Creencias1

Publicado el 16 de enero de 2019


Luis de la Barreda Solórzano

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas y coordinador del Programa
Universitario de Derechos Humanos, UNAM,
email lbarreda@unam.mx

Un inmenso porcentaje de los seres humanos suele aferrarse a sus opiniones, aun cuando se les presenten datos irrefutables que las contradigan. Más aún: cuando les son exhibidas pruebas inequívocas en contra de sus creencias, se afianzan en ellas.

Hay quienes juran que el hombre nunca llegó a la luna. Se basan en que la bandera que clavó Armstrong se movía aun cuando la ausencia de atmósfera en la luna hace que no haya viento; la huella dejada por ese astronauta no se explica dada la sequedad del suelo lunar; en las fotos no se ven las estrellas, y no se observa ningún cráter bajo el módulo de descenso cuando alunizó.

Las conjeturas han sido refutadas: la bandera se movía por la inercia; el polvo lunar es similar a la ceniza volcánica, por lo que sí pueden haber huellas en él; las estrellas no se ven porque la luz era demasiado débil para ser captada por la cámara, y no se formó un cráter porque el módulo descendió tan lentamente que sólo levantó polvo. No importa la refutación a los convencidos de que todo fue una farsa.

Los enemigos de las vacunas piensan que las grandes farmacéuticas están corrompidas y sólo buscan ganancias. Siguen sosteniendo que las vacunas causan autismo, no obstante que el único estudio en que se aseveraba tal cosa fue contundentemente desmentido y su autor acusado de fraude. Parecen ignorar que la vacunación ha erradicado enfermedades graves y salvado millones de vidas.

Los creacionistas de la tierra joven rechazan las pruebas de la evolución que se recaban de los fósiles y el ADN porque afirman que se trata de argucias cuyo único fin es socavar la fe religiosa: esos fósiles son falsos. La verdad está en el Génesis: Yahvé completó toda la creación en seis días. Desde el principio de los tiempos los seres humanos coexistieron, por ejemplo, con los dinosaurios.

Quienes atribuyen el asesinato de Colosio a un complot descalifican, sin haberlos leído jamás, los sólidos informes de los exfiscales del caso Olga Islas y Luis Raúl González Pérez —en los que se demuestra que el crimen se debió a un tirador solitario y delirante—, sencillamente porque les parece que un candidato presidencial no puede ser asesinado sino como producto de una elaborada conspiración. Miguel Ángel Granados Chapa sostuvo que no había un solo Mario Aburto ¡sino tres, dos con falsa identidad, que las autoridades intercambiaron!

Quienes defienden al gobierno de Nicolás Maduro, no obstante, los asesinatos de manifestantes, la hambruna, la inflación millonaria, la escasez de productos básicos, los encarcelamientos y homicidios de opositores y la duplicación de la tasa de pobres —toda una crisis humanitaria—, aseveran que la revolución bolivariana es el modelo a seguir por las naciones de América Latina. Por supuesto, ninguno de esos panegiristas se iría a vivir a Venezuela, salvo que formara parte de la élite privilegiada a la que el régimen premia por su apoyo incondicional.

Se aseguró que el gobierno mexicano tramaba un gran fraude para arrebatarle el triunfo a Andrés Manuel López Obrador. A pesar de que la victoria de éste fue reconocida el mismo día de la jornada electoral, los pronosticadores del fraude, en lugar de reconocer que estaban equivocados, arguyen (¡el cura Solalinde!) que se le reconoció el triunfo porque si se le hubiera escamoteado se habría producido un levantamiento armado.

Los sicólogos sociales Carol Tavris y Elliot Aronson documentaron en su libro Hubo errores, pero yo no los cometí miles de experimentos que demuestran que la gente manipula los hechos para adaptarlos a sus ideas preconcebidas con el fin de reducir la disonancia entre sus creencias y la realidad. La razón: esa disonancia cognitiva pone en peligro su visión del mundo o de sí misma.

Es decir, no se acepta revisar las creencias porque la revisión puede mover el tapete a los creyentes. ¿No es asombrosa tal actitud? Se cierra la puerta de la mente a todo conocimiento que contraríe lo ya asumido como indudablemente cierto. Sólo se franquea el paso a lo que reafirma a las propias certezas. En lugar de intentar reafirmarlas o rectificarlas con base en la información más confiable, se opta por cerrar los ojos a lo que pueda ponerlas en entredicho.


NOTAS:
1 Se reproduce con autorización del autor, publicado en Excélsior, el 3 de enero de 2019.

Formación electrónica: Yuri López Bustillos, BJV
Incorporación a la plataforma OJS, Revistas del IIJ: Ilayali G. Labrada Gutiérrez

Enlaces de Referencia

  • Por el momento, no existen enlaces de referencia