El Stonewall y los derechos de la diversidad sexual (I)*

Publicado el 3 de julio de 2020


Luis de la Barreda Solórzano

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM,
email lbarreda@unam.mx

Pocas veces en la historia una trifulca ha tenido consecuencias sociales tan trascendentes. Este año la pandemia boicoteó las celebraciones multitudinarias que cada aniversario reúnen, festivos y orgullosos, a decenas de miles. Todo se inició hace poco más de medio siglo en el bar neoyorquino Stonewall Inn, ubicado en el barrio de Greenwich Village.

A mediados del siglo pasado se solían clausurar los bares que servían a homosexuales, y sus clientes eran arrestados y exhibidos en los diarios. Se realizaban campañas para librar de gays a los vecindarios, los parques, los bares y las playas. Se prohibía usar ropa que no correspondiera al sexo del usuario. Miles de homosexuales, hombres y mujeres, fueron públicamente humillados, acosados, despedidos de sus empleos —aun en las universidades—, encarcelados o internados en hospitales siquiátricos. Las lesbianas podían perder la custodia de sus hijos.

El Stonewall no tenía licencia para vender bebidas alcohólicas, por lo que pagaba soborno a la policía. No contaba con agua corriente, por lo que los vasos sucios se enjuagaban en una palangana para ser usados de nuevo. Era el único lugar para homosexuales en el que se permitía bailar. Acudían blancos, negros y latinos, entre ellos jóvenes sin techo que dormían en el cercano Christopher Park, pues no faltaba quien les invitara una copa. Era el bar gay más popular de la ciudad. En las redadas la policía arrestaba a quienes no portaran identificación y a los travestidos.

A la 1:20 del sábado 28 de junio de 1969, con unas 200 personas dentro, la policía bloqueó las puertas del bar y ordenó que los asistentes formaran una fila con su identificación en la mano. Los que iban vestidos con ropa de mujer se resistieron a ser detenidos. Los demás se negaron a mostrar su identificación. Asombrosamente, los que no fueron arrestados no se retiraron como siempre. (Algo, que ciertamente no se nombra / con la palabra azar, rige estas cosas: Jorge Luis Borges). A ellos se unieron, fuera del bar, más de 100 vecinos del barrio.

Cuando subían a los empleados del bar a una patrulla, de la muchedumbre salió un grito: “¡Poder gay!”. Alguien empezó a cantar We shall overcome (Venceremos). Un agente aventó a una transexual, y ésta lo golpeó con su bolso en la cabeza. Fue la gota que derramó el vaso. Los congregados abuchearon y arrojaron botellas al automóvil policial. Una mujer que era conducida a otra patrulla arengó a la multitud: “¿Por qué no hacen algo?” Cuando fue subida al vehículo, numerosos espectadores se lanzaron contra los policías, quienes derribaron a algunos, lo que alebrestó aún más los ánimos.

Algunos de los arrestados escaparon de la furgoneta a la que habían sido subidos, la cual tenía para entonces ponchadas las llantas, misma suerte que corrieron dos vehículos policiacos más. Los muchachos sin techo del Christopher Park se habían agregado a la batalla. El gentío intentaba volcar la furgoneta. La riña atrajo a más gente. Algunos vociferaban que la actuación de la policía se debía a que el bar no había pagado el soborno. Alguien gritó: “¡Paguémosles!”, y acto seguido volaron monedas hacia los agentes. Se escucharon más gritos: “¡Cerdos! ¡Policías maricones!”.

En ese momento los agentes policiacos ya estaban notoriamente superados en número: los enfrentaban unas 600 personas. No obstante, se hicieron algunas detenciones. Eso no calmó a los alebrestados: arrojaron contra el bar contenedores de basura, botellas, piedras y ladrillos, por lo que se rompieron las ventanas. Se arrancó un parquímetro que se usó como ariete contra las puertas del local.

Una transexual que estuvo dentro del local declararía: “Nos han tratado como mierda todos estos años. ¡Ahora nos tocaba a nosotros! Fue uno de los momentos más grandes de mi vida”. Basura a la que se había prendido fuego fue lanzada al interior. Los más frenéticos entraron a través de las ventanas rotas. Los policías que estaban en el bar, sintiéndose gravemente amenazados, desenfundaron sus pistolas. Por fortuna, ninguno disparó. Alguien echó un chorro de combustible al suelo y arrojó un cerillo. El incendio aumentó el dramatismo del momento. Se destrozaron cabinas de teléfono, baños, espejos y máquinas expendedoras de tabaco. Llegaron los bomberos.


NOTAS:
* Se reproduce con autorización del autor, publicado en Excelsior, el 2 de julio de 2020: https://www.excelsior.com.mx/opinion/luis-de-la-barreda-solorzano/el-stonewall-i/1391611

Formación electrónica: Yuri López Bustillos, BJV
Incorporación a la plataforma OJS, Revistas del IIJ: Ignacio Trujillo Guerrero

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