La enseñanza del derecho en la “nueva normalidad”

Publicado el 8 de septiembre de 2020

Roberto Carlos Fonseca Luján
Profesor en la Facultad de Derecho de la UNAM
email rfonsecal@derecho.unam.mx

En el contexto de la pandemia de SARS-CoV-2, hay dos temas que profesores y alumnos de la carrera de derecho han debatido en los medios de comunicación y en las redes sociales: uno es la comparación entre enseñanza presencial y enseñanza online, y otro es el empleo inadecuado de las técnicas didácticas presenciales en la enseñanza online. En estos párrafos voy a compartir una reflexión personal sobre ambos puntos.

Luego de que importantes universidades del mundo de habla inglesa anunciaron hace unas semanas la decisión de que el próximo curso sería online por completo, en el mundo latino se dieron reacciones en contra de la posible generalización y normalización de una respuesta similar. Profesores en España, Italia y Latinoamérica expresaron su desconfianza o, incluso, rechazo abierto a que el futuro de las universidades se encamine a la digitalización masiva de los cursos después de la epidemia.

Aunque ha existido una importante migración de la enseñanza al mundo virtual (la Facultad de Derecho de la UNAM ha sido un ejemplo destacado de ello), se percibe que a la mayoría de la comunidad docente y estudiantil no le han gustado las clases en línea. Existe un innegable anhelo de regresar a las aulas, que es más que la simple nostalgia de la normalidad: muchos tienen la convicción de que las clases virtuales son un mal sucedáneo, porque el aula física es el único lugar donde se puede enseñar de modo auténtico. Buena parte de los docentes, quizá la mayoría, sostienen la convicción de que el magisterio pleno (la formación integral y humanista de los estudiantes) sólo se puede alcanzar cuando hay relación presencial entre el docente y los alumnos. Según esta visión, a distancia se puede informar o medianamente instruir, pero no formar.

Así, parece plantearse una separación entre enseñanza presencial y online, que lleva implícita una comparación. Parece fácil para muchos afirmar que la enseñanza presencial es mejor, ya que es más humana y permite la interacción y la retroalimentación inmediatas, que favorecen el desarrollo de la reflexión y la crítica. Además, se dice que es mejor debido a que permite a los estudiantes tener la experiencia de la vida universitaria, lo que involucra convivir con sus compañeros y con los docentes. Como la enseñanza a distancia no incluye nada de eso, a juicio de algunos resulta un esquema alienante, que tiende a fomentar en el estudiante los rasgos del consumidor acrítico.

Me parece que es un punto de partida desacertado plantear la comparación entre enseñanza online y enseñanza presencial en esos términos. Ambos sistemas, si son bien empleados, tienen su utilidad; de igual manera, si se emplean mal, resultan nefastos para la formación del estudiante. Para ilustrar mi punto, propongo hacer una comparación con el servicio más exitoso en esta época de aislamiento: las entregas de comida a domicilio. Esta temporada he pensado que ir a la universidad es como ir a comer a un buen restaurante: hay ahí una convivencia directa e íntima entre los comensales, se disfruta de un gran servicio; en suma, se trata de una grandiosa experiencia. Frente a esto, la educación a distancia resulta algo parecido a pedir comida a domicilio. ¿Qué es mejor? La comparación aquí muestra que la pregunta está fuera de lugar. Es una mala pregunta.

Más que las diferencias, el punto central, lo que no se tendría que perder de vista, es lo común a las dos modalidades: la comida. Eso me parece que es lo más importante, es decir, que la comida sea buena. ¿Quién iría a un restaurante con una ambientación y servicio increíble, pero con mala comida? Cualquier persona común, seguramente, preferiría comer algo bueno en casa que salir a un restaurante a comer mala comida.

Considero que la enseñanza universitaria es un poco como la restauración, porque los estudiantes también van a la universidad a alimentarse. Claramente, es otro tipo de alimento el que consumen. Los maestros, si observamos con modestia nuestra profesión, veremos que somos solamente cocineros intelectuales para nuestros alumnos. Por supuesto, la experiencia y la convivencia que se dan en el campus universitario son invaluables. Hacen que todo joven que pasa por ahí se convierta en una mejor persona. Sin embargo, si se sostiene que la enseñanza presencial es mejor por esa experiencia y convivencia, lo que se está afirmando es que lo más relevante de la enseñanza superior es el privilegio elitista de acudir a una universidad. Sin duda, como ir al restaurante, es de lo mejor estar ahí y eso es incomparable con la comida a domicilio. Pero es un privilegio accesible a pocos.

En cambio, si nos concentramos en lo importante, que es la comida, este contexto de pandemia y la súbita generalización de la educación online nos están mostrando que la universidad pública no ha de ser sólo como un restaurante, sino que también tiene que verse como una gran cocina. Esta gran cocina ha de ocuparse de elaborar buena comida intelectual, conocimientos de calidad, reflexivos y críticos, que nutran a los estudiantes y los fortalezcan. Ni comida rápida ni comida light, sino comida rica y nutritiva, balanceada se diría. Si esos alimentos intelectuales se les sirven a los alumnos para que los coman presencialmente en un aula, está muy bien, pero también se les pueden mandar a su casa.

En síntesis: creo que es un punto de partida equivocado comparar la enseñanza universitaria presencial con la enseñanza a distancia, y decir que la primera es mejor o auténtica, porque la educación a distancia existe desde hace décadas. La escuela por correspondencia del siglo XX es el primer antecedente; luego, se puede mencionar la escuela abierta y, desde que hubo computadoras e internet, la escuela virtual o los esquemas híbridos. Esos sistemas han sido precisamente para llevar formación a aquellos que no pueden acudir presencialmente a la universidad ni acceder a ese privilegio de la experiencia universitaria, pero que sí requieren la formación. Esta epidemia sólo ha hecho que los profesores completamente ajenos a esos sistemas, acostumbrados a lo presencial, caigan en la cuenta de que existen. La comparación entre esos sistemas es inadecuada, porque conduce a una discusión que distrae de lo relevante: el contenido de esa enseñanza.

Esta identificación del contenido como lo relevante lleva al segundo tema de este comentario: las técnicas didácticas a distancia. Para exponer este punto, propongo retomar la imagen gastronómica. ¿Qué pasaría si los restaurantes mandaran la comida a domicilio en el plato, igual que como se sirve a la mesa? Obviamente, en este absurdo, la comida llegaría hecha una tristeza y nadie querría tocarla. Esta idea de sentido común nos ha faltado a muchos profesores de derecho, los cuales, en principio, ajenos al mundo virtual, nos hemos puesto a enviar los contenidos a los alumnos de la misma manera como los presentamos en el aula, con el resultado de que los contenidos llegan hechos un lío para los alumnos. Claros ejemplos de estos errores son los largos “soliloquios” mediante las plataformas de videoconferencia, que se han vuelto comunes. Estas exposiciones orales maratónicas muestran una incomprensión de que la comunicación a distancia no es igual que la presencial. Los expertos en esto bien saben que, si un video dura más de 15 minutos sólo con la imagen del profesor hablando, simplemente aburre y el estudiante pierde la concentración.

La educación a distancia requiere una reflexión previa del docente sobre cómo se pueden organizar los contenidos para poder enviarse a los alumnos y cómo los pueden consumir ellos, teniendo en cuenta las características de los entornos virtuales. Simplemente, se trata de otra realidad y eso puede ser lo que cuesta entender, que es otra realidad en la que hay que actuar de otras maneras.

Por supuesto, entrar a esa realidad requiere de una adaptación. Esto me parece que es el punto central que se debe discutir. ¿Quiénes tienen que asumir los costos de adaptación a esa nueva realidad, como son el tiempo, una mayor inversión tecnológica y las curvas de aprendizaje? ¿Los profesores o la institución? ¿Estamos obligados los profesores a asumir todos esos costos de modo individual, al normalizar que la nueva realidad será la educación a distancia?

Por ejemplo, esos costos aparecen claramente cuando un profesor quiere producir un contenido audiovisual básico, como un video. Realizar este contenido requiere conocer y seguir su lógica y su retórica particulares, además de contar con el equipo adecuado. Todo profesor puede grabar una clase en su casa, con los medios a su alcance, y es admirable cuando se hace. Sin embargo, para que sea un contenido de calidad, es indudable que se requieren elementos técnicos, como mínimo un micrófono profesional y un programa de edición de audio para que el sonido cuente con la calidad requerida. Ni hablar de la asistencia profesional sobre las cuestiones visuales. ¿Debe el profesor universitario asumir esos costos?

Lo mismo sucede con los entornos virtuales. Cada maestro puede organizar sus clases y subirlas a alguna de las múltiples plataformas gratuitas ahora disponibles, que otorgan soluciones mínimas. Para esto, el maestro tiene que asumir los costos de la curva de aprendizaje relativos a esas plataformas. ¿Hasta dónde llega esa obligatoriedad de asumir los costos? Por ejemplo, si el profesor quiere utilizar otras plataformas mejor integradas, ¿debe cubrir las suscripciones, así como invertir su tiempo y sus esfuerzos en aprender el lenguaje de programación necesario para poder subir ahí sus clases?

En suma, dado que la educación a distancia es una cuestión de recursos, la pregunta es quiénes deben poner esos recursos en este momento urgente, cuando se prevé que el regreso a las aulas quizá no será como se anhela, de modo que el próximo semestre incluirá temporadas en línea. ¿Las instituciones pondrán a disposición de todos los profesores los recursos técnicos y profesionales, o se dejará que cada uno de los maestros haga los contenidos para sus clases a distancia de la mejor manera que puedan?

Me parece que la mejor respuesta a esta cuestión es un esfuerzo coordinado. Los maestros no deben quedarse solos en este proceso de adaptación, de modo que resulte responsabilidad de cada uno “digitalizarse”. Es imprescindible que las instituciones pongan a disposición de los docentes los recursos técnicos y profesionales, así como la asesoría pertinente, para que todos los profesores puedan elaborar contenidos audiovisuales y preparar entornos virtuales para dar clases a distancia de calidad, que resulten competitivas a nivel global.


Formación electrónica: Yuri López Bustillos, BJV
Incorporación a la plataforma OJS, Revistas del IIJ: Ignacio Trujillo Guerrero

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