El “desgraciado” y sus derechos

Publicado el 21 de mayo de 2020

Vicente Vásconez Merelo
Investigador independiente, abogado penalista, Quito, Ecuador
email vvasconez@hotmail.es

Dedicado al hombre en prisión

Sea en épocas de normalidad o en tiempos de COVID-19, toda la discusión pública se centra en el bienestar del ciudadano promedio que goza de todos sus derechos; el político anhela conseguir el poder con ofrecimientos de prosperidad y por ello, cada slogan, estrategia y táctica se la efectúa mirando hacia ese sector de la comunidad que todavía puede participar en democracia (democracia participativa). ¡Todo es logística!

Siguiendo esta línea argumental, es ostensible que a los ojos de un político existen dos tipos de seres humanos en nuestra sociedad: el primero de ellos es el centro de la comunidad, por él se trabaja, por él se planifica, por él se invierte, en fin, por el ser humano “bueno” se agotan todos los esfuerzos y recursos, al fin y al cabo son los seres humanos “buenos” “quienes lo merecen” y, sobre todo, de quienes dependerá la continuidad en el poder del gobernante. El otro ser humano, según me dijeron y lo observo en medios de comunicación, redes sociales, en las charlas cotidianas, resultan ser individuos “malos”, y por ello son catalogados como delincuentes por un grupo de “eruditos” que intervienen en un procedimiento judicial.

¿Qué les sucede a los malos? La respuesta es obvia, en el sistema jurídico occidental están privados de su libertad y de otros derechos. ¿Por qué están privados de su libertad? La respuesta para nada es obvia, pues así como hay delincuentes que por la modalidad gravísima de su infracción no pueden coexistir con el resto, también hay de aquellos que han cometido infracciones con una lesividad muy reducida y bien podrían estar libres desarrollando su vida como cualquier otro ser humano, pero con alguna consecuencia alternativa a la privación de libertad. ¿Hay privados de libertad más malos que otros? Pues parecería que sí, algunos con ciertas medidas estatales pueden coexistir perfectamente con la comunidad, mientras que a otros conviene separarlos por el bienestar común cuando su infracción ha sido eminentemente lesiva y execrable.

En esta inteligencia, echando una mirada a la realidad que nos agobia, a todos los “malos”, sean seres humanos con gran “maldad” o con una ínfima “maldad”, se les priva de los mismos derechos. Las normas jurídico-penales prevén que las principales consecuencias jurídicas consisten en restricciones a la libertad, derechos políticos y algunos otros derechos que puedan poner en riesgo la convivencia dentro de la prisión. Es decir, en teoría, el ser humano privado de su libertad no es un sujeto desposeído de todos los derechos, pese a que la realidad evidencia lo contrario, y el clamor popular así lo apruebe.

Los “malos” son unos desgraciados, olvidados por el pueblo y sus autoridades, y claro, eso es obvio, ¿por qué habría de preocuparse un político de ellos?, cuando tienen una prohibición expresa de participar en democracia. En una situación de normalidad, el desgraciado sufre a diario, pues no se alimenta correctamente, no duerme como debería, no tiene intimidad, no puede trasladarse a gusto, tampoco se le respeta su integridad física, psíquica y sexual, pero en una situación de emergencia sanitaria toda la aflicción se incrementa exponencialmente. En cualquier ámbito puede evidenciarse que nada es como lo dice la norma, pero para la situación del “desgraciado” en particular aquello es mucho más evidente, pues la cruda realidad abofetea la dignidad de cada uno de ellos.

Como es de esperar, son muy pocas las voces que se alzarían en protesta por el respeto de sus derechos, a lo sumo esto está reservado para sus familiares más íntimos, y claro, son delincuentes y el suplicio ellos se lo buscaron —serían esas las palabras de la gran mayoría de ciudadanos—; sin embargo, lo que el baremo promedio de la sociedad no parece notar es que muchos seres humanos “malos” andan libres gozando de los placeres de la vida, pues a pesar de su criminalidad tuvieron dinero para pagarse un buen abogado, o quizá otros “malos” simplemente tuvieron suerte de que el sistema conducido por “eruditos” del derecho haya fallado; es decir, la gran mayoría de desgraciados enclaustrados en la cárcel sólo están ahí por su pobreza o su mala suerte. Pero, en fin, en tanto que el ser humano es naturalmente conflictivo (Hobbes), lo lógica sería y es que sus interrelaciones no sean la excepción, ergo, tenemos un caos medianamente controlado.

Otro aspecto que el ciudadano “bueno” parece inobservar es que, si bien existen infracciones en donde la prueba de cargo es contundente, y además la infracción tiene una magnitud de lesividad escandalosa (lo acepto, aquel individuo merece el reproche y estar privado de ciertos derechos), lo cierto es que supuestos de esas características no representan la mayoría de causas judiciales, debido a que el caso judicial promedio en el que se pretende descubrir un crimen es altamente dudoso, generalmente tiene actuaciones defectuosas por parte de los participantes del procedimiento (jueces, fiscales, defensores), y además está plagado de actos judiciales aberrantes que no se condicen con las exigencias técnicas. ¡Así es un proceso promedio!, y quienes reflexionen o lo hayan vivido de cerca sabrán que un gran porcentaje de “desgraciados” están privados de su libertad injustamente.

Ahora más que nunca, la situación de emergencia que nos golpea como ciudadanos del mundo nos invita a reflexionar y exigir que las autoridades de cualquier gobierno no se olviden que los hombres privados de libertad siguen siendo ciudadanos, y como tal merecen su atención y por lo menos la adopción de medidas encaminadas a mejorar su estilo de vida, y es que no es un mero acto de solidaridad, puesto que nadie debe olvidar que el poder punitivo estatal opera a discreción y en cualquier momento, el “desgraciado” puede ser cualquiera de nosotros.

Montesquieu solía afirmar en sus escritos que una injusticia hecha a un individuo es una amenaza seria a toda la humanidad, así que sólo es cuestión de tiempo, y el reloj no da tregua.


Formación electrónica: Yuri López Bustillos, BJV
Incorporación a la plataforma OJS, Revistas del IIJ: Ignacio Trujillo Guerrero

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