KAPLAN, Marcos, Estado y globalización, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Jurídicas, 2002, 457 pp.

Marcos Kaplan nos obsequia otra obra sobre dos temas que lo han preocupado desde hace muchos años: Estado y globalización, y sobre los cuales nos ha brindado lúcidas y profundas reflexiones.

Este nuevo e importante libro brinda una visión panorámica del fenómeno de la globalización desde los tiempos de la civilización helenística, del imperio romano, de la Edad Media, del nacimiento del Estado y del sistema internacional hasta los tiempos de las primeras revoluciones modernas: la primera y la segunda revoluciones industriales, de la conformación, los avances y los límites de la economía global, de la primera y de la segunda guerras mundiales.

La revisión histórica que el autor realiza, le permite subrayar que la globalización plena nunca se ha alcanzado ni está cerca de alcanzarse en forma total y definitiva, la cual constituye un escenario posible, pero no probable.

Difícil será que se logre la globalización, si no existe un grave e inmenso peligro común que ponga en peligro la existencia misma de las partes o su libertad. Ciertamente, el hombre posee la misma naturaleza, pero en él influyen diversos factores de variada índole, como son los históricos, los políticos, los sociales, los económicos, los culturales y los ideológicos, los cuales conforman al grupo que se va identificando, mismo que lucha por preservar esa identidad aunque transcurran decenios o siglos; como ejemplos se pueden señalar: Polonia, Israel, Croacia, Grecia y el Egipto árabe.

En Mesopotamia, Egipto, India y China encontramos vestigios de sistemas internacionales en cuanto se establecieron nexos e interacciones entre "unidades independientes gobernadas por sus intereses propios y separados, en parte cooperativos y en parte conflictivos...". Sin embargo, los lejanos antecedentes de la globalización son: la civilización helenística y la romana, que tienen como característica una escala de valores comunes a todos los seres humanos, misma que trasciende las barreras de razas, etnias y religiones.

En el mundo helenístico se da un gran ascenso del comercio, lo cual incrementa la riqueza de los comerciantes y de las clases privilegiadas.

El imperio romano constituyó un mundo en sí mismo, con una economía única y autosuficiente que conformó una sola y vasta área comercial. Algo similar se encuentra también en la China de los Han.

Por el contrario, el sistema feudal se basó en la autosuficiencia del feudo, en el escaso o, de plano, nulo papel del mercado y en el reducido comercio y uso de la moneda: "Los recursos son asignados y los ingresos distribuidos por tradición, coerción o mando, no por la libre fluctuación de la demanda monetaria. Prevalecen la subordinación de lo económico a lo religioso, la actitud tradicional hacia la actividad, el atraso técnico, la lentitud del cambio".

La descomposición del sistema feudal va a resultar, en lo político, en el nacimiento del Estado nacional soberano, y en lo económico, en el surgimiento de una economía capitalista, primero nacional y posteriormente, y en grado creciente, internacional. El comercio, los mercaderes y los mercados reaparecen o se extienden en Europa y en la cuenca del Mediterráneo.

El Estado moderno es mercantilista, impulsa la creación y acumulación del capital, la supresión de barreras al comercio dentro de esa unidad política; impulsa la exportación de bienes; protege y fomenta la industria y el comercio, la adquisición de colonias, y valora la rentabilidad de la guerra y la competencia a través del belicismo.

La navegación hacia horizontes antes inexplorados y el descubrimiento de nuevas tierras creó un enorme bloque comercial entre Europa, África y América. La economía europea se convirtió en mundial, y durante cuatro siglos el universo fue realmente occidental.

En ese proceso, el Estado moderno fue esencial para unificar el mercado nacional, imponer tarifas a los productos extranjeros, auspiciar la acumulación de capital, la creación de empresas coloniales y compañías comerciales, la inversión de capitales en la agricultura y la superación del localismo y del corporativismo urbano.

Sin embargo, Marcos Kaplan señala muy bien, y con agudeza, que ese Estado moderno nunca disfrutó de una soberanía total y absoluta, sino limitada y fluctuante -según sus propias expresiones-, que osciló desde lo casi total a lo prácticamente nulo, ya que su poder y capacidad para imponer decisiones a los grupos internos y externos, y controles sobre flujos de capital, trabajo y mercancías, fue muy variable, ya que su autoridad formal estuvo limitada por factores reales.

El distinguido autor manifiesta que el mundo había integrado un sistema internacional aunque, desde luego, de integración desigual, que imponía reglas explícitas e implícitas, las cuales se encontraban bastante definidas e institucionalizadas.

    Los Estados son desiguales en su soberanía, están más o menos sometidos al poder de otros Estados; sufren y deben acatar limitaciones en sus posibilidades y conductas políticas, militares, económicas. Los Estados pueden hacer pocas cosas en desafío de los otros, y arriesgan el pago de un precio de ruptura por la infracción de instituciones y reglas.

    Los Estados integran una jerarquía de poderes desiguales, que evoluciona en el tiempo. La integran Estados centrales, uno, de los cuales detenta una posición de hegemonía en la economía mundial y en el sistema político internacional o interestatal.

No obstante, dicho esquema no condujo a un imperio mundial, sino a la coexistencia de varias potencias en un frágil equilibrio de fuerzas, en el cual una, según la época, detentó cierta hegemonía, pero sin capacidad para imponer sus decisiones a las otras. Kaplan señala a España en el siglo XVI, a Holanda en el XVII, a Inglaterra en el XIX y a Estados Unidos de América a partir de la Segunda Guerra Mundial. La gran preocupación estribó en alcanzar un equilibrio de poder para impedir la dominación universal; así, se fueron reconociendo, poco a poco, principios internacionales que debían regir en una comunidad, "la europea", que tiene tantos lazos e intereses comunes.

Marcos Kaplan especifica los indicadores que caracterizaron a la primera revolución industrial, misma que nació en Inglaterra, y cómo, a pesar del desequilibrio y fragilidad que implicó, dicha revolución se convirtió en transnacional, movilizando recursos humanos y económicos para que la sociedad y la economía de las unidades políticas no se rezagaran en ese profundo cambio tecnológico.

La primera revolución industrial impulsa la economía mundial, la apertura de mercados, el comercio europeo y el sistema político internacional. La acumulación interna de capital permite inversiones fuera del país, las finanzas se desarrollan a la vez que el progreso industrial, comercial y la expansión colonial. El siglo XIX constató la hegemonía de Inglaterra, aunque otros países fueron también teniendo sus revoluciones industriales. Se integró un mercado internacional relativamente competitivo con variadas y diversas facilidades para el movimiento de capitales, mercancías, servicios y personas, pero dominado por las potencias que lograron desarrollarse.

El laissez-faire no fue tal en la realidad, porque el Estado intervenía para que funcionara el libre comercio y la competencia, para que el capital se reprodujera y creciera. Kaplan enumera magistralmente las principales funciones y objetivos del Estado liberal; son muchas y muy variadas, mismas que no podían ser asumidas de manera exclusiva o primordial por las unidades-empresas de capital. Lo anterior conduce a nuestro autor a manifestar que el Estado liberal no rompe con la tradición intervencionista de la monarquía absoluta; por el contrario, en parte la asume y refuerza, en parte la modifica, la condiciona y reorienta.

Las relaciones del Estado moderno, del capitalismo y del movimiento democrático e igualitario van marcando el paso del Estado gendarme "que nunca existió en forma total" al Estado interventor, benefactor o providencial.

A partir del último cuarto del siglo XIX se manifiesta la segunda revolución industrial que destaca por la primacía de lo científico sobre lo técnico, y sus influencias mutuas sobre la economía, la sociedad, la política y las relaciones internacionales, a una escala planetaria, nunca antes conocida. La productividad se incrementa enormemente al aplicarse los descubrimientos técnico-científicos; la lucha por los mercados entre los Estados y los propios mercados alcanzan dimensión mundial.

Entonces, debido a la competencia y rivalidad entre los Estados, acontece un vuelco en la política europea, se refuerza la idea del interés o razón de Estado, se construye una política neomercantilista, se protegen los intereses económicos nacionales con medidas como la protección aduanera. Las grandes potencias luchan por expandirse y consolidar sus colonias, y las que no las tenían, o eran pocas, por conseguirlas; la militarización de los Estados se convierte en una prioridad, y a ésta se aplican los descubrimientos científicos y técnicos.

Esos descubrimientos científicos y técnicos impulsan un gran desarrollo en la economía capitalista que caracterizan los años que corren del último cuarto del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial, y que impulsa la globalización al permitir un mejor flujo de personas, productos, bienes y servicios, capital, comunicaciones e ideas, aunque esta tendencia se modifica por diversos tipos de fuerzas, procesos y conflictos, entre ellos se pueden mencionar: la búsqueda de nuevos mercados, el intervencionalismo de Estado, la creación de macroempresas y consorcios monopolistas, el acceso a materias primas, las inversiones en países atrasados y las posibilidades de inversión, sobreexplotación y grandes ganancias. Es una etapa colonial o semi-colonial, que implica un sistema mundial centrado en Europa.

El antagonismo Inglaterra-Alemania desemboca en la Primera Guerra Mundial, la cual erosiona el prestigio del capitalismo e interrumpe su desarrollo que parecía no tener límite alguno. En el escenario mundial se fortalecen Estados Unidos de América, Japón y la nueva Unión Soviética.

La crisis económica de 1929 no tiene precedente en cuanto a su duración y profundidad, ni en cuanto a los daños a la producción industrial, al comercio, a las cotizaciones bursátiles, a las quiebras, a la desocupación y destrucción de capitales. La crisis incrementa el intervencionismo y el dirigismo del Estado. La propia existencia de la democracia liberal está en entredicho.

La Segunda Guerra Mundial convierte a ésta en industrializada y la industria se vuelve militarizada. La economía de guerra refuerza el dirigismo estatal hasta volverlo total.

El salto tecnológico resulta espectacular, muchas de esas nuevas tecnologías van a constituir la columna vertebral de la transnacionalización y la mundialización. Aquéllas se aplican primero a la destrucción; después, a la reconstrucción.

Los costos humanos y sociales de esa guerra fueron fenomenales. Las inquietudes revolucionarias que implicaron tuvieron respuesta en una gran corriente de nacionalizaciones y estatizaciones, así como en la creación de sistemas de seguridad social más efectivos.

Como es natural, el final de la Segunda Guerra Mundial trajo muchos, rápidos y profundos cambios que han resultado en un reacomodo de fuerzas y relaciones a escala internacional, cambios que aún no terminan y, en consecuencia, todavía es difícil precisar cuál será el nuevo orden mundial.

Ese sistema internacional de la segunda posguerra mundial se caracteriza por: a) la concreción del poder a escala mundial, b) la tercera revolución científico-tecnológica, c) la transnacionalización, d) la nueva división mundial del trabajo, e) el proyecto político de la integración mundial, y f) el camino/estilo de crecimiento neocapitalista periférico. Marcos Kaplan realiza un profundo análisis de cada uno de estos factores.

En las primeras décadas de la segunda posguerra, la producción industrial y el comercio mundiales tienen un crecimiento espectacular, aunque las desigualdades entre los países desarrollados y los no desarrollados, y entre éstos, crecen también en forma notoria. En el mundo existe un duopolio de superpotencias, aunque ya en la década de los setenta comienza la impugnación a esa situación.

El conocido y prestigiado autor describe muy bien los años de gobierno de Ronald Reagan y sus características que configuran lo que se denomina neoliberalismo, en el cual se reduce el Estado benefactor, se achica al propio Estado, se desregulariza lo privado, se menosprecia la búsqueda de la justicia y el bienestar sociales, se fortalece la concentración de la riqueza y del poder, y se glorifican los mercados y las finanzas libres.

Marcos Kaplan se adentra en la tercera revolución o revolución de la inteligencia y los efectos que tiene sobre los más diversos aspectos del Estado, la sociedad y la persona; revolución que deja clara la importancia de la dimensión internacional para el desarrollo científico.

Las nuevas y complejas relaciones entre las naciones, economías y sociedades y el entrelazamiento de redes de toma de decisiones, en un esquema multinacional, definen la globalización y, a su vez, la mundialización de la historia.

Estas últimas se sostienen por el capital que continúa expandiéndose, por la velocidad de desplazamiento de personal técnico y directivo a cualquier parte del mundo en menos de 24 horas, por el contacto directo y rápido con los movimientos de producción de fábricas distantes, por la facilidad e inmediatez para enviar o recibir fondos, con lo cual el capital se mueve a lugares que le ofrecen ventajas competitivas, ya sea en costos laborales, tasas de interés, expectativas comerciales o en donde existen menores controles políticos y jurídicos.

Las empresas transnacionales, estrechamente relacionadas con las nuevas tecnologías, incrementan poder económico y político; concretan entre un cuarto y un tercio de la producción industrial mundial, y los grupos bancarios manejan, cada día, más recursos con un alcance internacional.

La globalización afecta al Estado-nación, a su soberanía, con su intervencionismo. Las empresas transnacionales mundializan sus estrategias y políticas, su escala es internacional y compiten en los mercados globalizados. La economía de mercado tiende a crear un único sistema mundial, al desmantelarse las barreras nacionales, y a través de la desregulación y la competencia global. La liberalización del comercio persigue vender mundialmente más con estrategias también mundiales. La libertad irrestricta de los flujos financieros y movimientos de capital avanza. La investigación e innovación aumentan en un sistema global que profundiza las desigualdades entre los países. La telemática crea un sistema mundial de información y comunicación instantáneas. Nacen organizaciones e instituciones internacionales de toda índole: económico-financieras, políticas, integradoras, estratégico-militares, humanitarias, ecologistas, culturales.

"La soberanía no se identifica con una autonomía total de decisión y acción; existe y actúa como autoridad formal con limitaciones efectivas y grados variables de realidad y alcances". Sin embargo, los Estados encuentran que una parte muy importante de su soberanía tradicional ha sido mermada "en lo referente a sus facultades de emisión de moneda y fijación de su valor"; en el control efectivo del capital; en el manejo de la macroeconomía; en el control sobre la organización y el funcionamiento de organizaciones e instituciones; en la vida y el trabajo de los habitantes; en la brecha económica y tecnológica entre los intereses de los empresarios y la autoridad del gobierno; en su disminución como actor diplomático y estratégico-militar por la concentración del poder mundial en las potencias. Dentro de este panorama, el tratadista de la UNAM profundiza los graves problemas a los cuales se enfrenta el Estado y que en muchos casos lo han conducido a una verdadera crisis, la que ha tratado de solucionar a través de diversos métodos, entre los que se encuentra la llamada "Reforma del Estado".

Entonces, la autonomía de las políticas económicas del Estado nacional se ve debilitada por una creciente inefectividad de los controles sobre el capital, y por la evaluación que los mercados financieros realizan de los errores políticos y económicos de los gobiernos. Así, la economía mundial se convierte en el aspecto determinante de la economía del Estado nacional.

Empero, la globalización contiene limitantes y contradicciones: 1. Homogeneización vs. heterogeneización; localismo y regionalismo vs. mundialismo; globalización económica vs. carencia de globalización política y jurídica; globalización de la cultura vs. reivindicaciones de la autonomía e identidad socioculturales, etcétera; 2. El mundo se polariza aceleradamente, disminuye el ingreso de los trabajadores y clases medias, el desempleo aumenta porque la productividad del trabajo se obtiene por las nuevas tecnologías, el capital tiene dificultades para vender los bienes y servicios, y adopta medidas que conllevan crisis e ingobernabilidad; 3. Se multiplican las desigualdades, desequilibrios y conflictos entre países, regiones, empresas, clases y grupos; 4. Existen diversos mundos con inmensas desigualdades que amenazan a la economía global de estancamiento y regresión; 5. El primer mundo tiene insuficiencia de recursos ante las ilimitadas necesidades y demandas de ayuda del ex-segundo mundo, de los del tercer, cuarto y quinto mundos; 6. Nadie controla total y efectivamente la globalización ante la tendencia al debilitamiento del Estado y su soberanía.

Esta nueva obra de Marcos Kaplan contiene un caudal de información, reflexiones, análisis e ideas sobre el fenómeno clave de nuestros días: la globalización.

Es por ello que puede resultar útil enumerar algunas de las principales conclusiones a las cuales llega nuestro prolífero autor. El lector, sin duda alguna, encontrará muchas más:

1. El fenómeno de la globalización es muy antiguo. El mismo se encuentra ya en la civilización helenística, en el imperio romano y en la China de la dinastía Han.

2. La globalización plena nunca se ha alcanzado ni está cerca de alcanzarse de forma total y definitiva.

3. El hombre tiene la misma naturaleza, pero en él influyen diversas circunstancias y factores muy variados que lo identifican, y lucha por preservar esa identidad.

4. Probablemente la globalización total sólo se alcanzaría si surgiera un grave o inmenso peligro común que pusiera en riesgo la existencia de las partes o su libertad.

5. La historia ha oscilado, con diversos grados e intensidad, entre la tendencia a la globalización y el enclaustramiento de la unidad política.

6. El Estado nacional, soberano y moderno nació mercantilista, impulsando la creación y acumulación del capital, protegiendo el comercio y propulsando la exportación de bienes.

7. Ese Estado moderno nunca disfrutó de una soberanía total y absoluta, sino limitada y fluctuante.

8. El mundo integró un sistema internacional, con reglas explícitas e implícitas, y en el cual la desigualdad entre los Estados fue una realidad presente.

9. La primera revolución industrial se convirtió en transnacional al integrarse un mercado internacional relativamente competitivo, aunque dominado por las potencias.

10. El Estado moderno siempre ha intervenido, en diferentes medidas, en el funcionamiento del libre comercio y en la competencia. El Estado liberal cumplió muchas y muy variadas funciones. El laissez-faire fue muy relativo; realmente no fue tal.

11. La tendencia a la internacionalización económica se acelera entre la segunda mitad, pero especialmente durante el último cuarto del siglo XIX y 1914, debido a la segunda revolución industrial, pero la competencia y la rivalidad entre los Estados condujeron a un nuevo proteccionismo y al reforzamiento de la intervención del Estado. Ese periodo constituyó una etapa colonial o semi-colonial que construyó un sistema mundial centrado en Europa.

12. La gran crisis económica de 1929, la Segunda Guerra Mundial y la reconstrucción posterior a ésta, refuerza el dirigismo estatal y la construcción del Estado benefactor y de mejores sistemas de seguridad social.

13. El sistema internacional que nace de la segunda posguerra mundial posee una serie de características, pero aún no se puede precisar cómo será el nuevo orden mundial.

14. Los años del gobierno de Reagan revirtieron la tendencia anterior con las tesis para minimizar el Estado, la desregulación de lo privado, la destrucción del Estado benefactor y la glorificación del mercado libre.

15. El mundo actualmente vive momentos contradictorios, por un lado la fuerte tendencia a la globalización y a la mundialización de la historia con el debilitamiento del Estado nacional y soberano, y, por el otro, las limitantes y graves problemas que ha creado la propia globalización y que el Estado nacional podría auxiliar a resolverlos; Estado al cual tanto se ha castrado, y el cual, en muchos casos, pareciera que ya no es ni siquiera interlocutor válido y eficaz para tratar de resolver crisis y conflictos.

16. El Estado y su soberanía no están sentenciados a un total debilitamiento o una completa extinción, aunque sí sufren restricciones a su autonomía de decisión y acción, tal y como ha sido el caso desde su nacimiento, en diversos grados y magnitudes.

17. "No existen contradicciones necesarias ni conflictos insuperables entre la soberanía del Estado-nación y la integración económica mundial". Los Estados continúan siendo una fuerza poderosa en el ejercicio de sus diversos y variados poderes. La intervención, la mediación arbitral y la rectoría del Estado continúan siendo indispensables para garantizar la gobernabilidad. Desde esta perspectiva, la existencia y actividad del Estado es requisito indispensable para el avance de la globalización.

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Marcos Kaplan ha dedicado parte de su muy importante obra académica al examen del Estado y la sociedad en América Latina. Su preparación jurídica y sociológica, así como su seriedad intelectual, lo colocan como uno de los grandes y más lúcidos analistas sobre esos temas. En consecuencia, en este libro, a ellos dedica dos capítulos y múltiples refe-rencias y preocupaciones, especialmente en la parte final dedicada a la fase actual de la globalización, lo cual mucho habrá de agradecer el lector de esta obra.

Este libro resulta de provecho tanto para el especialista, el catedrático, el estudiante, como para toda persona inquieta por los acontecimientos actuales y por la gran interrogante respecto a dónde se dirige el mundo, la globalización y el papel actual del Estado nacional y soberano.

A este libro le deseo el mejor de los destinos: que se lea y se discuta mucho.

Jorge CARPIZO *

* Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

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