La emperatriz y el austriaco: a propósito del libro de Gustavo Núñez Lozano, 60 años de soledad…

Publicado el 16 de agosto de 2021

Alfonso Guillén Vicente
Profesor-investigador en la Universidad Autónoma de Baja California Sur
emailaguillenvic@gmail.com

“…el austriaco, le decían los liberales” 1

“Si yo hubiera sido un hombre en 1864, nos hubiéramos ahorrado Querétaro” 2

Más allá de las explicaciones sobre la locura de Carlota, de los debates sobre su esquizofrenia o el toloache que le dieron a beber en México, o de asombrarnos de las atrocidades que cometió su hermano, el rey Leopoldo II, en el Congo, apropiándose del dinero de la emperatriz, puede que haya llegado el momento de examinar, con cierta objetividad, el desprecio que puede generar el proceder de Maximiliano en México y, paradójicamente, el respeto o la consideración que los mismos liberales le dispensaron a la emperatriz.

De otra manera no podrían explicarse “los versos compuestos por el escritor y general [liberal] Vicente Riva Palacio… Porfirio [Díaz] los conocía. El propio don Benito [Juárez] los escuchaba en Chihuahua. Los chinacos los contaban alrededor del fuego, a menudo acompañados a ritmo de polka:

Y en tanto los chinacos

Que ya cantan victoria

Guardando tu memoria

Sin miedo ni rencor,

Dicen mientras el viento

Tu embarcación azota:

Adiós Mamá Carlota,

Adiós mi tierno amor”. 3

A mediados de 1866, cuando los franceses, presionados por Estados Unidos de América y por sus derrotas en Europa, decidieron dejar sin protección a la princesa belga y al miembro de la dinastía de los Habsburgo, Carlota tomó la decisión de viajar al viejo continente para exigirle a Napoleón III que cumpliera sus compromisos y para negociar con el papa Pío IX un acuerdo con la Iglesia católica, alejada del Imperio mexicano porque éste se comportó más liberal que los propios juaristas. Su salida fue vista como el comienzo del final porque para nadie era un secreto que la emperatriz, hija del rey de Bélgica y educada por su padre en todos los quehaceres de gobierno en una monarquía parlamentaria, tenía los tamaños que al austriaco le faltaban.

Gustavo Vázquez Lozano, en su texto sobre los años de Carlota en tierras europeas al abandonar México, recoge varios testimonios sobre las dos ocasiones en que ella se hizo cargo del gobierno de México como regente. En uno de ellos se dice que “cuando ella tomaba las riendas, las cosas parecían ir mejor”. 4 Y otro afirma que existe “la creencia de que si a Carlota se le hubiera permitido gobernar sola, habría desarrollado a México más que Maximiliano” (Douglas Richmond). José N. Iturriaga llegó a señalar que “ella podía haber modificado el curso de los acontecimientos si hubiera realmente ejercido sobre el ánimo del emperador el ascendiente que se le atribuía” (idem).

Además de que “nunca en la historia de México se redujo tanto el número de pordioseros en la ciudad de México como cuando ella estuvo ahí”, 5 y de su interés en la reforestación de la capital y el rescate de las culturas precolombinas; se le reconoce a Carlota su empeño en sacar adelante la Ley de Liberación del Peonaje, la escuela obligatoria, el pago en efectivo y la libre contratación. 6

Si Carlota y Maximiliano arribaron a la capital del país a mediados de 1864, puede que la emperatriz haya tenido el gobierno durante buena parte de 1865, y a ella se le deba, al lado de don Manuel Orozco y Berra, la complicada tarea de hacer la división territorial que se propuso el Segundo Imperio mexicano. El sabio mexicano reconoció en su momento que dicha empresa era casi imposible, “atendidas las circunstancias particulares del país”, pero que una de las reglas que se siguieron fue “que poco más o menos cada fracción política, en el porvenir, pueda alimentar un mismo número de habitantes”. 7

El autor en comento afirma, con razón, que Carlota se ocupó de los primeros gobernantes en América que tuvieron una idea clara de la importancia de una política integral de asistencia social en un país tan desigual como México. Se dice que los norteamericanos de la segunda mitad del siglo XIX opinaron que el Segundo Imperio mexicano pudo durar más tiempo si la emperatriz, con los dineros que tomaba de su bolsa, hubiera podido ampliar su radio de acción.

La afirmación de que con su mayor intervención “nos hubiéramos ahorrado Querétaro” se prueba con su dicho de que ella estaba capacitada para mandar un ejército, como se comenta en el excelente libro de Núñez Lozano.


NOTAS:
1 Tello Díaz, Carlos, Porfirio Díaz, su vida y su tiempo. La Guerra, 1830-1867, Debate, 2019, p. 311.
2 La emperatriz Carlota, Bélgica, 1868, tras conocer el fusilamiento de Maximiliano en el cerro de Las Campanas: Gustavo Vázquez Lozano, 60 años de soledad. La vida de Carlota después del Imperio mexicano, 1867-1927, Grijalbo, 2019, p. 153.
3 Tello Díaz, Carlos, op. cit., p. 378.
4 Núñez, Gustavo, op. cit., p. 38.
5 Núñez Lozano, p. 35, se refiere a una observación de Frederic Hall a un año del fusilamiento de Maximiliano.
6 Idem.
7 O’Gorman, Edmundo, Historia de las Divisiones Territoriales de México, Porrúa, primera edición en 1937, p. 165.


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