El fanático *

Publicado el 5 de septiembre de 2017

Luis de la Barreda Solorzano
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM, y
coordinador del Programa Universitario de Derechos Humanos, UNAM,
lbarreda@unam.mx

La primera condición para ser un fanático es pertenecer al conjunto de seres humanos a los que podemos caracterizar como creyentes. Éstos no se aventuran en los laberintos de las disquisiciones y las dubitaciones.

A diferencia de los pensantes —aficionados a razonar, escuchar a los que piensan distinto, examinar los argumentos, dudar de sus certezas y llegar a conclusiones basadas en las evidencias y el análisis lógico—, los creyentes tienen algo por cierto sin conocerlo de manera directa o sin que esté comprobado o demostrado. Y de ahí no quieren moverse.

Desde luego, se puede ser un creyente razonable. El fanático no lo es. Lo que caracteriza al fanatismo es el apasionamiento y la tenacidad desmedida en la defensa de sus creencias, especialmente las religiosas o las políticas. El fanático se casa indisolublemente con su credo y, por tanto, no quiere saber de razonamientos que lo pongan en entredicho. La duda le resulta inadmisible y, por tanto, cierra los ojos ante la ridiculez de una certeza sin fisuras.

Por supuesto, no todo el que defiende apasionadamente una convicción es un fanático. Don Quijote está convencido de que Dulcinea del Toboso es la mujer más hermosa del mundo y está dispuesto a morir defendiendo esa convicción, pero en modo alguno es un fanático. El Caballero de la Triste Figura es un idealista soñador que no persigue a nadie. Por el contrario, se afana en ayudar a todos cuantos lo necesiten. Su deseo es desfacer tuertos. El fanático juzga con animadversión y llega a perseguir a quienes no aceptan sus verdades indiscutibles.

El fanático está seguro de que no hay nada en el mundo que merezca ser defendido con tanto celo como sus creencias. Para él, las leyes son respetables solamente si concuerdan con sus certidumbres. El aura que lo ilumina está por encima de las normas jurídicas. Su misión es hacer triunfar su fe y, para lograrlo, no puede detenerse ante pequeñeces tales como el acatamiento a esas normas.

El fanático carece de argumentos. A las objeciones para las cuales no tiene respuestas sensatas, contesta haciendo parecer como sospechosos los motivos por los que se le objeta. Sin argumentos e incapaz de comprender los que refutan sus prejuicios, no tiene otra defensa que imputar intenciones oscuras a quien lo rebate. La contradicción lo irrita en lugar en inclinarlo a reflexionar.

El fanático es incapaz de reírse de sí mismo, de no tomarse demasiado en serio. Carece de sentido del humor porque siente que tiene una misión en la Tierra de la que la risa no debe distraerlo. No tiene la aptitud para disfrutar plenamente de la fiesta de la vida porque se siente obligado a ser el comisario de las acciones de su pareja, sus hijos, sus vecinos, sus amigos y sus compañeros y, por tanto, su actitud es de constante recelo.

El fanático está poseído por la curiosa idea de que sus creencias y las conductas que se siguen de ellas no son solamente un derecho propio, sino que obligan a todos los demás. Como advirtió Voltaire, se les ha visto “lanzarse sobre su vecino por el honor de la fe, gritando: ‘¡Muere, impío, o piensa como yo!’”.

“Chesterton dijo que loco es quien lo ha perdido todo, absolutamente todo, menos la razón. Los fanáticos lo han perdido todo, absolutamente todo, menos su dogma religioso, o nacionalista o el que fuera. Yo creo que lo peor de las religiones son quienes creen absolutamente en ellas y las utilizan como justificación para castigar al prójimo”: Fernando Savater.

El fanático se obsesiona por hacer triunfar su catecismo sin importarle que, lograrlo, implique el sufrimiento de sus semejantes. Más aún: no considera sus semejantes a quienes no lo comparten. No le merecen consideración quienes no comulgan incondicionalmente con su dogmatismo. En el poder es terriblemente dañino con los que no son sus incondicionales. Su lema parece ser: “Triunfe mi credo, aunque se hunda el mundo”. En nombre de una religión, un partido, una clase social, la nación o el pueblo, persigue con saña a quienes se oponen a su doctrina e incluso a quienes disienten de ésta. Si se dan las condiciones propicias, no se tienta el corazón para asesinar a los opositores, a los infieles o a los disidentes.

NOTAS:
* Se reproduce con autorización del autor, publicado en Excélsior, el 31 de agosto de 2017.


Formación electrónica e incorporación a la plataforma OJS, Revistas del IIJ: Ilayali G. Labrada Gutiérrez, BJV

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