarlo.

NOTAS:
* Esta colaboración fue enviada para la publicación de testimonios sobre el 75 Aniversario del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México

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