La manifestación1

Publicado el 9 de enero de 2020


Luis de la Barreda Solórzano

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas y coordinador del Programa
Universitario de Derechos Humanos, UNAM,
email lbarreda@unam.mx

En cuanto le pido que me lleve al monumento del Ángel de la Independencia, el taxista entiende que voy a la manifestación contra la política del Presidente y me dice: “Yo voté por López Obrador y estoy muy arrepentido”.

Me cuenta que su mujer, enferma de cáncer, recibía quimioterapia brindada por el Seguro Popular hasta que un día fueron recibidos con la amarga noticia de que ya no era posible seguir proporcionándosela sin costo y que ellos mismos tendrían que adquirir los medicamentos.

Como el precio era altísimo, tuvo que vender sus dos automóviles, pero ningún dinero alcanzaba para continuar el tratamiento. Su esposa murió hace seis meses.

Hacía varios años que no acudía a una marcha. El ambiente es festivo. Decenas de miles de mujeres y hombres de todas las edades, notoriamente de diversas clases sociales, caminamos sobre Paseo de la Reforma. A diferencia de las marchas organizadas por algún partido o alguna ONG, en las cuales los gritos y las pancartas de los manifestantes son ideados por los organizadores, ahora los lemas coreados, las mantas y las cartulinas son producto de la propia creatividad de los participantes.

Por tanto, lo que se vocea no son los eternos lugares comunes de esta clase de actos.

Eso le da una fresca originalidad a éste.

El Presidente hizo una interesante declaración: dijo que esa manifestación estuvo integrada por conservadores disfrazados de ciudadanos, y que esos conservadores se están quitando las máscaras. Así pues, de acuerdo con el juicio presidencial, decenas de miles se pusieron disfraz de ciudadanía. Demasiados disfraces, ¿no?

Sólo son ciudadanos, según López Obrador, los que lo apoyan incondicionalmente. Sólo esos incondicionales conforman el pueblo bueno. Los demás no merecen consideración alguna: sólo ameritan denuestos.

Es notable cómo se mezclan la molestia y la alegría de los manifestantes. La indignación por el daño que se le está haciendo al país no excluye el entusiasmo de estar aquí, de levantar la voz, de atreverse. Casi ninguno de los presentes milita en algún partido o alguna organización.

Como la inmensa mayoría de la población, son ciudadanos no habituados a las marchas ni a los mítines.

Aprovechan los domingos para levantarse más tarde, desayunar con más calma, descansar, leer, andar en bici, salir a pasear, convivir con la familia.

Hoy están en la calle manifestando su inconformidad, su oposición a que el país se siga destruyendo, al capricho de Santa Lucía, a los abrazos para los delincuentes, a la pérdida de empleos, al hundimiento de la economía, al grave deterioro de los servicios públicos de salud, a que la educación de los niños menos favorecidos se deje en manos de la mafia sindical, a que se capturen las instituciones esenciales en la construcción de la democracia mexicana.

Una mujer de edad avanzada me dice: “Ojalá logremos algo”. Le respondo que ya es un logro estar dando la lucha, que lo peor sería darnos por vencidos sin pelear, que en decenas de ciudades del país también están protestando, que esta concentración no fue por la convocatoria de un partido, sino a través de las redes o de oído en oído, y que, en cambio, en varias entidades se obligó a los burócratas a asistir al Zócalo, se les dio una torta y vinieron en autobuses provistos por las autoridades.

A la primera marcha convocada como la de ahora asistió apenas un reducido puñado de personas. A la de ahora, como ya apunté, han acudido decenas de miles. Nadie viene acarreado. Quienes hemos venido estamos aquí por convicción. Es importante que seamos muchos y que eso se sepa por el efecto que seguramente tendrá la numerosa participación.

El entusiasmo, el empuje y la determinación suelen ser contagiosos.

Una gran manta exhibe las siglas de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y otros organismos autónomos sobre sendos féretros y bajo un inmenso moño negro. Una exigencia reiterada a lo largo de la marcha: “¡No toquen al INE!”. La manifestación no es sólo para protestar por lo que está sucediendo, sino para oponerse firmemente a las amenazas al régimen democrático.

Extrañamente, el estupendo discurso de Beatriz Pagés en el mitin no ha sido mencionado en los medios. Lo concluyó advirtiendo que el país es de todos los mexicanos, no de un solo hombre.


NOTAS:
1 Se reproduce con autorización del autor, publicado en Excélsior, el 5 de diciembre de 2019.

Formación electrónica: Yuri López Bustillos, BJV
Incorporación a la plataforma OJS, Revistas del IIJ: Ilayali G. Labrada Gutiérrez

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