La falacia de la austeridad1

Publicado el 24 de julio de 2019


Luis de la Barreda Solórzano

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas y coordinador del Programa
Universitario de Derechos Humanos, UNAM,
email lbarreda@unam.mx

Desde que Andrés Manuel López Obrador asumió la Presidencia de la República, los recortes presupuestales han estado a la orden del día. El discurso presidencial los justifica con el señalamiento de que se trata de una política de austeridad que pondrá fin a los privilegios de unos cuantos.

Lo primero que se advierte claramente en esa justificación es una inconsistencia: esa política no ha afectado a los privilegiados, sino a millones de mexicanos en situación de pobreza y a los que, sin ser pobres, viven de su trabajo con ingresos que no les permiten lujos ni derroches.

La supuesta austeridad nos ha llevado una situación sin precedente. Los perjuicios más graves se están dando en la atención a la salud, que es, junto con la seguridad, el bien que prioritariamente debe atender el gobierno. Los afectados no son, desde luego, quienes pueden costear médicos, clínicas, laboratorios y hospitales privados, sino quienes, por su condición económica, se ven constreñidos a acudir a los servicios públicos.

La condición de pobreza se ve agravada dramáticamente si, además de que no se perciben los ingresos suficientes para una existencia decorosa, los servicios públicos de salud a que se tiene derecho se han deteriorado por falta de insumos, materiales, equipo y personal.

No es que esos servicios en la etapa neoliberal, tan satanizada por el actual gobierno, hayan sido los óptimos. Pero, a pesar de sus deficiencias e insuficiencias, cumplían mucho mejor que ahora con su insustituible e indispensable función.

No pensemos siquiera en los chequeos médicos periódicos aconsejables para preservar la salud. Pensemos en algo más grave. Un pobre enfermo. De nada le servirá la dádiva en efectivo del gobierno, si es que es un beneficiario de ésta, si el centro de salud no está en posibilidades de atenderlo como es debido, de practicarle el estudio que requiere, de proporcionarle los medicamentos que su padecimiento amerita.

La violación al derecho a la salud que causa tal estado de cosas es de extrema gravedad. Por eso la Comisión de los Derechos Humanos ha instado al gobierno a garantizar el acceso a servicios de atención médica, la continuidad del suministro de medicamentos y la disponibilidad de personal suficiente en todas las unidades médicas.

Otras afectaciones también son importantes. Se cancelaron recursos a estancias infantiles, a refugios para mujeres maltratadas y al programa de cáncer cervicouterino. Se disminuyó considerablemente el presupuesto al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, a las universidades y a los centros públicos de investigación, a la promoción de la cultura y las artes, a la supervisión de la calidad del agua, a la prevención y combate de incendios. Se canceló el proyecto de Metrobús de La Laguna.

¿Todo eso no significa austeridad? Veamos. De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, austero significa sobrio, morigerado, sin excesos. ¿El gobierno ha sido austero?

No. Sí ha habido dinero, y muy abundante, miles y miles y miles de millones, para destruir un aeropuerto de clase mundial que suponía un progreso enorme para el país y generaría cientos de miles de empleos y, en su lugar, erigir otro en el peor lugar posible.

También hay dinero para una refinería y un tren desaconsejados por los expertos, para entregar efectivo a manos llenas con fines clientelares, para atajar el paso de los migrantes centroamericanos.

Asimismo, hay dinero para otorgarle al Presidente una partida secreta con los ahorros del presupuesto a los que puede dar el destino que por decreto determine. Tan sólo en este año los fondos por ahorros en compras de insumos y medicinas y por la eliminación de seguros médicos y de separación ascienden a 125 mil 700 millones de pesos. ¡Para lo que el Presidente determine!

La supuesta política de austeridad es una falacia. Lo que se está haciendo es reencauzar el dinero para atender no a las necesidades prioritarias de los habitantes y al progreso científico y tecnológico del país, sino para fortalecer un proyecto que responde a las fantasías ideologizadas y al afán de acrecentar el poder del Presidente de la República.

Una política de austeridad, es decir, de sobriedad, morigerada, sin excesos, sería plausible. No lo es, en cambio, la que está vulnerando derechos fundamentales de los mexicanos.


NOTAS:
1 Se reproduce con autorización del autor, publicado en Excélsior, el 11 de julio de 2019.

Formación electrónica: Yuri López Bustillos, BJV
Incorporación a la plataforma OJS, Revistas del IIJ: Ilayali G. Labrada Gutiérrez

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