El testamento de Leona Vicario

Publicado el 11 de marzo de 2021


Adriana Berrueco García

Investigadora del Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM,
email adriana_berrueco@yahoo.com.mx

Corresponsal de guerra, periodista o política serían los calificativos que en la actualidad se le otorgarían a la valerosa mujer que luchó por la independencia de su patria. Pero durante el movimiento armado, iniciado en 1810, fue vista como una transgresora de la ley, y como tal fue perseguida y castigada.

El 30 de diciembre de 2019 el Diario Oficial de la Federación publicó el Decreto por el cual se declaró al 2020 el “Año de Leona Vicario, Benemérita Madre de la Patria”. A doscientos treinta años del natalicio de Leona, el Estado mexicano decidió homenajearla por los esfuerzos que hizo a favor de la lucha independentista que culminaría en 1821. La conmemoración se vio ensombrecida por la deplorable situación social que ha provocado en México la epidemia de Covid-19, en la que han aumentado alarmantemente los casos de violencia contra las mujeres. Este artículo tiene como principal objetivo hacer patente el respaldo que el género femenino ha dado al desarrollo de nuestro país, y por ello es ilustrativo presentar una semblanza biográfica de quien se ha convertido en un símbolo del talento y valentía de las mujeres mexicanas.

Doña María Leona Vicario Fernández de San Salvador nació en la capital de la Nueva España, en abril de 1789, unos meses antes del inicio de la Revolución francesa. Su padre, Martín Vicario, fue un comerciante español, y su madre, de nombre Camila, era originaria de la Nueva España.

Es muy difundida la información respecto a la niñez y juventud de Leona, quien al quedar huérfana tuvo como tutor a su tío, el abogado Agustín Pomposo Fernández de San Salvador, quien administró eficientemente los bienes que heredó la joven, y le dio un amplio margen de libertad para que se dedicara al estudio de los temas de su interés. Ella optó por la lectura de los libros de vanguardia de su época sobre temas filosóficos y políticos. Poseía conocimientos de latín y francés. Su intelecto era ágil e ingenioso, tenía don de mando y sabía utilizar su posición social y económica para lograr sus objetivos. Gracias a esas cualidades salió victoriosa de los problemas judiciales (aprehensiones, confiscación de bienes) que enfrentó por colaborar con los independentistas al mando de don José María Morelos y Pavón.

En la casa de Leona Vicario se organizaban reuniones y fiestas a las que acudían personajes del gobierno colonial, por ello la joven se enteraba de los planes de las autoridades virreinales para acorralar y destruir a los insurgentes. Leona enviaba la información por diferentes vías a los rebeldes, entre ellos se encontraba su novio, el abogado yucateco Andrés Quintana Roo, con quien Leona se uniría en plena Guerra de la Independencia y procrearía dos hijas.

Durante el movimiento armado, la valerosa mujer aportó recursos económicos para financiar distintas actividades, también colaboró en los periódicos El Ilustrador Americano y El Semanario Patriótico Americano, por ello se le considera la primera mujer periodista de México. Lo cual es un gran mérito si se toma en cuenta que en esa época la prensa era el principal vehículo de divulgación de las ideas políticas, y a través de sus informaciones se lograba ganar adeptos para la causa rebelde. Don José María Morelos consideraba que la prensa era la artillería del pensamiento. Años después de culminada la guerra, Leona financió y colaboró en el periódico El Federalista que estuvo a cargo de Andrés Quintana Roo. Los inicios del matrimonio de Leona y Andrés estuvieron marcados por la zozobra y la pobreza, ya que padecieron la persecución de los realistas por colaborar estrechamente con el generalísimo Morelos; Quintana Roo fue uno de los redactores de la Constitución de Apatzingán (1814).

Tras la captura de Morelos, la pareja se tuvo que esconder en una cueva para librarse de sus persecutores, y en esa etapa nació su primera hija, Genoveva, precisamente dentro de la cueva. Se tuvieron que acoger al indulto, y aunque se les condenó al destierro, lograron que se les permitiera vivir en Toluca pasando penurias económicas porque los bienes de Leona habían sido confiscados.

Al historiador Genaro García debemos el rescate de valiosos documentos sobre la Historia de México, entre ellos se halla el testamento de doña Leona Vicario, publicado en los Anales del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía. Este texto nos permite conocer varios rasgos de la personalidad de esta mujer política, así como su interés por aclarar el origen lícito de sus bienes y su intención de colaborar para apoyar a la gente marginada de la nueva nación.

El testamento fue dictado el 30 de marzo de 1839, ante la fe del escribano Manuel Orihuela, en la Ciudad de México. Tiene un amplísimo proemio en el que se percibe un acendrado fervor religioso de doña Leona, de hecho su primera disposición es encomendar a Jesucristo su alma para ser salvada. Además, en otra parte del testamento ordena a sus albaceas que inmediatamente después de su fallecimiento se manden decir quinientas misas por el descanso de su alma, mismas que debían realizarse en el Tercer orden de Santo Domingo y en la capilla del Rosario. Es un elemento significativo que en una cláusula se estipulara que sus herederos debían encargarse de que se cantaran anualmente nueve misas en la Basílica de Guadalupe, en diciembre, para honrar a dicha virgen. Recuérdese que precisamente Hidalgo, al iniciar la Guerra de Independencia, tomó como símbolo para llamar a la insurrección el estandarte con la imagen de la Señora de Guadalupe, y que precisamente los promotores de la rebelión se agruparon y fueron conocidos como “Los Guadalupes”.

La “mujer fuerte de la Independencia” ordenó que se apartaran diez mil pesos de sus bienes para que con sus réditos se socorriera a las personas pobres, encomendando a sus hijas Genoveva y Dolores que hicieran la distribución de las limosnas.

Los albaceas de la herencia de Leona fueron su marido, Andrés Quintana Roo, y su hija Dolores, quien en ese tiempo permanecía soltera. La autora del testamento declaró que su marido al casarse “no trajo a mí ningún bien”. Que los bienes inmuebles de la herencia consistían en una hacienda de labor, de pulque y ganado, llamada Ocotepec, ubicada en los llanos de Apan, Hidalgo. Además de tres casas en la Ciudad de México, una de ellas situada en la calle de Santo Domingo, donde habitaba Leona. Las otras dos en la calle de Cocheras 9 y 10, cuyo valor era de 16,000 pesos. Vicario aclara sobre éstas últimas: “Pero a mí me las cedió la nación para compensar 112 mil pesos de mi legítimo que estaban impuestas en el peaje del camino de Veracruz en tiempo del Gobierno Español: debo también advertir que tanto la hacienda como las casas se han aumentado mucho y en el día tienen mejoras de consideración”.

Es de subrayarse que en la sesión del 8 de agosto de 1823, el Congreso mexicano otorgó a Leona Vicario una compensación por los servicios que prestó a la causa libertaria, la cual consistió precisamente en la hacienda y las tres casas a las que hizo alusión en su testamento. El 21 de agosto de 1842 Leona falleció en la Ciudad de México.


Formación electrónica: Yuri López Bustillos, BJV
Incorporación a la plataforma OJS, Revistas del IIJ: Ignacio Trujillo Guerrero

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